Estaba en su casa. Dormía entre
sus brazos. Su cuerpo invadía el mío. Comía de sus manos. Él me tenía en las
suyas… Tenía tantas cosas por qué sentirme feliz y la mujer más afortunada del
mundo, pero aún no podía. Sus palabras… aquellas que entre sueños había
murmurado, tenían a mi cabeza corriendo una maratón incomparable. Mis
pensamientos estaban corriendo a lugares donde no quería ir pero ya era
inevitable. Tenía una semilla de duda sembrada en mi corazón y mente y no podría
sacarla ni aunque me fuera la tarde en ello.
Sabía que no tenía derecho a
preguntar ni exigir respuestas o explicaciones, pero, ¿qué pasaría si alguien
más ya estuviera en la vida de Aiden y yo fuera una amante descarada? No podía
tolerar semejante acto de cobardía. Mi madre había sido una amante durante
muchos años y no quería repetir la misma historia. Tampoco quería destruir un
hogar si se estaba formando.
¿Un bebé? ¿Quién era la madre? Y,
¿por qué Aiden lo negaba? Había tantas cosas inexplicables aquí que quería
sentarme a llorar en una habitación blanca y no salir por lo menos en un año.
Sin embargo, no podía derrumbarme. Mi vida acababa de comenzar de verdad y
tenía que velar por el bienestar de Aiden. Mi padre podía venir por mí en
cualquier momento y tenía que estar lista para enfrentarlo a capa y espada si
era posible.
Exhalando un ruidoso suspiro me
levanté del sofá donde minutos antes Aiden me había tumbado para darme un beso
estremecedor y me di golpes suaves en las mejillas. Tenía que ser fuerte. La
esclava que había venido a buscar a su amo no iba a dejarse amedrentar por
nada. Tal vez solo soñaba con algún guion de una novela o era alguna frase de
una canción que le gustaba. Sí, me sentía mejor. Con este pensamiento en mi
mente, caminé por el apartamento maravillándome una vez más de lo que había
podido conseguir gracias a mi esfuerzo y perseverancia. Después de tantos años
de abuso finalmente era capaz de vivir mi vida a mi manera y eso me hacía
sentir libre.
Grité con todas mis fuerzas y reí
en voz alta sabiendo que estaba donde quería. Salté sobre los sofás, sobre las
camas y corrí por todos lados sabiendo que no podrían sacarme de allí. Él me
había prometido cuidarme y no abandonarme nunca. ¿Qué más podía pedirle a la
vida?
Cuando mi alboroto terminó me
acerqué a la ventana de la habitación principal y me dediqué a mirar hacia la
ciudad. Las calles abarrotadas de gente eran embriagadoras de vida y el
constante tráfico y el sonido de la vida circulando me hicieron sonreír
entusiasmada. Moría de ganas por ir conocer la ciudad y ver los lugares
favoritos de Aiden. Podríamos ir a jugar y a comer. Tal vez a bailar o a un
karaoke. Quería que escuchara mi voz cantándole melodías de Jamestown Story o
de Lana del Rey al oído. Quería tantas cosas… pero que no podían ser pedidas.
Me dejé caer en la cama donde nos
entregamos el uno al otro la noche anterior y aspiré el aroma de la loción de
Aiden. Fuerte y picante, casi como la canela con cierto toque de aroma al
natural y un poco de sudor. Las muestras de que él también era humano y reaccionaba
como todos. Me pregunté qué podría él ver en mí además de un cuerpo hecho para
dar placer; era plana en donde debería ser curvilínea y mi abdomen y trasero no
eran algo que llamara la atención, por no decir de aquellas molestas sobras de
piel en mis costillas. Mi rostro no era una obra de Miguel Ángel; por el
contrario era ovalado y lánguido además de rociado por pecas. No me importaba;
yo le gustaba así y eso era suficiente, él me deseaba como fuera.
Con una sonrisa me levanté y
busqué en el suelo la camiseta que la noche anterior él se había arrancado con
urgencia y me la coloqué sintiendo el material de algodón calentar mi cuerpo.
No quería vegetar en el sofá así que corrí al guardarropa donde las bolsas de
compras aún estaban sin desempacar y las tiré sobre la cama. Tenía tanta ropa
como para diez años sin preocuparme por ir de compras. Sonreí al recordar el
rostro de Aiden al pagar y recordé el momento en que intimamos una vez más en
el vestidor de la boutique. Esto iba a
salir bien, me dije, había valido la pena haber viajado y soportado tanto para
estar con él.
Me di una ducha untando más que
suficiente gel de baño en mi cuerpo y tarareé una melodía alemana que había
escuchado en el vuelo a la ciudad. No sabía lo que decía pero podía decir que
era una canción bastante alegre gracias a las notas que la balalaica tocaba con
pasión. Luego de haber enjuagado mi cabello me dediqué a buscar los implementos
de higiene personal que Aiden dijo que podía utilizar. Estaban bajo el lavabo y
me maravillé de encontrar una maquinilla de afeitar, un cepillo de dientes y
uno de cabello, toallitas limpiadoras y una máscara de pestañas.
Casi nunca me maquillaba pero
aproveché que era la primera vez que tenía un objeto como ese para mí misma y
me puse un poco notando cómo mis pestañas tomaban curva y se rizaban. Me sentí
hermosa por una vez en mi vida y me dije que podía ser lo que mi amo me pidiera
ser. Sería su confidente y la persona que estuviera ahí para él cuando
necesitara un hombro amigo. También, la mujer que en silencio le haría sentir
mejor cuando solo necesitara consuelo por la frustración.
Salí del baño envuelta en una
nube de vapor. En la cama observé con cuidado qué atuendo colocarme y al final
opté por unos vaqueros ajustados y una camiseta que se pegaba a mi cuerpo como
una segunda piel. El verano estaba terminándose y pronto comenzaría el frío del
otoño. Moría de ganas de ver por primera vez las hojas caer de los árboles y
cambiar de color. Quería comparar los colores que denotaban el cambio se su
vida con la mía.
Deambulé por el apartamento
sintiéndome libre de hacer lo que quisiera. Me pregunté qué le gustaría comer a
Aiden cuando regresara y decidí que podía tratar de hacerle alguna comida de mi
pueblo con lo que encontrara en la despensa. Abrí el refrigerador y me quedé
literalmente helada al ver que no había mucho para hacer una comida decente. No
había muchos vegetales, tampoco frutas. Me pregunté qué podría hacer con unas
espinacas, zanahorias, huevos, leche, harina, queso y manzanas. Pensé por un
momento pero no se me ocurrió nada.
¿Cómo podía él sobrevivir sin
alimentos? En realidad el desayuno que habíamos comido hacía algunas horas
había sido preparado con alimentos poco saludables a esa hora del día. El
chocolate y la crema chantillí eran buenas, pero no en la primera comida del
día y menos en esa cantidad. Me recosté sobre el mesón de la cocina y comencé a
pensar cuando un teléfono que no había visto en la pared cerca de la puerta
comenzó a sonar. Era una melodía conocida: el sonido de aves cantando.
-¿Hola?- contesté esperando tal
vez que fuera alguno de los amigos de Aiden o tal vez su agente.
-Me alegro mucho de escuchar tu
voz, nena- comentó él del otro lado haciéndome estremecer de deseo con lo ronca
y sedosa que su voz sonaba en mi oído. -¿Qué haces? ¿Extrañándome?-.
-Sí, señor- confirmé antes de
poder detenerme. No podía negarle nada, me tenía agarrada de todos lados.
-Esa es mi chica- suspiró
satisfecho luego lo escuché riendo suavemente. Debía estar en la agencia-
¿Encontraste algo para hacer mientras no estoy? Puedes ir al parque que hay
cerca del edificio o puedes encontrar dinero en el segundo cajón de mi
guardarropa e ir de compras. Haz lo que desees-.
-Creo que me quedaré en casa,
gracias, señor-respondí amando la sensación de ser cuidada por este hombre
maravilloso- Hay algunas ropas que necesitas lavar y hay un desastre en la
habitación y cocina. Me gustaría que me dejaras limpiar-.
-No quiero que hagas eso-
contestó inmediatamente con un borde de dureza en su voz. Me tensé- Quiero que
tomes el maldito dinero y te vayas de mi apartamento. No vuelvas hasta las
tres. Pienso llegar a esa hora. ¿Entendido?-.
-Sí, señor-
respondí pensando que no tenía por qué sentirme mal después de todo. Podía ir
al supermercado y comprar víveres. Sonreí con la idea de darle una sorpresa.
-De acuerdo,
entonces- comentó con un suspiro. Luego bajó el tono de voz y pude sentirlo
como seda acariciando mi piel- Cuídate y diviértete. Te veo a las tres. Esta
tarde serás mía-.
-Que tengas un
buen día también, señor. Estaré esperándote- contesté mordiendo mi labio
inferior y sosteniendo más fuerte el teléfono en mi oído.
-Sabía que
dirías eso- rio en voz baja y luego se despidió mandándome un beso sonoro.
Sonreí de nuevo
sosteniendo el teléfono junto a mi pecho y pensé en la sorpresa que podía
tenerle cuando llegara. Pero primero quería ordenar un poco apartamento. Debido
a nuestros juegos había mucho trabajo que hacer. Comencé por la cocina; lavé,
fregué, sequé y guardé todo lo que habíamos utilizado para nuestro desayuno.
Luego ordené los frascos y lo que había en la encimera y dejando todo como una
taza de plata me dediqué a ordenar la sala y el comedor.
Decidí encender
el estéreo de la sala y conecté el ordenador de Aiden a los amplificadores para
hacer una nueva lista de reproducción con mi música favorita. Comencé a
tararear una canción que me gustaba y subí levemente el volumen lo suficiente
como para escuchar y bailar con destreza. Tomé la aspiradora escondida en el
cuarto de lavado y comencé con mi labor. Quería soñar por un momento con que
Aiden alguna vez me quisiera tanto como para hacerme llevar su apellido en mi nombre. Cielos… Eso sería maravilloso.
Claire Miller.
La señora Claire
de Aiden Miller.
Permítanme
soñar…
Él sosteniendo
mi mirada tan pronto como entrara en el apartamento una noche de navidad
cargada de nieve. Las luces estaría encendidas y los adornos junto con los
villancicos le darían a la nochebuena todo lo que le haría falta para ser
perfecta. La comida estaría esperándonos en la mesa; habría cocinado pavo
relleno, puré de papas, pasteles de muchos sabores frutales y beberíamos vino
rosado semiseco. Cuando la noche estuviera cerca de iniciar en un nuevo día, él
me miraría con sus ojos soñadores y su sonrisa cautivadora mientras tomaba mi mano y nos conducía hacia la ventana de la
sala. Luego con cada latido de mi corazón él descendería hasta apoyar su
rodilla derecha en el suelo y cuando el reloj marcara la medianoche, susurraría
con su voz sedosa y sensual las palabras que tanto anhelaría oír: “Cásate
conmigo, nena”.
Suspiré más que
emocionada por aquella visión y decidí retomar mi misión original para tener
nuestro hogar limpio y libre de cualquier bacteria que pudiera llevarnos a un
caos. A Aiden le gustaba tener todo bajo control, incluyendo el ritmo de mis
gemidos cada noche, y quería darle el placer de llegar a casa y poder poner la
comida en el suelo sin que nada le afectara. Dios, era ridícula algunas veces…
Terminé en la
sala mientras movía mi cuerpo al ritmo de un remix de dubstep y pasé al
dormitorio donde encontré la pila de ropa sucia que había mencionado a Aiden.
No pude detenerme, juro que lo intenté, pero fue imposible no tomar su ropa
interior y aspirar como una adicta el aroma que emanaba. Creo que estuve por lo
menos treinta segundos percibiendo el aroma masculino –y viril, por cierto- de
él hasta que me di una bofetada mental y miré a todos lados frenética, asustada
de que alguien pudiera verme. Suspiré aliviada y sonreí levemente pero luego
mis ojos cayeron en las esquinas del techo para encontrar justo algo que no
esperaba pero temía: una cámara de seguridad.
Ya podía
escuchar a quienes estuvieran monitoreando el apartamento reírse de mi mientras
gritaban “Aspira tan fuerte como la noche anterior, muñeca” y al mismo tiempo
chocaban los cinco entre ellos. Demonios.
Rápidamente
cerré mis ojos, bajé la cabeza y corrí a la cesta para llevarla a la lavadora.
Quería tener la ropa de Aiden lista para cuando llegara. Agregué el jabón, dejé
la ropa lavándose y regresé a la habitación llenando mi mente de recuerdos. Él
y yo disfrutando el uno del otro… Sonreí como tonta y comencé haciendo la cama
para luego pasar la aspiradora y brillar un poco el suelo. Suspiré al terminar
y salí con una enorme sonrisa en mi rostro luego de haber tomado un poco de
dinero del lugar donde había dicho Aiden. Quedé muda al ver la cantidad de
dinero en efectivo que había allí. Podía comprarme un auto con todo eso.
Además, había
un pequeño espía allí; una nota escrita en letra rápida con un marcador morado
que simplemente decía:
“Cómprate un maldito liguero y bragas negras…
Nada más. Aiden”.
-Incorregible…-
murmuré con una sonrisa tonta y fui directo a hacer lo que me pidió como debía
ser.
Una hora y unos
ligueros nuevos más tarde estaba caminando por el centro comercial que quedaba
más cerca al apartamento –gracias a las indicaciones del portero del edificio-
buscando algún alimento que pudiera llenar nuestros estómagos en la cena. Había
estado observando tantas tiendas y escaparates que me sentía casi en un mercado
hippie con la cantidad de productos y cosillas que podía encontrar por doquier.
En mi bolsillo de mi suéter de punto podían dar testimonio dos pequeñas pulseras
que había encontrado en un tenderte y que me habían llamado la atención.
Pensaba darle una a Aiden y yo usar una también solo sí él estaba de acuerdo.
Estaban hechas
de madera de coco con pirograbados a fuego de nuestros nombres en ellos. El
nombre de Aiden estaba acompañado de un sol y el mío de una luna; esperaba que
entendiera mi punto: él era el sol en mi oscuridad y yo solo el satélite que
buscaba a diario poder obtener un poco de resplandor para hacerme notar por una
vez lejos de las sombras.
Si solo él
supiera el nuevo rumbo de mis pensamientos y mi corazón…
Llegué a casa
como Aiden dijo: a las tres en punto con un cono de helado derritiéndose en mi
mano, una bolsa de productos en la otra y un trozo de cinta -que no sabía de
dónde diablos había salido- pegado en el talón de mi sandalia de correas. Bajé
la bolsa mientras trataba de maniobrar con lo que tenía en mi otra mano para
abrir la puerta al tiempo en que mi cabello no me dejaba ver nada. Suspiré en
derrota y me recliné levemente contra la puerta dando pequeños golpes con mi
cabeza y luego me quedé allí de frente recargada pensando en lo ridícula que
debía verme.
-Nena, ¿eres
tú?- resonó entonces la voz de Aiden en frente de mí al abrirse la puerta e
irme de nariz contra su pecho escuchando un ruido sordo y un leve gemido.
Demonios, le saqué el aire.
-Hola, señor-
repliqué mirando hacia arriba cuando me enderezó sobre mis pies y despejó mi
rostro del nido de ratones que era mi cabello.
-¿Dónde
demonios estabas?- cuestionó en voz baja y mordaz tirando de mi hacia adentro-
Estaba preocupado, son las tres y dos minutos y aún no llegabas, ¿quieres acaso
matarme de nervios?-.
Vaya… Y las
mujeres tenemos cambios de humos en nuestros días… Ja, ja.
-Lo siento,
pero… fui a comprar el liguero que me pediste- suspiré tímidamente
mostrándoselo- es rojo y tiene cintas negras, además de un lindo moño para atar
y…-
-¿Aiden?-interrumpió una voz femenina que no conocía. Giré a ver quién era y me quedé impresionada al ver dos esferas color chocolate mirándome con atención y recelo- ¿Llegó ya tu amante?-.
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Como que Aiden cada vez me cautiva más y más... Ojalá existiera un hombre como los que siempre soñamos o nos pintan en los libros :P
Jajaja me lleva el tren, amiga, tenemos que negociar una rápida publicacion de este libro, me en encanta!!! Gracias por escribir!!
ResponderEliminarEsperemos que alguna editorial decida cogerlo o por lo menos a mis otras novelas. :) Sin embargo, tal vez en dos o tres semanas voy a publicar un libro en Amazon. Si se da bueno, tal vez suba las siguientes. Gracias por leer.
EliminarOye si tienes mas dime donde para buscarlas y leerlas, es que esta tablet no me deja trabajar muy bien que digamos pero la compu ya es otra cosa. Y esperemos que si tenla publican, esta muy linda, gracias !!!!
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