sábado, 3 de enero de 2015

CAPITULO 8

Estaba en su casa. Dormía entre sus brazos. Su cuerpo invadía el mío. Comía de sus manos. Él me tenía en las suyas… Tenía tantas cosas por qué sentirme feliz y la mujer más afortunada del mundo, pero aún no podía. Sus palabras… aquellas que entre sueños había murmurado, tenían a mi cabeza corriendo una maratón incomparable. Mis pensamientos estaban corriendo a lugares donde no quería ir pero ya era inevitable. Tenía una semilla de duda sembrada en mi corazón y mente y no podría sacarla ni aunque me fuera la tarde en ello.

Sabía que no tenía derecho a preguntar ni exigir respuestas o explicaciones, pero, ¿qué pasaría si alguien más ya estuviera en la vida de Aiden y yo fuera una amante descarada? No podía tolerar semejante acto de cobardía. Mi madre había sido una amante durante muchos años y no quería repetir la misma historia. Tampoco quería destruir un hogar si se estaba formando.

¿Un bebé? ¿Quién era la madre? Y, ¿por qué Aiden lo negaba? Había tantas cosas inexplicables aquí que quería sentarme a llorar en una habitación blanca y no salir por lo menos en un año. Sin embargo, no podía derrumbarme. Mi vida acababa de comenzar de verdad y tenía que velar por el bienestar de Aiden. Mi padre podía venir por mí en cualquier momento y tenía que estar lista para enfrentarlo a capa y espada si era posible.

Exhalando un ruidoso suspiro me levanté del sofá donde minutos antes Aiden me había tumbado para darme un beso estremecedor y me di golpes suaves en las mejillas. Tenía que ser fuerte. La esclava que había venido a buscar a su amo no iba a dejarse amedrentar por nada. Tal vez solo soñaba con algún guion de una novela o era alguna frase de una canción que le gustaba. Sí, me sentía mejor. Con este pensamiento en mi mente, caminé por el apartamento maravillándome una vez más de lo que había podido conseguir gracias a mi esfuerzo y perseverancia. Después de tantos años de abuso finalmente era capaz de vivir mi vida a mi manera y eso me hacía sentir libre.

Grité con todas mis fuerzas y reí en voz alta sabiendo que estaba donde quería. Salté sobre los sofás, sobre las camas y corrí por todos lados sabiendo que no podrían sacarme de allí. Él me había prometido cuidarme y no abandonarme nunca. ¿Qué más podía pedirle a la vida?

Cuando mi alboroto terminó me acerqué a la ventana de la habitación principal y me dediqué a mirar hacia la ciudad. Las calles abarrotadas de gente eran embriagadoras de vida y el constante tráfico y el sonido de la vida circulando me hicieron sonreír entusiasmada. Moría de ganas por ir conocer la ciudad y ver los lugares favoritos de Aiden. Podríamos ir a jugar y a comer. Tal vez a bailar o a un karaoke. Quería que escuchara mi voz cantándole melodías de Jamestown Story o de Lana del Rey al oído. Quería tantas cosas… pero que no podían ser pedidas.

Me dejé caer en la cama donde nos entregamos el uno al otro la noche anterior y aspiré el aroma de la loción de Aiden. Fuerte y picante, casi como la canela con cierto toque de aroma al natural y un poco de sudor. Las muestras de que él también era humano y reaccionaba como todos. Me pregunté qué podría él ver en mí además de un cuerpo hecho para dar placer; era plana en donde debería ser curvilínea y mi abdomen y trasero no eran algo que llamara la atención, por no decir de aquellas molestas sobras de piel en mis costillas. Mi rostro no era una obra de Miguel Ángel; por el contrario era ovalado y lánguido además de rociado por pecas. No me importaba; yo le gustaba así y eso era suficiente, él me deseaba como fuera.

Con una sonrisa me levanté y busqué en el suelo la camiseta que la noche anterior él se había arrancado con urgencia y me la coloqué sintiendo el material de algodón calentar mi cuerpo. No quería vegetar en el sofá así que corrí al guardarropa donde las bolsas de compras aún estaban sin desempacar y las tiré sobre la cama. Tenía tanta ropa como para diez años sin preocuparme por ir de compras. Sonreí al recordar el rostro de Aiden al pagar y recordé el momento en que intimamos una vez más en el vestidor de la boutique.  Esto iba a salir bien, me dije, había valido la pena haber viajado y soportado tanto para estar con él.

Me di una ducha untando más que suficiente gel de baño en mi cuerpo y tarareé una melodía alemana que había escuchado en el vuelo a la ciudad. No sabía lo que decía pero podía decir que era una canción bastante alegre gracias a las notas que la balalaica tocaba con pasión. Luego de haber enjuagado mi cabello me dediqué a buscar los implementos de higiene personal que Aiden dijo que podía utilizar. Estaban bajo el lavabo y me maravillé de encontrar una maquinilla de afeitar, un cepillo de dientes y uno de cabello, toallitas limpiadoras y una máscara de pestañas.

Casi nunca me maquillaba pero aproveché que era la primera vez que tenía un objeto como ese para mí misma y me puse un poco notando cómo mis pestañas tomaban curva y se rizaban. Me sentí hermosa por una vez en mi vida y me dije que podía ser lo que mi amo me pidiera ser. Sería su confidente y la persona que estuviera ahí para él cuando necesitara un hombro amigo. También, la mujer que en silencio le haría sentir mejor cuando solo necesitara consuelo por la frustración.

Salí del baño envuelta en una nube de vapor. En la cama observé con cuidado qué atuendo colocarme y al final opté por unos vaqueros ajustados y una camiseta que se pegaba a mi cuerpo como una segunda piel. El verano estaba terminándose y pronto comenzaría el frío del otoño. Moría de ganas de ver por primera vez las hojas caer de los árboles y cambiar de color. Quería comparar los colores que denotaban el cambio se su vida con la mía.

Deambulé por el apartamento sintiéndome libre de hacer lo que quisiera. Me pregunté qué le gustaría comer a Aiden cuando regresara y decidí que podía tratar de hacerle alguna comida de mi pueblo con lo que encontrara en la despensa. Abrí el refrigerador y me quedé literalmente helada al ver que no había mucho para hacer una comida decente. No había muchos vegetales, tampoco frutas. Me pregunté qué podría hacer con unas espinacas, zanahorias, huevos, leche, harina, queso y manzanas. Pensé por un momento pero no se me ocurrió nada.

¿Cómo podía él sobrevivir sin alimentos? En realidad el desayuno que habíamos comido hacía algunas horas había sido preparado con alimentos poco saludables a esa hora del día. El chocolate y la crema chantillí eran buenas, pero no en la primera comida del día y menos en esa cantidad. Me recosté sobre el mesón de la cocina y comencé a pensar cuando un teléfono que no había visto en la pared cerca de la puerta comenzó a sonar. Era una melodía conocida: el sonido de aves cantando.

-¿Hola?- contesté esperando tal vez que fuera alguno de los amigos de Aiden o tal vez su agente.

-Me alegro mucho de escuchar tu voz, nena- comentó él del otro lado haciéndome estremecer de deseo con lo ronca y sedosa que su voz sonaba en mi oído. -¿Qué haces? ¿Extrañándome?-.

-Sí, señor- confirmé antes de poder detenerme. No podía negarle nada, me tenía agarrada de todos lados.

-Esa es mi chica- suspiró satisfecho luego lo escuché riendo suavemente. Debía estar en la agencia- ¿Encontraste algo para hacer mientras no estoy? Puedes ir al parque que hay cerca del edificio o puedes encontrar dinero en el segundo cajón de mi guardarropa e ir de compras. Haz lo que desees-.

-Creo que me quedaré en casa, gracias, señor-respondí amando la sensación de ser cuidada por este hombre maravilloso- Hay algunas ropas que necesitas lavar y hay un desastre en la habitación y cocina. Me gustaría que me dejaras limpiar-.

-No quiero que hagas eso- contestó inmediatamente con un borde de dureza en su voz. Me tensé- Quiero que tomes el maldito dinero y te vayas de mi apartamento. No vuelvas hasta las tres. Pienso llegar a esa hora. ¿Entendido?-.
-Sí, señor- respondí pensando que no tenía por qué sentirme mal después de todo. Podía ir al supermercado y comprar víveres. Sonreí con la idea de darle una sorpresa.
-De acuerdo, entonces- comentó con un suspiro. Luego bajó el tono de voz y pude sentirlo como seda acariciando mi piel- Cuídate y diviértete. Te veo a las tres. Esta tarde serás mía-.
-Que tengas un buen día también, señor. Estaré esperándote- contesté mordiendo mi labio inferior y sosteniendo más fuerte el teléfono en mi oído.
-Sabía que dirías eso- rio en voz baja y luego se despidió mandándome un beso sonoro.
Sonreí de nuevo sosteniendo el teléfono junto a mi pecho y pensé en la sorpresa que podía tenerle cuando llegara. Pero primero quería ordenar un poco apartamento. Debido a nuestros juegos había mucho trabajo que hacer. Comencé por la cocina; lavé, fregué, sequé y guardé todo lo que habíamos utilizado para nuestro desayuno. Luego ordené los frascos y lo que había en la encimera y dejando todo como una taza de plata me dediqué a ordenar la sala y el comedor.
Decidí encender el estéreo de la sala y conecté el ordenador de Aiden a los amplificadores para hacer una nueva lista de reproducción con mi música favorita. Comencé a tararear una canción que me gustaba y subí levemente el volumen lo suficiente como para escuchar y bailar con destreza. Tomé la aspiradora escondida en el cuarto de lavado y comencé con mi labor. Quería soñar por un momento con que Aiden alguna vez me quisiera tanto como para hacerme llevar su apellido en  mi nombre. Cielos… Eso sería maravilloso.
Claire Miller.
La señora Claire de Aiden Miller.
Permítanme soñar…
Él sosteniendo mi mirada tan pronto como entrara en el apartamento una noche de navidad cargada de nieve. Las luces estaría encendidas y los adornos junto con los villancicos le darían a la nochebuena todo lo que le haría falta para ser perfecta. La comida estaría esperándonos en la mesa; habría cocinado pavo relleno, puré de papas, pasteles de muchos sabores frutales y beberíamos vino rosado semiseco. Cuando la noche estuviera cerca de iniciar en un nuevo día, él me miraría con sus ojos soñadores y su sonrisa cautivadora mientras tomaba  mi mano y nos conducía hacia la ventana de la sala. Luego con cada latido de mi corazón él descendería hasta apoyar su rodilla derecha en el suelo y cuando el reloj marcara la medianoche, susurraría con su voz sedosa y sensual las palabras que tanto anhelaría oír: “Cásate conmigo, nena”.
Suspiré más que emocionada por aquella visión y decidí retomar mi misión original para tener nuestro hogar limpio y libre de cualquier bacteria que pudiera llevarnos a un caos. A Aiden le gustaba tener todo bajo control, incluyendo el ritmo de mis gemidos cada noche, y quería darle el placer de llegar a casa y poder poner la comida en el suelo sin que nada le afectara. Dios, era ridícula algunas veces…
Terminé en la sala mientras movía mi cuerpo al ritmo de un remix de dubstep y pasé al dormitorio donde encontré la pila de ropa sucia que había mencionado a Aiden. No pude detenerme, juro que lo intenté, pero fue imposible no tomar su ropa interior y aspirar como una adicta el aroma que emanaba. Creo que estuve por lo menos treinta segundos percibiendo el aroma masculino –y viril, por cierto- de él hasta que me di una bofetada mental y miré a todos lados frenética, asustada de que alguien pudiera verme. Suspiré aliviada y sonreí levemente pero luego mis ojos cayeron en las esquinas del techo para encontrar justo algo que no esperaba pero temía: una cámara de seguridad.
Ya podía escuchar a quienes estuvieran monitoreando el apartamento reírse de mi mientras gritaban “Aspira tan fuerte como la noche anterior, muñeca” y al mismo tiempo chocaban los cinco entre ellos. Demonios.
Rápidamente cerré mis ojos, bajé la cabeza y corrí a la cesta para llevarla a la lavadora. Quería tener la ropa de Aiden lista para cuando llegara. Agregué el jabón, dejé la ropa lavándose y regresé a la habitación llenando mi mente de recuerdos. Él y yo disfrutando el uno del otro… Sonreí como tonta y comencé haciendo la cama para luego pasar la aspiradora y brillar un poco el suelo. Suspiré al terminar y salí con una enorme sonrisa en mi rostro luego de haber tomado un poco de dinero del lugar donde había dicho Aiden. Quedé muda al ver la cantidad de dinero en efectivo que había allí. Podía comprarme un auto con todo eso.
Además, había un pequeño espía allí; una nota escrita en letra rápida con un marcador morado que simplemente decía:
 “Cómprate un maldito liguero y bragas negras… Nada más. Aiden”.
-Incorregible…- murmuré con una sonrisa tonta y fui directo a hacer lo que me pidió como debía ser.
Una hora y unos ligueros nuevos más tarde estaba caminando por el centro comercial que quedaba más cerca al apartamento –gracias a las indicaciones del portero del edificio- buscando algún alimento que pudiera llenar nuestros estómagos en la cena. Había estado observando tantas tiendas y escaparates que me sentía casi en un mercado hippie con la cantidad de productos y cosillas que podía encontrar por doquier. En mi bolsillo de mi suéter de punto podían dar testimonio dos pequeñas pulseras que había encontrado en un tenderte y que me habían llamado la atención. Pensaba darle una a Aiden y yo usar una también solo sí él estaba de acuerdo.
Estaban hechas de madera de coco con pirograbados a fuego de nuestros nombres en ellos. El nombre de Aiden estaba acompañado de un sol y el mío de una luna; esperaba que entendiera mi punto: él era el sol en mi oscuridad y yo solo el satélite que buscaba a diario poder obtener un poco de resplandor para hacerme notar por una vez lejos de las sombras.
Si solo él supiera el nuevo rumbo de mis pensamientos y mi corazón…
Llegué a casa como Aiden dijo: a las tres en punto con un cono de helado derritiéndose en mi mano, una bolsa de productos en la otra y un trozo de cinta -que no sabía de dónde diablos había salido- pegado en el talón de mi sandalia de correas. Bajé la bolsa mientras trataba de maniobrar con lo que tenía en mi otra mano para abrir la puerta al tiempo en que mi cabello no me dejaba ver nada. Suspiré en derrota y me recliné levemente contra la puerta dando pequeños golpes con mi cabeza y luego me quedé allí de frente recargada pensando en lo ridícula que debía verme.
-Nena, ¿eres tú?- resonó entonces la voz de Aiden en frente de mí al abrirse la puerta e irme de nariz contra su pecho escuchando un ruido sordo y un leve gemido. Demonios, le saqué el aire.
-Hola, señor- repliqué mirando hacia arriba cuando me enderezó sobre mis pies y despejó mi rostro del nido de ratones que era mi cabello.
-¿Dónde demonios estabas?- cuestionó en voz baja y mordaz tirando de mi hacia adentro- Estaba preocupado, son las tres y dos minutos y aún no llegabas, ¿quieres acaso matarme de nervios?-.
Vaya… Y las mujeres tenemos cambios de humos en nuestros días… Ja, ja.
-Lo siento, pero… fui a comprar el liguero que me pediste- suspiré tímidamente mostrándoselo- es rojo y tiene cintas negras, además de un lindo moño para atar y…-

-¿Aiden?-interrumpió una voz femenina que no conocía. Giré a ver quién era y me quedé impresionada al ver dos esferas color chocolate mirándome con atención y recelo- ¿Llegó ya tu amante?-.


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Como que Aiden cada vez me cautiva más y más... Ojalá existiera un hombre como los que siempre soñamos o nos pintan en los libros :P





3 comentarios:

  1. Jajaja me lleva el tren, amiga, tenemos que negociar una rápida publicacion de este libro, me en encanta!!! Gracias por escribir!!

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    1. Esperemos que alguna editorial decida cogerlo o por lo menos a mis otras novelas. :) Sin embargo, tal vez en dos o tres semanas voy a publicar un libro en Amazon. Si se da bueno, tal vez suba las siguientes. Gracias por leer.

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    2. Oye si tienes mas dime donde para buscarlas y leerlas, es que esta tablet no me deja trabajar muy bien que digamos pero la compu ya es otra cosa. Y esperemos que si tenla publican, esta muy linda, gracias !!!!

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