miércoles, 31 de diciembre de 2014

CAPITULO 5

-Esto es el colmo- profirió Tom exasperado saliendo del probador donde minutos antes había entrado Claire con una tonelada de ropa. A veces sus acciones de homosexual salían a flote conmigo. No es que me molestaran, después de todo él era un gran amigo.

No podía quejarme, ese cuerpo de pequeñas proporciones pero de incalculable fuerza para el placer estaba dándome el mejor espectáculo de mi vida. Parecía encender mi libido de una manera en que jamás nada ni nadie lo habían hecho. Estaba más que embelesado con ella; era como una jodida diosa dispuesta a cumplir todos mis deseos y eso era lo único que necesitaba para sentirme completamente a gusto. Ella podía ser sensual e inocente en una fracción de segundo sin siquiera proponérselo. Y más siendo mi modelo personal.

-¿Cuál es el problema?- cuestioné desde mi silla frente al probador en la que me había sentado hacía más de treinta minutos.

-Pasa que no quiere salir de ese probador. Dice que no se ve bien en ese vestido ceñido color melocotón que escogí para ella. ¡Es el colmo!- gruñó llevando sus manos el cielo. Se veía ciertamente aterrador-  Se ve como una verdadera reina pero dice que no saldrá hasta que tú entres y le digas que es así-.

Respiré hondo antes de levantarme con cierta molestia en mi rostro. Tom se hizo a un lado permitiéndome entrar y mientras caminaba me recodé por qué no me gustaba llevar de compras a mis amantes. Siempre era lo mismo. Algunas veces porque el dinero que costaba el traje era muy poco, otras porque la ropa nos les quedaba bien o porque simplemente no les gustaba. Esa situación no me gustaba.

Cuando entré en el probador me sorprendió la escena que me encontré. Mi nena estaba frente al espejo mirándose con cierta nostalgia. Lágrimas caían de sus preciosos ojos dejándome con una extraña sensación en el pecho. ¿Había hecho algo malo? ¿Tenía ganas de huir de aquí? Si fuera esto último tendría que retenerla como fuera porque no podía dejarla ir. Ella era mía y eso no tenía discusión alguna.

-¿Qué sucede, nena?- pregunté mirándola a través del espejo. Sus ojos aceituna me encontraron también.

-Esto no se ve bien en mí, señor- comentó en un tímido susurro.

-¿A qué te refieres?- pregunté confundido.

-No puedo llevar esto, no soy tan bien formada como las mujeres a las que estás acostumbrado. Esto se ve mal en mí-.

Mi exasperación y necesidad me hicieron ver todo rojo cuando dijo eso. Me acerqué hasta poderla rodear con mis brazos y tomé suavemente una de sus muñecas llevándola a la parte donde más necesitaba sentirla. Vi sus ojos agradarse y su respiración acelerarse. Esto quería de ella. Mucho más que esto, en realidad.

-¿Estás segura que no te queda bien?- cuestioné en voz baja frotando su mano a través de mi dura longitud. Podría jugar baseball.

-Señor…- jadeó ella. Fue como si cantara para mí lo cual me hizo apretarme contra ella tomándola de la cintura.

-No sé de dónde vienen tus dudas- confesé besando la curva de su cuello y sobre su pulso latente- Eres la cosa más sexy que he visto en mi vida. ¿Acaso quieres que te pruebe lo mucho que te deseo en este momento?- propuse volviendo a nuestros roles originales.

Ella abrió los ojos aún más dejándome una sonrisa de satisfacción. Lentamente una de mis manos subió desde su cadera hasta la curva de sus pechos mientras la otra aseguraba bien la puerta del probador. No quería testigos sobre lo que iba a hacer con ella adentro.

-Mírame a través del espejo- gruñí una orden que ella aceptó mirándome con timidez.

Sumisa y era mía.

Puse mi mano entre sus piernas y busqué con frenesí el oscuro lugar donde encontraría el más valioso de los secretos que podía guardar. Mi otra mano seguía ahuecando su pecho y sin poderme controlar más tiempo pellizqué uno de sus rosados picos haciéndoseme agua la boca con solo imaginarlo envuelto en mi lengua. Ella jadeó y comenzó a temblar entre mis brazos. Sonreí y comencé a besar su cuello dejando pequeños moretones que serían mi deleite luego.

-Señor…- jadeó en cuanto mis dedos encontraron el borde de sus bragas nuevas y las rompí a jirones. No necesitaba ese tipo de interferencia.

Mi dedo se internó en la suave cavidad de ella y de inmediato pude sentir una ráfaga de deseo atravesarme con fuerza. No entendía qué tenía esta pequeña chica que lograba ponerme de inmediato duro, pero sabía que no quería que desapareciera. Ella podía leer mis intenciones, mis deseos y anhelos brindándome su cuerpo para poder complacerme. No había chica más generosa que ella pero iba a demostrarle que el control y la dominación quedarían por mi parte.

Comencé con ritmo lento a torturarla sintiendo cómo sus paredes internas se contraían con frenesí. Me gustaba esa sensación y no pensaba dejarla llegar al clímax hasta que rogara. Sus gemidos eran suaves y su respiración acelerada la hizo abrir una fina rendija en su boca. Podía ser bastante receptiva y eso me encandilaba como el fuego del infierno. Mis dedos trabajaron con un ritmo lento y acompasado mientras mi mano pellizcaba sus pechos y mi boca lamía el camino que trazaban sus venas. Me sentía a punto de explotar sin siquiera haberla penetrado. Era algo nuevo.

-Señor… por favor… quiero-.

-¿A quién perteneces?- gruñí parando mi trabajo con mis dedos. Ella se movió contra mí haciéndome soltar un gemido gutural.

-Yo…-

-¿A quién perteneces?- Cuestioné de nuevo quitando mi mano de sus pechos y recogiendo su cabello para jalar su cabeza hacia atrás. Soltó un gemido.

-A ti, mi señor, solo a ti- jadeó recibiendo un trabajo lento de nuevo por parte de mis dedos. Esto era fantástico.

-¿Qué quieres?- pregunté satisfecho.

-A ti- fue su sencilla respuesta. Fruncí el ceño y la miré con dureza a través del espejo parando mis dedos.

-A ti, mi señor- corrigió y con una sonrisa lobuna me dispuse a trabajar fuertemente en su apretado monte de venus. Estaba más que excitado.

Gemía suavemente en mi oído. Su cabeza se apoyó con un movimiento brusco sobre mi hombro y su cuerpo comenzó a temblar y ponerse rígido anunciándome que estaba cerca. Dos de mis dedos estaban dentro de ella así que añadí un tercero viendo cómo sus ojos se cerraban. Era todo, pronto caería en el éxtasis pero solo sería el comienzo, tenía grandes planes para nosotros en casa.

-Señor… por favor… yo… ah- suspiró tambaleándose entre mis brazos. Sonreí satisfecho y cuando se hubo recuperado le di vuelta para besarla con pasión antes de soltarla y alejarme un paso de ella aun sosteniendo su resbaladizo centro.

Su respiración agitada me dio más seguridad sobre los deseos que ella tenía hacia mí. Era maravilloso sentir que por primera vez en mucho tiempo tenía el control sobre algo que hacía. Al fin podía volver a controlar a mis amantes y podía esperar sumisión por parte de ellas. Esto era como el Valhala.
-¿Te gusta ese vestido?- pregunté aún con mi mano enterrada entre sus muslos.

-Solo si te gusta a ti, señor- respondió cerrando los ojos ante un nuevo aturdimiento causado por mí.

-Es apropiado, podemos llevarlo. Y no vuelvas a cuestionar la ropa. Es perfecta para ti.-.

-Sí- respondió bajando la cabeza.

-Sí, ¿qué?- cuestioné aprisionándola contra el espejo y hundí de nuevo un tercer dedo entre sus piernas frotando su clítoris.

-Sí, señor- lloriqueó y con una sonrisa satisfecha saqué mis manos de ella lamiendo uno por uno mis dedos. Su sabor me embriagaba.

-Te veo afuera- comenté limpiando por última vez mi mano en un pañuelo de seda y salí ajustándome lo mejor que podía para evitar comentarios.

Ella salió tres minutos después vistiendo el maravilloso vestido que me dejaba ver una porción considerable de su espalda y que se ajustaba a sus caderas como un guante. Sonreí satisfecho viendo cómo ella se ruborizaba.

-¡Te dije que se vería grandiosa!- gorjeó felizmente Tom atrayéndola para abrazarla. Me tensé por eso sintiendo una punzada extraña en mi vientre pero me obligué a relajarme viendo sus ojos clavados en mí sobre el hombro de Tom.

Sí, definitivamente era mía y de nadie más.

Más tarde, de vuelta en mi apartamento, descansábamos sobre mi tumbona luego de haber dejado las bolsas de ropa en mi vestidor. Sabía que tendría que hacerle espacio ya que Tom había comprado casi todo lo que veía en cada tienda, sin embargo, no me importaba. Estaba feliz viendo a mi chica con ropa nueva, a pesar de que había protestado por la cantidad de dinero que había invertido. Ella era especial y merecía todo lo que pudiera brindarle.

Comíamos el almuerzo –tardío- sobre la tumbona dándonos pequeños bocados. La tenía en mi regazo y me gustaba la manera como parecía encajar en mis piernas. Era tan pequeña y sexy como el infierno que me estaba costando tenerla de esa forma sin hacerle  nada.

Se le veía feliz con una enorme sonrisa casi infantil en el rostro y sus mejillas ligeramente ruborizadas. Si no le hubiera hecho todo lo que le había hecho, me hubiese atrevido a decir que era una niña pequeña, virgen y puritana la que tenía en mis brazos.

Mordía una uva de su boca, dándole pequeños besos entre mordida y mordida cuando el teléfono sonó en mi bolsillo trasero. Lo ignoré apoderándome de la dulce boca de mi chica, sintiéndome poderoso al escuchar sus gemidos entrecortados y notando la pasión con la que me correspondía. El teléfono sonó de nuevo pero una vez más lo ignoré. Estaba disfrutando ese pequeño momento con ella, sin embargo, cuando insistió por tercera vez, lancé un gruñido exasperado y con cierta reticencia retiré a Claire de mis labios. Ella sonrió con suavidad y me brindó un último beso.

-Será solo un minuto, te lo aseguro- dije rodando los ojos con fastidio.

Ella se sentó a horcajadas sobre mí y con suavidad comenzó a acariciar mi cabello. Cerré mis ojos acariciando su espalda y sacando mi teléfono lo puse en mi oído. Estaba molesto.

-¿Qué?- espeté sin mirar quién llamaba.

-Aún vives- gorjeó la voz de Wesley al otro lado. Solté un suspiro de fastidio.

-Espero que esto sea bueno- dije atrayendo de nuevo a Claire a mi lado al notar que trataba de alejarse. Le hice un gesto con la cabeza advirtiéndola sobre no irse.

-De acuerdo, ¿interrumpo?- comentó entre risas- Solo quería llamar a preguntarte si ya habían tomado alguna decisión. Muero por estar con esa chica, Aiden- confesó haciéndome tensar la mandíbula. Miré a Claire y ella sonreía mientras pelaba un kiwi que luego me ofreció con una sonrisa. Mordí un poco agradeciéndole con un beso jugoso.

-No hemos decidido nada aún- comenté apretándola un poco más fuerte de lo necesario. No quería compartirla pero era una decisión mutua.

-No se hable más- dijo con resolución. –Voy para allá, tengo más noticias que darte-.

Dicho aquello colgó dejándome con la palabra en la boca. Solté un suspiro furioso y con cuidado bajé a mi chica de mi regazo. Quería matar a alguien. Lo cierto era que no quería compartirla. Quería que ella fuera siempre mía, que nunca nadie siquiera le echara un rápido vistazo, más sabía que era imposible. Ella parecía una muñeca de porcelana con sus ojos aceituna y su piel de crema.

Me levanté sintiéndome frustrado. No entendía por qué me rehusaba tanto a la idea de que ella estuviera con alguien más. Sabía que los sentimientos no estaban implicados así que me convencí que era un asunto de territorialidad. Pasé mis manos por mi cabello una y otra vez dejándolo alborotado y soltando gruñidos guturales.

-¿Señor?- preguntó suavemente la chica que me encandilaba y por la que estaba dispuesto a asesinar si me lo pidieran. Su voz era cálida y angustiada. Sus ojos decían todo lo que sus labios rosados no decían: me quería, mucho más que físicamente. Eso me llenó de orgullo.

-Viene hacia acá- respondí frenético tomándola del brazo para sentarla en el sofá. Me arrodillé frente a ella- Wesley, viene y quiere una respuesta. Dime qué quieres, nena-.

-Estoy bien con lo que escojas- murmuró levemente confundida. De seguro daba miedo en ese momento.

-¡No!- espeté de inmediato. Ese asunto ya no era solo asunto mío- Dime qué quieres. No pienses en mí, piensa en ti-.

-Yo solo quiero hacerte feliz-.

-Entonces, no lo hagas. Podemos ser solo tú y yo. Nadie más, te prometo que podremos…-

Más mi diatriba quedó en suspenso gracias al sonido del timbre en la puerta. Era Wesley y yo quería matar a alguien. Quería huir de allí con ella cargada en mi hombro. Necesitaba pensar pero tendría que hacerlo luego ya que estaba caminando hacia la puerta, abriéndola para dejarme verlo.

-Hola, Aiden- saludó recargado en el marco mirando hacia adentro. Podía ver la lujuria en sus ojos y quise golpearlo de inmediato. Pero tendría que esperar.

2 comentarios:

  1. Válgame Dios, me estoy haciendo adicta a ti, jajaja seguiré pendiente de tus escritos, saludos y feliz año!!!!

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  2. Que tengas un feliz año también y mucho éxito para ti y todos los tuyos. Muchas bendiciones y salud. Gracias por apoyar mi trabajo.

    Laura.

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