Mi entrepierna iba a saludar a
esa pequeña pero deslumbrante chica en cualquier momento. No era mi culpa. Esa
pequeña delicia estaba calentándome con la propuesta de realizar mi más interna
fantasía. El haberla imaginado a ella en la ducha siendo frotada por el agua
había tenido un efecto devastador en mi mente; ella estaría llena de jabón, con
los ojos cerrados por los estruendosos e incomparables espasmos de su cuerpo
mientras una y otra vez la hacía sentir como una verdadera mujer con cada
embestida que le daría.
Ella sería la perdición de mi cordura
y no dejaría que eso sucediera.
Me obligué a abrir los ojos y
prestar atención a mi entorno. Ella estaba mirándome cada vez más de cerca con
esos hermosos y desorbitantes ojos aceitunas y estaba haciéndome tener un
ligero malestar en mi entrepierna. Me pregunté cómo podía una chica tan pequeña
y al parecer medio inocente tener semejantes ideas que lograban desconcertar a
cualquiera. Yo no era un hombre frío; ni por todos los Doritos del mundo lo
sería; pero dudaba que esta chica pudiera controlar mi libido como esperaba
hacerlo.
Su respiración acelerada estaba
calentando mis labios a medida que se acercaba cada vez más a mi pecho. Puso su
cabeza sobre mi hombro y sin poder reprimir un impulso hundí mi nariz en la
gran mata de cabello que poseía. Inspiré deleitándome con el aroma a flores de
su cabello y el olor a avena de mi jabón en su cuerpo. También había una pizca
de vainilla que suponía era resultado de alguna crema corporal que se hubiera
aplicado antes de venir a rebotar en mis brazos. Se sentía tan cerca, tan
cálida, tan frágil y deliciosa…
Mi dedo comenzó a trazar la fina
línea de su cuello y me sentí extasiado con la textura suave y blanda de su
piel. Mis manos pedían a gritos poder excavar en los sitios más recónditos de
aquella piel sedosa como el satén. Sus
labios se acercaron a los míos. Mi nariz rozó la de ella y casi sonreí de satisfacción al sentir sus
labios entreabrirse con un jadeo casi desesperado. Serían tan delicioso
probarla, tan urgente y necesitado.
Pero no podía. Ella no era una
chica con la cual jugar de esa manera. Por eso, reprimí la urgencia de mi
entrepierna y me separé de ella levantándome de un solo movimiento algo brusco
para poder pensar con claridad. Ella era un maldito tazón lleno de ideas que
deseaba llevar a cabo. En la cama, en la sala, en el sofá de cuero, en la
cocina…
Caminé hasta la ventana que me
dejaba ver las majestuosas calles de la ciudad aún abarrotadas de personas que
salían a disfrutar de los placeres nocturnos o de alguna otra distracción más
corriente. Escuché la forzada inspiración de aquella chica pero no pude darme
vuelta sabiendo que las lágrimas estarían surcando ese bello rostro. Me
sentiría culpable y tal vez accedería más fácilmente a sus caprichos. Debía ser
fuerte.
-Ve a dormir- exigí en voz baja pero
autoritaria retándola en silencio a desobedecerme.- Hay un cuarto al fondo del
pasillo. Está preparado para los chicos cuando vienen a quedarse. Te sentirás
bien allí-.
-¿Puedo ofrecerte algo, mi
señor?- susurró en esa sexy voz ronca que me hacía estremecer de placer. Podía
casi escucharla en mi oído suplicando.
-Vete a dormir ahora y mañana
pensaremos dónde dejarte para que vuelvas a casa-.
-Como usted guste, mi señor-
respondió y pronto escuché los pasos casi en un susurro alejándose por el
pasillo.
Me pasé varias veces las manos
por la cara y me dije que esto estaba bien, que esta era la manera como debía
actuar aunque mi cuerpo me pidiera otra cosa. Con un suspiro de cansancio por
todo el trabajo físico y mental de todo el día caminé hacia mi habitación sin
darle siquiera un vistazo a la puerta que me separaba de mi más delicioso
tormento.
***
No iba rendirme tan fácilmente.
Había recorrido una larga distancia con tal de conseguir aunque sea una pequeña
muestra de lo que eran los verdaderos deseos de Aiden. Me había rechazado, pero
había estado casi a punto de besarme. Eso no tenía sentido pero supuse que
debía estar hablando su cordura y no su libido. Era el momento de hacerlo
entrar en cintura. Literalmente.
Me armé de valor y limpié las
lágrimas de mi rostro. No quería que él me viera con la cara hinchada por el
llanto o con marcas de mi casi rendición. Solo me rendiría en una situación y
esa era en la que él tomaría mi voluntad y me haría suya. Yo sería parte de su
cuerpo y de sus deseos. Serían enteramente para él.
Salí sigilosamente de la
habitación y miré hacia el pasillo. Estaba todo sumido en penumbra pero no me
acobardé por eso; estaba segura de que él sería un amante espléndido en la
oscuridad. Lentamente tracé con mi mano el camino hacia el baño en el que antes
me había duchado y abrí la puerta sintiendo un leve golpeteo más fuerte de lo
usual en mi pecho. Podía hacerlo, me dije varias veces adentrándome en el baño
y encendiendo suavemente la luz. La puerta de la habitación de Aiden estaba en
diagonal por lo que atenué levemente las luces pero aun permitiéndome ver que
su puerta estaba entrecerrada. La oportunidad perfecta.
Tomé el cordón de una de las
batas de baño y un pañuelo negro que había debajo del lavabo. Me miré una vez
en el espejo notando el rubor de mis mejillas y los ojos anhelantes. Mi cuerpo
ardía en deseo y podía sentir cómo mi esencia resbalaba tímidamente por mis
piernas. Sonrojando algo más fuerte, humedecí un paño y me limpié lo mejor que
pude. No quería que él pensara que era una mujer mundana que se vendía al mejor
postor. Mi cuerpo solo le pertenecería a él.
Salí del baño con pasos ligeros
para no despertarlo y me adentré con el sigilo de un ratón en la cámara que
escondía el más grande placer y pecado. La habitación estaba en completa
oscuridad y silencio. Su respiración pausada y rejalada era lo único que se
escuchaba en la enorme estancia. Sin embargo, la luz de la luna menguante
entraba a raudales por la ventada de techo a suelo dándole a mi amo un toque
casi mágico. Como si un halo de luz recubriera su cuerpo semi desnudo bajo las
sábanas.
Su torso fuerte y vigoroso estaba
expuesto y la sábana se enrollaba como un guante a sus estrechas caderas
dejándome ver sus musculosas y kilométricas piernas. Mi boca se secó por
completo y mi zona más profunda cobró vida al tener aquella escena para mi
deleite. Dios, era tan hermoso…
Con paso vacilante me acerqué
hasta él y me arrodillé a su lado. Dejándome llevar acerqué mi mano hasta su
brazo acomodado perezosamente a su lado y tracé el bordé con un dedo. En ese
momento, su mano tomó mi muñeca con fuerza haciéndome dar un respingo y ahogar
un grito de pánico. Sus ojos iluminados de color plata por la luna pero
ensombrecidos por las sombras que proyectaban sus facciones se clavaron en los
míos y en ese momento me dije que él era el depredador más presuntuoso e
imponente de todo el mundo. Yo era su presa en ese momento, pero no tenía
miedo, solo expectación.
-¿Qué haces?- preguntó en tono de
voz más bajo de lo usual. Parecía enfurecido.
Me retiré levemente de su cama y
me estiré en mi metro sesenta y cinco tratando de parecer lo más firme posible.
Se levantó en los codos y la sábana se retiró un poco más de su cuerpo
dejándome ver el elástico color azabache de su ropa interior. Mis dedos picaron
por curiosear por debajo de ellos y ver a dónde conducía la línea de vello que
tenía bajo su ombligo.
-Respóndeme- exigió con
impaciencia.
Tomé aire y estiré la mano
entregándole el lazo y el pañuelo los cuales tomó con cierto brillo en los
ojos.
-Átame, señor. Estoy a tu
disposición esta y todas las noches que desees. Te prometo fidelidad y
obediencia. Siéntete en libertad de hacer conmigo lo que quieras-.
Esperé en silencio por la
respuesta de Aiden pero él permaneció quieto mirando los lazos como si tuvieran
las respuestas de todo el universo. Finalmente levantó la mirada y pude notar
algo mucho más oscuro detrás de sus ojos, algo primitivo, casi animal. Solté un
jadeo aterrada por la creciente ola de deseo que atravesó mi cuerpo al verlo de
esa manera.
Me preparé para que me golpeara,
tal vez para que me insultara de nuevo o me echara de su casa. Pero no esperaba
la mano firme que se posó sobre mi muñeca tirándome hacia abajo en un
movimiento rápido y poniéndome debajo de él. Gemí ante el dolor y el asombro
placentero y me dije que era la hora; podía sentirlo en la electricidad que
había en el aire. Estábamos al fin a punto de cumplir sus deseos.
-¿Crees que es un juego, nena?-
susurró en mi oído tentándome con la proximidad de su cuerpo sobre el mío.-
¿Crees que puedes venir a tentarme a mi propia casa y salir bien librada de
esto? Te voy a enseñar a respetarme- finalizó casi con un gruñido y acto
seguido me dio la vuelta sobre la cama llevando mis manos hacia la espalda,
pronto las amarró con fuerza.
La oleada de deseo era enorme. Me
sentía húmeda y desinhibida, pero sabía que tenía que ser paciente con Aiden,
tal vez estuviese acostumbrado a dejarse
llevar por sus emociones o deseos. Terminando el nudo que me amarraba las manos
salió de la cama y me arrastró tras de él parándome en frente suyo. Su torso
parecía brillar en la oscuridad y me dejé llevar por el aroma tan masculino que
exudaba. Estaba deleitándome con su cuerpo pero luego mi visión fue nula al ser
vendada por completo anulando mi voluntad y cordura. Estaba lista para esto.
-¿Quieres ser mi esclava?- gruñó
tomándome de la nuca y acercando su boca a mi oído. Su otra mano descansaba en
uno de mis pechos.
-Sí…-
-Sí, ¿qué?- casi gritó haciéndome
estremecer de placer.
-Sí, señor-.
-Perfecto- murmuró levantándome
en sus brazos y depositándome de frente a la pared.
Mis pechos se entumecieron debajo
de la tela al sentir el contacto casi directo con la fría pared. Mi respiración
se aceleró llevándome en un exquisito placer del cual no quería salir. Puso una
mano en mi espalda baja y la otra sobre mi nuca incitándome a inclinarme casi
en reverencia. Estaba lista, y no tenía miedo de lo que ocurriría. Él sería el
dueño de mi cuerpo.
***
El silencio nunca había sido tan
delicioso. La oscuridad tampoco. Mucho menos ver un cuerpo rendirse en la
penumbra por los deseos de un hombre. Pero todo ello ahora era completamente
excitante. Esa pequeña era el dulce más delicioso que podía encontrar en una
repostería y quería devorarlo. No daría
espera. Por eso, inclinándola hacia abajo subí la falda que tan bien le
quedaba. Sus nalgas quedaron a la vista y sintiéndome deleitado y maravillado
mi mano fue directamente al lugar de su placer. La muy descarada no usaba
bragas. Ni siquiera un maldito tanga.
Podía sentir su ansiedad en cada
jadeo. Permanecía el silencio salvo por la respiración entrecortada y
superficial que tenía. Yo estaba igual, con la frente ligeramente bañada en
sudor y mi miembro completamente listo para golpear pelotas. Me atreví a jalar
de uno de los risos sedosos de su monte de venus recibiendo como respuesta un
gemido que fue una melodía para mis oídos. Mis dedos fueron a su interior y
casi me vengo allí mismo al sentir lo húmeda que estaba. Su esencia escurría
levemente por sus piernas de crema. Estaba lista para mí pero podía sentir
también que era estrecha. Demasiado. ¿Sería el primero? Me negué a pensar en
ello y me concentré en el delicioso placer que me producía saber que lograba
calentarla con solo someterla.
Introduje un dedo dentro de su
tierna y febril carne y me estremecí de deseo. Estaba tan bien… Ella gimió y
balanceó las caderas con sensualidad lo cual me incitó a introducir otro dedo.
Gimió un poco más fuerte y se movió de nuevo hacia mí con la cara aún aplastada
contra la pared y mi mano manteniéndola completamente arqueada. Mi apetito
creció de inmediato y sin poder resistir introduje dos dedos más sintiéndola
expandirse para albergarme pronto. No quería hacerle daño si era el primero,
más era imposible no hacerlo.
-Señor…- susurró en voz ronca y
sensual enviando oleadas de placer por mi cuerpo. La tomé del cabello llevando
su cabeza hacia atrás levemente.
-Suplica- exigí amando la
sensación en mi cuerpo. Amaba tener el control.
-Te lo suplico, señor…-
-¿Qué quieres?-.
-Te quiero dentro de mí, señor.
Te lo ruego- pidió llenando casi todas mis necesidades.
-¿A quién perteneces?- cuestioné y ella hundió un poco los hombros
gimiendo más fuerte por la intromisión de mis dedos en su sexo.
-A ti, señor- contestó con
seguridad inmediata- Solo a ti. Siempre a ti-.
Gemí satisfecho y bajé mis bóxers
con un solo tirón al tiempo que bajaba por completo la falda de la chica. Me
introduje de una sola estocada dentro de ella haciéndola gritar de placer. Fue música
para mis oídos. Mis manos fueron a parar en sus pechos erguidos por el deseo y
prácticamente le arranqué la camisa y el sostén que llevaba puesto. Los lancé a
un lado y comencé a embestirla con fuerza y lentitud. Ella jadeaba y su
respiración igualaba la mía, superficial y rápida.
-Golpéame, por favor…- susurró
entonces y rompió todo el efecto en mí. Me separé de ella en un solo envite y retrocedí ignorando su protesta
sonora.
-¿He hecho... algo mal?- murmuró
entre jadeos temblorosos. Su cuerpo era como una mañana de nieve. Hermoso.
-¡Esto no está bien!- grité
exasperado y pateé la mesa de noche tumbando un vaso de cristal lleno de agua
clavándome de paso un vidrio en el dedo. Solté una blasfemia y me senté en la
cama. La chica estuvo allí en un minuto y de algún modo consiguió quitarse la
venda de los ojos. Tenía lágrimas en ellos mientras examinaba mi pie con horror.
-Señor… te… te has hecho daño.
Déjame ayudarte, por favor- pidió mirándome con desesperación y me levanté para
alejarme de ella.
-Esto no está bien- repetí
frustrado pateando de nuevo la mesa y escuchando sus chillidos sorprendidos y
asustados- No eres mi esclava ni mi amante para que te golpee, ¿no ves lo
destructivo que esto?- pregunté con desesperación. Quería que esto parara.
-Yo solo quiero lo mejor para
ti…- respondió con voz quebrada mirándome con un brillo extraño en sus ojos.
-Esto no lo es, no me conoces-
contrataqué y ella se levantó hasta estar frente a mí a escasos centímetros.
-Te conozco- aseguró- Sé que
deseas esto, lo siento en tu voz y tu cuerpo. Permíteme saciar tu sed y
necesidad-.
-¿Por qué?-.
-Porque lo deseas, señor, y yo
quiero saciar tu deseo-.
No convencido del todo y rogando
una ayuda al cielo me liberé de mis prejuicios y me abalancé sobre la chica con
hambre atroz probando el dulzor de su boca y la suavidad de su piel. La empujé
con rapidez sobre la cama y le desaté con delicadeza los nudos que sujetaban
sus manos sin dejar de besarla. Se rindió ante mis besos y se arqueó contra mí
con casi frenetismo. Me gustaba eso de ella. Que necesitara tanto del tacto de
mi cuerpo. Antes de penetrarla de nuevo me detuve y besé sus párpados cerrados.
-Soy el primero, ¿no es así?-
pregunté ya sabiendo la respuesta. Ella se mordió el labio inferior atrayendo
mi atención y asintió suavemente desviando la mirada. -¿A quién perteneces?-.
-A ti, mi señor. Antes y después
de esta noche siempre te perteneceré a ti- confirmó sin vacilar y me introduje
con un fuerte envite haciéndola gritar un poco más alto al ser llenada por
completa.
Definitivamente esa chica era mía. De nadie más.
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