“Aquél a quien el
amor no toca, camina en la oscuridad”.
Platón.
CAPITULO 1
Si cierro los ojos puedo ver un
tipo diferente de luz y de paisaje. Puedo verme en otro lugar.
Si los cierro un poco más puedo
sentir el aire fresco invadiendo mis pulmones. La brisa será tan cálida y llena
del olor salado del mar que podré sentarme en la arena mirando el despejado y
casi inimaginable cielo azul de la costa pacífica mientras me relajo escuchando
solo el sonido de las olas, las gaviotas y el viento susurrando suavemente en
mis oídos.
Tendré la capacidad de bloquear
cada mal pensamiento y cada mal recuerdo que me lleven de vuelta a aquellos
lugares recónditos de mi mente en los que la oscuridad del pasado y el presente
intentarán ensombrecer el futuro. Un futuro que ya tiene fechas establecidas y
agendas copadas hasta que me muera, apoderándose de la libertad y del deseo más
que desesperante de gritarle al mundo que esta ya no es mi vida; que ahora la
pertenece a unos cuantos por aceptar recibir unos billetes a cambio de lo que
amo hacer.
Abro los ojos pero no me
decepciono al encontrar la enorme multitud de fanáticas alocadas gritando
nuestros nombres mientras salimos del escenario luego de dar un exhaustivo
concierto de casi cuatro horas en el centro de la ciudad. Quiero desaparecer
lejos del humo de los amplificadores, del ruido de las voces que no se callan,
de las órdenes constantes que lanzan por mi audífono y, finalmente, de la vida
que hasta el momento llevo y me aburre hasta la inconsciencia.
Pedí esto; de eso no puedo negar
nada. Pedí vivir rodeado de famosos que estuvieran codo a codo ayudándome en mi
proceso de formación hasta que fuera capaz de hacer música. En cierto modo lo
logré, pero lo que ahora me atormenta e interrumpe mis sueños cada noche es el
hecho de que mi vida es estresante, efímero y prestada. Ya no es mía. Le
pertenece a aquellos que tienen mi vida en un papel firmado con mi nombre
directo de mi mano que una vez hormigueó por poner las letras allí en la línea
debajo de todo.
Por encima de todo, le pertenecía
a las fans; aquellas que hacían posible que los sueños de muchos se hicieran
realidad. Aquellas que en ese momento me tenían al borde de un ataque de ira y
neurosis con sus gritos y lanzamientos mal dirigidos al escenario. Sus balas,
eran prendas íntimas de ropa, alguna demasiado atrevidas para siquiera pensar
que podrían usarlas. Me imagino lo que pensarían sus padres si se enteraban de
que venían a un concierto a tratar de tirar sus bragas justo en mi cara con la
esperanza de que me las quedara y las guardara con un tesoro.
Podían esperar sentadas.
Cuando los chicos se inclinaron
como señal de despedida, comencé a tener ansiedad por llegar a mi camerino.
Solo podía pensar en estar allí de nuevo, con la calma necesaria para poder
siquiera escuchar mis pensamientos mientras bebía una botella de agua y
relajaba mi cuerpo. Estaba agotado por los bailes, los saltos y la euforia
fingida que tenía que dramatizar cuando lo único que deseaba hacer era salir
corriendo. Descansaría los pies sobre la mesa de maquillaje y dejaría que el
aire acondicionado secara mi rostro humedecido por el sudor.
Las luces se apagaron y fue entonces
cuando obtuve la señal para encabezar la marcha fuera del escenario. Me fui
dando grandes zancadas ansiando el frío del camerino y la maldita botella de
agua. Mi garganta se sentía como si el desierto del Kalahari se hubiera
instalado allí en una época terrible de sequía.
Mis compañeros venían riendo y
charlando animados pero exhaustos sobre lo bien que había salido todo. Ethan
como siempre se había equivocado en alguna coreografía, Ryan por fin había reunido valor y se había
quitado la camiseta con movimientos eróticos frente a las chicas, Tom había sido la diva de la noche y Wesley había
conseguido un par de números telefónicos, unas cuantas bragas y sujetadores y
una caja de condones. Sería una noche de fiesta para él.
Sonreí levemente al escucharlos.
Eran mis amigos, con los que siempre había deseado estar pero a veces
definitivamente deseaba estrangularlos. Ellos eran alegres y ociosos cuando yo
era todo lo contrario. Al menos sabía cortar una manzana en trozos o prepararme
el desayuno sin rostizarme las muñecas. Avancé dos pasos más cuando un golpe en
la espalda me obligó a cerrar los ojos, tomar una respiración profunda y no
lanzar mi puño hacia atrás. La risa de Wesley hizo estragos en mi humor y me
volví ligeramente. Estaba casi tan sudado como yo. Quizás más.
-¿Todo bien?- cuestionó poniendo
una mano en mi hombro y pasando la otra por su cabello.
-Déjalo- sugirió Ethan rascando
su ojo con un dedo- Quiere relajarse. Ya sabes cómo es-.
Y sí que sabían cómo era yo.
Después de cada presentación necesitaba una habitación para mí solo y tal vez
una o dos revistas de anime o manga… poco convencionales.
-Aguafiestas- resopló Wesley
haciendo un puchero, guiñó un ojo y luego susurró en voz baja- Esta noche hay
que divertirnos, encontré un sitio perfecto-.
Cerré los ojos luego de que
dejara mi hombro libre. No quería salir. Eran casi las dos de la madrugada,
tenía sueño y tal vez una o dos películas por ver. No quería ir de juerga con
ellos. Podían irse sin mí si querían.
Entré finalmente en mi camerino
contento de que la tortura haya terminado. Me senté en mi silla giratoria
frente al gran espejo con iluminación para veinte bailarinas de ballet y cerré
los ojos soltando un gran suspiro. No me importaba el calor que hacía dentro
por la cantidad de ropa allí o el olor a maquillaje, laca y cosméticos. Estaba
solo, respirando con tranquilidad y eso era todo. El resto podía irse a la
mierda.
Recordé entonces la sed que
sentía y casi dándome un golpe por olvidarlo me levanté para tomar una botella
de la nevera llena de líquido preciado. Líquido que refrescaría parte del
desierto que era mi vida. Me incliné escogiendo el sabor cuando un inusual
griterío provino desde afuera de mi puerta. Me pregunté quién podría estar
causando semejante alboroto luego de un concierto. Generalmente era durante, no
después.
Los gritos parecían ser de una
mujer. Una voz joven de tal vez veinte a veinticinco años. Además estaban las
voces duras e inflexibles de los hombres de seguridad que nuestro agente había
contratado días atrás para nuestro bienestar. Estos conciertos podían ponerse
un poco locos de vez en cuando. Comencé a entrar en histeria cuando los gritos
vinieron acompañados por llanto. La chica que estuviera afuera debía estar
sufriendo algo porque parecía que estaba punto de romperse en mil pedazos.
Entonces gritó mi nombre. Casi
como orando desesperadamente a Dios por algo. Hizo de mi nombre una súplica y
eso logró llamar mi atención por completo. Tomé una botella de agua sin
molestarme en ver cuál era el sabor y me giré para salir de allí y ver qué
demonios pasaba. Me irritaría demasiado si esto era una falsa alarma. Estaba en
mi tiempo de descanso.
Los gritos se hacían más fuertes a medida que me
acercaba a la puerta. Con el corazón latiendo un poco más fuerte de lo normal,
abrí la maldita barrera entre el sonido y yo y salí imponiendo mi presencia.
Era el más serio de todos y eso lo tenían claro hasta los de seguridad. Tres de
ellos estaban dándome la espalda. Uno llamaba por un radio para que trajeran a
la policía y llamaran a un abogado para presentar una demanda. ¿Qué, en el
mundo, podía ser tan malo para necesitar todo eso?
-¿Qué demonios pasa aquí?- dije
entre dientes odiando la manera como habían interrumpido mi tiempo de paz. Los
tres se volvieron y pude ver otros dos sujetando a una chica pequeña rota en
llanto tendida en el suelo. Vestía una simple falda corta que cubría parcialmente unas piernas de color crema que me recordaron una fina capa de
nieve en invierno. Mi corazón martilló duro contra mis costillas. Una simple
camisa de franela color verde musgo cubría un torso delgado y agitado por los
sollozos.
Esos pechos…
Mi entrepierna saltó ante la
vista de aquella chica que luchaba contra cinco gorilas ella sola. Entonces
levantó la mirada dejándome ver un par de ojos color aceitunas enrojecidos e
inflamados. Su expresión fue de asombro total al verme enfrente de ella. Su
respiración se detuvo y su rosada y carnosa boca se abrió ligeramente dejando
escapar un jadeo. Estando allí de rodillas fue lo más erótico que había visto
en mucho tiempo.
Ese cuerpo…
Me incliné hasta quedar a
centímetros de su rostro ovalado y tomé con suavidad esa barbilla puntiaguda
que vibraba levemente. Miré sus facciones guardándolas en mi memoria como un
tesoro. Ella brillaba como una estrella en medio de toda la oscuridad de mis
días y rutina.
-Tienes que respirar- susurré
viendo su rostro volverse color púrpura por la falta de aire.
-¿Di… disculpa?- murmuró
aturdida.
Tenía voz ronca y sensual. Hecha
para murmurar el nombre de un amante y para proferir jadeos y gemidos durante
una noche acalorada y apasionada.
-Respira. Vas a morirte si no lo
haces- respondí levantándome despacio bebiendo un trago de mi bebida. De
repente el fuego en mi cuerpo se hizo abrazador lanzando ráfagas por todo mi cuerpo.
Esa figura….
Miré a los gorilas y levanté una
ceja inclinando mi cabeza a un lado preguntando en silencio lo que ocurría.
Compartieron una mirada extraña y finalmente el del radio se atrevió a
responder con voz cortante.
-Se coló en los camerinos. Está
buscándote. Tenemos que entregarla a la policía. No es bienvenida y lo sabes-.
Suspiré mirando aquella pequeña
figura que ahora temblaba mientras me veía con incredulidad. Sabía que era
alguien que no podía pasar desapercibido además de que era yo la persona por la
que ella había arriesgado su cuello por ver, pero si no dejaba de verme con
esos increíbles ojos felinos que trasmitían inocencia y osadía íbamos a tener
un gran problema. Un problema entre mis pantalones y yo.
La chica no emitía un solo sonido
llevándome a pensar que tal vez estaba en estado de shock. Estaba aún tendida
en el suelo como una mujer a punto de ser golpeada y algo dentro de mí se
encendió con fuerza. Necesitaba protegerla de lo que ellos quisieran hacerle y
aunque sabía que una vez que la liberara de este tormento ella sería vulnerable
a cualquiera que viera en su dirección.
Pasando una mano por mi cabello
me acerqué lentamente de nuevo hasta ella. Los gorilas seguían reteniéndola
como a un esclavo y sin prestar atención a las miradas incrédulas tomé su
temblorosa mano y la arrastré conmigo hasta ponerla en pie. Di la vuelta con la
intención de salir de allí y averiguar qué demonios quería de mí, pero me
encontré con la mirada de mis compañeros y mi agente. Tres de ellos estaban asombrados,
el otro… solo sonreía con condescendencia.
Los pasé respirando hondo y
cuando al fin pude cerrar la puerta de mi camerino, me recosté sobre ella
esperando calmar mis nervios. Estaba encerrado con esta chica que podía querer
cualquier cosa pero me sentía mejor de esta manera. Ella necesitaba protección
en ese momento.
-¿Sabes que pudieron matarte ahí
afuera?- gruñí deteniendo mi vista un segundo de más en sus piernas. Mi boca se
secó de pronto.
Ella levantó su rostro mirándome
con cierta timidez; como si tuviera miedo de mí de alguna manera. Tenía sus
manos en puños y parecía como si cada respiro le costara más que el anterior.
Su cuerpo vibraba bajo la tela de aquella pequeña prenda que cubría su más
delicioso tesoro.
-Yo… necesitaba verlo, señor-
argumentó en voz baja mirándome con valentía. Deliciosa- Tengo, algo que
compartir con usted-.
Arqueé una ceja y crucé mis
brazos sobre mi pecho esperando que me contara más pero selló su pequeña boca
negándome el placer de escuchar su ronca voz. Parecía que alguien había fumado
por algún tiempo.
-¿Y?- espeté molesto después de
que su silencio me provocó malestar. Necesitaba el sonido de su voz. En ese
momento.
Se acercó con pasos temblorosos,
pero de alguna manera firmes y extendió la mano con el puño cerrado. Miré con
escepticismo la delicada piel de su muñeca y esperé por alguna broma o algo por
el estilo. Pero ella estaba seria. Tan seria que parecía una estatua griega y
orgullosa. Estiró el brazo un poco más pidiéndome en silencio tomar lo que fuera
que traía allí consigo y mirándola con rudeza extendí mi mano abierta. En ella
cayó una tarjeta pequeña.
Estaba doblada a la mitad y pensé
que podía ser algún tipo de droga o algo que lograra dormirme por un buen rato
para que ella pudiera hacer conmigo lo que quisiera. Pero algo en sus ojos, tal
vez la reticencia a no permitir que no lo abriera o la determinación a pesar
del miedo, me obligaron a abrir la tarjeta y descubrir el contenido.
Solo había cuatro palabras
escritas en aquel insípido trozo de cartón, pero enviaron mil y un imágenes
inapropiadas a mi mente. Escalofríos recorrieron mi cuerpo; desde el cuello a
la base de mi espalda. Algo no estaba bien, pero, ¿cómo podían culparme por
semejante invasión a mis propios pensamientos?
-Este es mi deseo, señor- su voz
ronca me dejó perplejo. Hablaba como si esto fuera una súplica por un minuto
más de vida- Si es el suyo también, deseo complacerlo. Estoy aquí por eso-.
Miré en busca de algún indicio de
arrepentimiento pero solo había determinación y valentía. Ella era una pequeña
cosa caliente pero en ese momento con las rodillas temblando y la mirada firme
fue lo más erótico y malditamente infernal que había visto.
-“Sé mi amo, Aiden”- recité con
voz suave mirándola a los ojos.
Era codiciosa. Eso me gustaba. Y
no había duda de que a mi entrepierna también.
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