sábado, 27 de diciembre de 2014

“Aquél a quien el amor no toca, camina en la oscuridad”.
Platón.

CAPITULO 1

Si cierro los ojos puedo ver un tipo diferente de luz y de paisaje. Puedo verme en otro lugar.

Si los cierro un poco más puedo sentir el aire fresco invadiendo mis pulmones. La brisa será tan cálida y llena del olor salado del mar que podré sentarme en la arena mirando el despejado y casi inimaginable cielo azul de la costa pacífica mientras me relajo escuchando solo el sonido de las olas, las gaviotas y el viento susurrando suavemente en mis oídos.

Tendré la capacidad de bloquear cada mal pensamiento y cada mal recuerdo que me lleven de vuelta a aquellos lugares recónditos de mi mente en los que la oscuridad del pasado y el presente intentarán ensombrecer el futuro. Un futuro que ya tiene fechas establecidas y agendas copadas hasta que me muera, apoderándose de la libertad y del deseo más que desesperante de gritarle al mundo que esta ya no es mi vida; que ahora la pertenece a unos cuantos por aceptar recibir unos billetes a cambio de lo que amo hacer.

Abro los ojos pero no me decepciono al encontrar la enorme multitud de fanáticas alocadas gritando nuestros nombres mientras salimos del escenario luego de dar un exhaustivo concierto de casi cuatro horas en el centro de la ciudad. Quiero desaparecer lejos del humo de los amplificadores, del ruido de las voces que no se callan, de las órdenes constantes que lanzan por mi audífono y, finalmente, de la vida que hasta el momento llevo y me aburre hasta la inconsciencia.
Pedí esto; de eso no puedo negar nada. Pedí vivir rodeado de famosos que estuvieran codo a codo ayudándome en mi proceso de formación hasta que fuera capaz de hacer música. En cierto modo lo logré, pero lo que ahora me atormenta e interrumpe mis sueños cada noche es el hecho de que mi vida es estresante, efímero y prestada. Ya no es mía. Le pertenece a aquellos que tienen mi vida en un papel firmado con mi nombre directo de mi mano que una vez hormigueó por poner las letras allí en la línea debajo de todo.

Por encima de todo, le pertenecía a las fans; aquellas que hacían posible que los sueños de muchos se hicieran realidad. Aquellas que en ese momento me tenían al borde de un ataque de ira y neurosis con sus gritos y lanzamientos mal dirigidos al escenario. Sus balas, eran prendas íntimas de ropa, alguna demasiado atrevidas para siquiera pensar que podrían usarlas. Me imagino lo que pensarían sus padres si se enteraban de que venían a un concierto a tratar de tirar sus bragas justo en mi cara con la esperanza de que me las quedara y las guardara con un tesoro.
Podían esperar sentadas.

Cuando los chicos se inclinaron como señal de despedida, comencé a tener ansiedad por llegar a mi camerino. Solo podía pensar en estar allí de nuevo, con la calma necesaria para poder siquiera escuchar mis pensamientos mientras bebía una botella de agua y relajaba mi cuerpo. Estaba agotado por los bailes, los saltos y la euforia fingida que tenía que dramatizar cuando lo único que deseaba hacer era salir corriendo. Descansaría los pies sobre la mesa de maquillaje y dejaría que el aire acondicionado secara mi rostro humedecido por el sudor.

Las luces se apagaron y fue entonces cuando obtuve la señal para encabezar la marcha fuera del escenario. Me fui dando grandes zancadas ansiando el frío del camerino y la maldita botella de agua. Mi garganta se sentía como si el desierto del Kalahari se hubiera instalado allí en una época terrible de sequía.

Mis compañeros venían riendo y charlando animados pero exhaustos sobre lo bien que había salido todo. Ethan como siempre se había equivocado en alguna coreografía, Ryan  por fin había reunido valor y se había quitado la camiseta con movimientos eróticos frente a las chicas, Tom  había sido la diva de la noche y Wesley había conseguido un par de números telefónicos, unas cuantas bragas y sujetadores y una caja de condones. Sería una noche de fiesta para él.

Sonreí levemente al escucharlos. Eran mis amigos, con los que siempre había deseado estar pero a veces definitivamente deseaba estrangularlos. Ellos eran alegres y ociosos cuando yo era todo lo contrario. Al menos sabía cortar una manzana en trozos o prepararme el desayuno sin rostizarme las muñecas. Avancé dos pasos más cuando un golpe en la espalda me obligó a cerrar los ojos, tomar una respiración profunda y no lanzar mi puño hacia atrás. La risa de Wesley hizo estragos en mi humor y me volví ligeramente. Estaba casi tan sudado como yo. Quizás más.

-¿Todo bien?- cuestionó poniendo una mano en mi hombro y pasando la otra por su cabello.

-Déjalo- sugirió Ethan rascando su ojo con un dedo- Quiere relajarse. Ya sabes cómo es-.

Y sí que sabían cómo era yo. Después de cada presentación necesitaba una habitación para mí solo y tal vez una o dos revistas de anime o manga… poco convencionales.

-Aguafiestas- resopló Wesley haciendo un puchero, guiñó un ojo y luego susurró en voz baja- Esta noche hay que divertirnos, encontré un sitio perfecto-.

Cerré los ojos luego de que dejara mi hombro libre. No quería salir. Eran casi las dos de la madrugada, tenía sueño y tal vez una o dos películas por ver. No quería ir de juerga con ellos. Podían irse sin mí si querían.

Entré finalmente en mi camerino contento de que la tortura haya terminado. Me senté en mi silla giratoria frente al gran espejo con iluminación para veinte bailarinas de ballet y cerré los ojos soltando un gran suspiro. No me importaba el calor que hacía dentro por la cantidad de ropa allí o el olor a maquillaje, laca y cosméticos. Estaba solo, respirando con tranquilidad y eso era todo. El resto podía irse a la mierda.

Recordé entonces la sed que sentía y casi dándome un golpe por olvidarlo me levanté para tomar una botella de la nevera llena de líquido preciado. Líquido que refrescaría parte del desierto que era mi vida. Me incliné escogiendo el sabor cuando un inusual griterío provino desde afuera de mi puerta. Me pregunté quién podría estar causando semejante alboroto luego de un concierto. Generalmente era durante, no después.

Los gritos parecían ser de una mujer. Una voz joven de tal vez veinte a veinticinco años. Además estaban las voces duras e inflexibles de los hombres de seguridad que nuestro agente había contratado días atrás para nuestro bienestar. Estos conciertos podían ponerse un poco locos de vez en cuando. Comencé a entrar en histeria cuando los gritos vinieron acompañados por llanto. La chica que estuviera afuera debía estar sufriendo algo porque parecía que estaba punto de romperse en mil pedazos.

Entonces gritó mi nombre. Casi como orando desesperadamente a Dios por algo. Hizo de mi nombre una súplica y eso logró llamar mi atención por completo. Tomé una botella de agua sin molestarme en ver cuál era el sabor y me giré para salir de allí y ver qué demonios pasaba. Me irritaría demasiado si esto era una falsa alarma. Estaba en mi tiempo de descanso.

 Los gritos se hacían más fuertes a medida que me acercaba a la puerta. Con el corazón latiendo un poco más fuerte de lo normal, abrí la maldita barrera entre el sonido y yo y salí imponiendo mi presencia. Era el más serio de todos y eso lo tenían claro hasta los de seguridad. Tres de ellos estaban dándome la espalda. Uno llamaba por un radio para que trajeran a la policía y llamaran a un abogado para presentar una demanda. ¿Qué, en el mundo, podía ser tan malo para necesitar todo eso?

-¿Qué demonios pasa aquí?- dije entre dientes odiando la manera como habían interrumpido mi tiempo de paz. Los tres se volvieron y pude ver otros dos sujetando a una chica pequeña rota en llanto tendida en el suelo. Vestía una simple falda corta que cubría parcialmente unas piernas de color crema que me recordaron una fina capa de nieve en invierno. Mi corazón martilló duro contra mis costillas. Una simple camisa de franela color verde musgo cubría un torso delgado y agitado por los sollozos.

Esos pechos…

Mi entrepierna saltó ante la vista de aquella chica que luchaba contra cinco gorilas ella sola. Entonces levantó la mirada dejándome ver un par de ojos color aceitunas enrojecidos e inflamados. Su expresión fue de asombro total al verme enfrente de ella. Su respiración se detuvo y su rosada y carnosa boca se abrió ligeramente dejando escapar un jadeo. Estando allí de rodillas fue lo más erótico que había visto en mucho tiempo.

Ese cuerpo…

Me incliné hasta quedar a centímetros de su rostro ovalado y tomé con suavidad esa barbilla puntiaguda que vibraba levemente. Miré sus facciones guardándolas en mi memoria como un tesoro. Ella brillaba como una estrella en medio de toda la oscuridad de mis días y rutina.

-Tienes que respirar- susurré viendo su rostro volverse color púrpura por la falta de aire.

-¿Di… disculpa?- murmuró aturdida.

Tenía voz ronca y sensual. Hecha para murmurar el nombre de un amante y para proferir jadeos y gemidos durante una noche acalorada y apasionada.

-Respira. Vas a morirte si no lo haces- respondí levantándome despacio bebiendo un trago de mi bebida. De repente el fuego en mi cuerpo se hizo abrazador lanzando ráfagas por todo mi cuerpo. Esa figura….

Miré a los gorilas y levanté una ceja inclinando mi cabeza a un lado preguntando en silencio lo que ocurría. Compartieron una mirada extraña y finalmente el del radio se atrevió a responder con voz cortante.

-Se coló en los camerinos. Está buscándote. Tenemos que entregarla a la policía. No es bienvenida y lo sabes-.

Suspiré mirando aquella pequeña figura que ahora temblaba mientras me veía con incredulidad. Sabía que era alguien que no podía pasar desapercibido además de que era yo la persona por la que ella había arriesgado su cuello por ver, pero si no dejaba de verme con esos increíbles ojos felinos que trasmitían inocencia y osadía íbamos a tener un gran problema. Un problema entre mis pantalones y yo.

La chica no emitía un solo sonido llevándome a pensar que tal vez estaba en estado de shock. Estaba aún tendida en el suelo como una mujer a punto de ser golpeada y algo dentro de mí se encendió con fuerza. Necesitaba protegerla de lo que ellos quisieran hacerle y aunque sabía que una vez que la liberara de este tormento ella sería vulnerable a cualquiera que viera en su dirección.

Pasando una mano por mi cabello me acerqué lentamente de nuevo hasta ella. Los gorilas seguían reteniéndola como a un esclavo y sin prestar atención a las miradas incrédulas tomé su temblorosa mano y la arrastré conmigo hasta ponerla en pie. Di la vuelta con la intención de salir de allí y averiguar qué demonios quería de mí, pero me encontré con la mirada de mis compañeros y mi agente. Tres de ellos estaban asombrados, el otro… solo sonreía con condescendencia.

Los pasé respirando hondo y cuando al fin pude cerrar la puerta de mi camerino, me recosté sobre ella esperando calmar mis nervios. Estaba encerrado con esta chica que podía querer cualquier cosa pero me sentía mejor de esta manera. Ella necesitaba protección en ese momento.

-¿Sabes que pudieron matarte ahí afuera?- gruñí deteniendo mi vista un segundo de más en sus piernas. Mi boca se secó de pronto.

Ella levantó su rostro mirándome con cierta timidez; como si tuviera miedo de mí de alguna manera. Tenía sus manos en puños y parecía como si cada respiro le costara más que el anterior. Su cuerpo vibraba bajo la tela de aquella pequeña prenda que cubría su más delicioso tesoro.

-Yo… necesitaba verlo, señor- argumentó en voz baja mirándome con valentía. Deliciosa- Tengo, algo que compartir con usted-.

Arqueé una ceja y crucé mis brazos sobre mi pecho esperando que me contara más pero selló su pequeña boca negándome el placer de escuchar su ronca voz. Parecía que alguien había fumado por algún tiempo.

-¿Y?- espeté molesto después de que su silencio me provocó malestar. Necesitaba el sonido de su voz. En ese momento.

Se acercó con pasos temblorosos, pero de alguna manera firmes y extendió la mano con el puño cerrado. Miré con escepticismo la delicada piel de su muñeca y esperé por alguna broma o algo por el estilo. Pero ella estaba seria. Tan seria que parecía una estatua griega y orgullosa. Estiró el brazo un poco más pidiéndome en silencio tomar lo que fuera que traía allí consigo y mirándola con rudeza extendí mi mano abierta. En ella cayó una tarjeta pequeña.

Estaba doblada a la mitad y pensé que podía ser algún tipo de droga o algo que lograra dormirme por un buen rato para que ella pudiera hacer conmigo lo que quisiera. Pero algo en sus ojos, tal vez la reticencia a no permitir que no lo abriera o la determinación a pesar del miedo, me obligaron a abrir la tarjeta y descubrir el contenido.

Solo había cuatro palabras escritas en aquel insípido trozo de cartón, pero enviaron mil y un imágenes inapropiadas a mi mente. Escalofríos recorrieron mi cuerpo; desde el cuello a la base de mi espalda. Algo no estaba bien, pero, ¿cómo podían culparme por semejante invasión a mis propios pensamientos?

-Este es mi deseo, señor- su voz ronca me dejó perplejo. Hablaba como si esto fuera una súplica por un minuto más de vida- Si es el suyo también, deseo complacerlo. Estoy aquí por eso-.

Miré en busca de algún indicio de arrepentimiento pero solo había determinación y valentía. Ella era una pequeña cosa caliente pero en ese momento con las rodillas temblando y la mirada firme fue lo más erótico y malditamente infernal que había visto.

-“Sé mi amo, Aiden”- recité con voz suave mirándola a los ojos.

Era codiciosa. Eso me gustaba. Y no había duda de que a mi entrepierna también.

Tomé entonces la decisión de hablar esto en privado. Aquí podrían escucharnos y eso era lo que menos necesitaba. Primero conocería toda la locura que contenía su cabeza aun cuando fuera completamente inútil para mí y luego la llevaría algún lugar seguro. De vuelta, tal vez con sus padres o al hotel donde se hospedara. Exhalé arrugando la nota en mi puño y tomé su mano la cual estaba helada para encabezar la retirada. Abrí la puerta pero me recibieron seis pares de ojos que impedían mi camino. Esto significaba problemas.

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