lunes, 14 de diciembre de 2015

La vergüenza de tirarse un gas y responder con un manchón de sangre.

Debía admitir que los gases soltados por una persona en un espacio público y sin previo aviso eran una fuente inaguantable de risa para mí.

No estoy diciendo que nunca me había ocurrido a mí; de eso nada. Yo también había sido traicionada en alguna que otra ocasión por mi intestino repleto de aire que había recogido al sentarme directamente sobre el suelo congelado o por los pesados -y difíciles de digerir- alimentos que consumía en el desayuno o el almuerzo. Así como en jardín de niños cuando mi lápiz cayó al suelo y al recogerlo no contaba con la propulsión extra que brindó mi cuerpo. Cesar, el niño que estaba en mi mesa al frente, solo rió.

Lindo, ¿no?

 Sin embargo, vivir pendiente de cada cosa que consumía o de dónde iba a sentarme, por no decir de los inesperados arrebatos de mi colon no era el estilo de vida que uno debería llevar. (Más la obligación decía una cosa muy diferente...)

En cambio, prefería mantener mi atención en los constantes mutantes que visitaban mi rostro en fechas poco favorecedoras y que me hacían parecer una adolescente en sus peores etapas hormonales. Además, había un pequeño y aterrador suceso que presagiaban esos mensuales mutantes en mi cara: la llegada de la tía Flo.

Sí. San Gregorio, Rogelio o el famoso viejo Rojas... Como quieran llamarlo. Para mí simplemente era: La Regla. Que traía consigo, aparte de un interminable géiser de sangre caliente y recién horneada entre mis piernas, los fétidos y aparentemente interminables gases producidos por las hormonas alborotadas y los cambios mensuales. (Tenía en mente la firme idea de que los cambios de humor también influían en la peste que era uno de esos, pero no había ningún estudio que lo corroborara por lo que esto, solo era una especulación).

Así que, sí, era una esclava perpetua de los constantes olores que mi cuerpo soltaba y que probablemente espantarían al hombre que compartiera mi cama en los años posteriores. Si da vergüenza estar en una habitación sola y soltar un gas que intoxique a las cucarachas, ¿imaginas lo que será poner a alguien a quien amas con el alma, a fumar el hedor de un poderoso gas mientras se funden en la pasión de las sábanas? 

Romántico.

Pero creo que lo que más podría llevar mi autoestima a niveles muy bajos, sería que alguien se diera cuenta de que además de poseer el intestino de un cuervo, también dejaba marcas en las sábanas, la ropa y en los dedos. Los manchones de sangre definitivamente eran una consecuencia bastante exasperante de ser mujer. La regla es una bendición y un mensual tormento a la que debíamos, sí o sí, estar preparadas y dispuestas a aceptar.

A pesar de esto, lo único a lo que nunca quería estar dispuesta, era amanecer con las piernas lavadas de tinta roja y aparte ver un pantalón de pijama masculino que no se sabe si es vino tinto o carmesí. Sumémosle el hedor combinado del hierro líquido con el de variados químicos procesados en un intestino en días poco favorecedores y... ¡Voilá! La vergüenza de tirarse un gas y responder con un manchón de sangre.

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#Confesionesdemujerensusdías

Laura.

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