martes, 15 de diciembre de 2015

La Magia de la Navidad.

A los cinco años pensaba que la navidad era la mejor época de la vida. 

Los adornos que estuvieron guardados por casi un año en un sitio -del cual solo mamá sabía su ubicación- salían llenos de polvo y una que otra araña muerta con una tela más larga que la cola de un vestido de novia; la emoción por colocar la estrella sobre el árbol tan alto como una cancha de baloncesto; el tiempo compartido en familia al diseñar el mejor pesebre del barrio, y, finalmente, los kilos de más que traen consigo la interminable comida que preparan las abuelas o las madres con la esperanza de contentar a los niños alebrestados y los adultos ajetreados que buscan regalos de última hora. 

Durante todo el año esperaba pacientemente por la llegada del mes de diciembre y los interminables minutos que me separaban de la apertura de los regalos y la cena navideña. Cada día me sentaba debajo del árbol que para mí era el mejor del mundo y tocaba con delicadeza y casi respeto los grandes paquetes envueltos en papel de regalo tratando desesperadamente de conocer mediante mi tacto lo que los motivos decorativos escondían. Cabe decir que mis inexpertos dedos solo pudieron descubrir una muñeca calva gigante cuando tenía seis años.

A mis veintiún años, podía decir que la navidad no había cambiado mucho. Sí, ya no tenía la esperanza de encontrar regalos enormes con mi nombre entre las ramas ahora caídas del viejo árbol de mi casa, pero sí conservaba intacta la emoción de ver las luces navideñas y las familia reunidas en torno a una mesa compartiendo juegos tradicionales y experiencias pasadas con los nuevos reclutas de la familia.

Ahora que estaba mayor, veía con otros ojos la emoción de un niño frente al árbol; los padres podían hacer muy felices a sus hijos con solo poner un pequeño paquete con su nombre bajo el árbol y enviarlos la noche de navidad a destaparlos. Cinco años y dos sobrinos nuevos me habían dado la oportunidad de apreciar las fiestas decembrinas de una manera diferente. Ya no esperaba por mis regalos; era yo la que los daba y festejaba cuando encontraba el adecuado para cada miembro de la familia. 

Creo que ese era el mejor regalo que podía recibir: las sonrisas y carcajadas de diversión y alegría que lanzaban los pequeños al recibir un juguete nuevo así lo volvieran pedazos en unas horas. 

Sin embargo, ahora que el hombre que soñaba conmigo había ocupado un lugar importante en mi vida caminaba sosteniendo mi mano mientras me llevaba hasta un lugar lleno de luces y adornos que deslumbrarían mis ojos, entendí lo que es de verdad la navidad y la magia de la que tanto hablaban. No solo eran los hermosos colgantes, fantásticos paisajes, luces y colores, la magia de la navidad era en realidad las sonrisas que traía la unión familiar, la emoción de saber que un año estaba a punto de terminar y que de este quedaban tanto buenas como malas experiencias pero que sin duda dejaban recuerdos y enseñanzas para el futuro.

En mi caso, estaba soñando de una manera completamente irracional con tener la misma felicidad que alguna vez fue para mis padres y que en este momento vivían mis sobrinos; quería las risas y la excitación que traían las luces y los árboles de los rostros alegres de mis propios hijos. Deseaba tenerles la cena lista y la sorpresa de regalos y un padre amoroso que moría por jugar con ellos y sus nuevos juguetes en la sala o en el parque.

Así mismo, como toda historia, mientras veía el hermoso decorado al que mi esposo me había llevado, entendí que mientras yo tenía lo suficiente para pasarlo bien, había alguien en algún lugar que no tenía ni siquiera los zapatos cocidos. Me prometí entonces, enseñar a mis retoños la importancia de compartir y ayudar con algo bueno a quien lo necesite y no lo pida.

Al final, la magia de la navidad me había mostrado su significado; que así como alguien o algunos habían construido ese hermoso paraíso decembrino para los transeúntes y todo aquel que quisiera verlo con la firme meta de sacarles una sonrisa tan tonta y maravillada como la mía, yo también debía hacer lo mismo y dar más de lo que recibía. 

Mi recompensa no sería tangible. Serían mágicos recuerdos que solo yo podía fotografiar y archivar en mi álbum personal de recuerdos.
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#TontasSonrisas

Laura.

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