A los cinco años pensaba que la navidad era la mejor época de la vida.
Los adornos que estuvieron guardados por casi un año en un sitio -del cual solo mamá sabía su ubicación- salían llenos de polvo y una que otra araña muerta con una tela más larga que la cola de un vestido de novia; la emoción por colocar la estrella sobre el árbol tan alto como una cancha de baloncesto; el tiempo compartido en familia al diseñar el mejor pesebre del barrio, y, finalmente, los kilos de más que traen consigo la interminable comida que preparan las abuelas o las madres con la esperanza de contentar a los niños alebrestados y los adultos ajetreados que buscan regalos de última hora.
Durante todo el año esperaba pacientemente por la llegada del mes de diciembre y los interminables minutos que me separaban de la apertura de los regalos y la cena navideña. Cada día me sentaba debajo del árbol que para mí era el mejor del mundo y tocaba con delicadeza y casi respeto los grandes paquetes envueltos en papel de regalo tratando desesperadamente de conocer mediante mi tacto lo que los motivos decorativos escondían. Cabe decir que mis inexpertos dedos solo pudieron descubrir una muñeca calva gigante cuando tenía seis años.
A mis veintiún años, podía decir que la navidad no había cambiado mucho. Sí, ya no tenía la esperanza de encontrar regalos enormes con mi nombre entre las ramas ahora caídas del viejo árbol de mi casa, pero sí conservaba intacta la emoción de ver las luces navideñas y las familia reunidas en torno a una mesa compartiendo juegos tradicionales y experiencias pasadas con los nuevos reclutas de la familia.
Ahora que estaba mayor, veía con otros ojos la emoción de un niño frente al árbol; los padres podían hacer muy felices a sus hijos con solo poner un pequeño paquete con su nombre bajo el árbol y enviarlos la noche de navidad a destaparlos. Cinco años y dos sobrinos nuevos me habían dado la oportunidad de apreciar las fiestas decembrinas de una manera diferente. Ya no esperaba por mis regalos; era yo la que los daba y festejaba cuando encontraba el adecuado para cada miembro de la familia.
Creo que ese era el mejor regalo que podía recibir: las sonrisas y carcajadas de diversión y alegría que lanzaban los pequeños al recibir un juguete nuevo así lo volvieran pedazos en unas horas.
Sin embargo, ahora que el hombre que soñaba conmigo había ocupado un lugar importante en mi vida caminaba sosteniendo mi mano mientras me llevaba hasta un lugar lleno de luces y adornos que deslumbrarían mis ojos, entendí lo que es de verdad la navidad y la magia de la que tanto hablaban. No solo eran los hermosos colgantes, fantásticos paisajes, luces y colores, la magia de la navidad era en realidad las sonrisas que traía la unión familiar, la emoción de saber que un año estaba a punto de terminar y que de este quedaban tanto buenas como malas experiencias pero que sin duda dejaban recuerdos y enseñanzas para el futuro.
En mi caso, estaba soñando de una manera completamente irracional con tener la misma felicidad que alguna vez fue para mis padres y que en este momento vivían mis sobrinos; quería las risas y la excitación que traían las luces y los árboles de los rostros alegres de mis propios hijos. Deseaba tenerles la cena lista y la sorpresa de regalos y un padre amoroso que moría por jugar con ellos y sus nuevos juguetes en la sala o en el parque.
Así mismo, como toda historia, mientras veía el hermoso decorado al que mi esposo me había llevado, entendí que mientras yo tenía lo suficiente para pasarlo bien, había alguien en algún lugar que no tenía ni siquiera los zapatos cocidos. Me prometí entonces, enseñar a mis retoños la importancia de compartir y ayudar con algo bueno a quien lo necesite y no lo pida.
Al final, la magia de la navidad me había mostrado su significado; que así como alguien o algunos habían construido ese hermoso paraíso decembrino para los transeúntes y todo aquel que quisiera verlo con la firme meta de sacarles una sonrisa tan tonta y maravillada como la mía, yo también debía hacer lo mismo y dar más de lo que recibía.
Mi recompensa no sería tangible. Serían mágicos recuerdos que solo yo podía fotografiar y archivar en mi álbum personal de recuerdos.
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#TontasSonrisas
Laura.
Debía admitir que los gases soltados por una persona en un espacio público y sin previo aviso eran una fuente inaguantable de risa para mí.
No estoy diciendo que nunca me había ocurrido a mí; de eso nada. Yo también había sido traicionada en alguna que otra ocasión por mi intestino repleto de aire que había recogido al sentarme directamente sobre el suelo congelado o por los pesados -y difíciles de digerir- alimentos que consumía en el desayuno o el almuerzo. Así como en jardín de niños cuando mi lápiz cayó al suelo y al recogerlo no contaba con la propulsión extra que brindó mi cuerpo. Cesar, el niño que estaba en mi mesa al frente, solo rió.
Lindo, ¿no?
Sin embargo, vivir pendiente de cada cosa que consumía o de dónde iba a sentarme, por no decir de los inesperados arrebatos de mi colon no era el estilo de vida que uno debería llevar. (Más la obligación decía una cosa muy diferente...)
En cambio, prefería mantener mi atención en los constantes mutantes que visitaban mi rostro en fechas poco favorecedoras y que me hacían parecer una adolescente en sus peores etapas hormonales. Además, había un pequeño y aterrador suceso que presagiaban esos mensuales mutantes en mi cara: la llegada de la tía Flo.
Sí. San Gregorio, Rogelio o el famoso viejo Rojas... Como quieran llamarlo. Para mí simplemente era: La Regla. Que traía consigo, aparte de un interminable géiser de sangre caliente y recién horneada entre mis piernas, los fétidos y aparentemente interminables gases producidos por las hormonas alborotadas y los cambios mensuales. (Tenía en mente la firme idea de que los cambios de humor también influían en la peste que era uno de esos, pero no había ningún estudio que lo corroborara por lo que esto, solo era una especulación).
Así que, sí, era una esclava perpetua de los constantes olores que mi cuerpo soltaba y que probablemente espantarían al hombre que compartiera mi cama en los años posteriores. Si da vergüenza estar en una habitación sola y soltar un gas que intoxique a las cucarachas, ¿imaginas lo que será poner a alguien a quien amas con el alma, a fumar el hedor de un poderoso gas mientras se funden en la pasión de las sábanas?
Romántico.
Pero creo que lo que más podría llevar mi autoestima a niveles muy bajos, sería que alguien se diera cuenta de que además de poseer el intestino de un cuervo, también dejaba marcas en las sábanas, la ropa y en los dedos. Los manchones de sangre definitivamente eran una consecuencia bastante exasperante de ser mujer. La regla es una bendición y un mensual tormento a la que debíamos, sí o sí, estar preparadas y dispuestas a aceptar.
A pesar de esto, lo único a lo que nunca quería estar dispuesta, era amanecer con las piernas lavadas de tinta roja y aparte ver un pantalón de pijama masculino que no se sabe si es vino tinto o carmesí. Sumémosle el hedor combinado del hierro líquido con el de variados químicos procesados en un intestino en días poco favorecedores y... ¡Voilá! La vergüenza de tirarse un gas y responder con un manchón de sangre.
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#Confesionesdemujerensusdías
Laura.
... Mientras más pasaban los días, más me daba cuenta de que las cargas que llevaba a la espalda carcomían mi alma y me impedían plasmar mi mente en el papel. Sin embargo, intentaba liberarme de mí misma pulsando tecla a tecla mientras las palabras mal redactadas y algunas mal escritas aparecían en frente de mis irritados y cansados ojos.
Ya no existían las gotas saldas. El agua de mar que yo misma producía se había acabado para mis pensamientos y solo se dignaban a salir en presencia de aquel que en medio de besos, caricias y verdades cantadas en la intimidad. lograba romper el espejo que reflejaba la realidad inversa que era mi oscura mente.
Sentía que me rompía un poco más; cada vez iba creando internamente el miedo enorme de ser reducida por mi fantástica y caótica mente a nada más que una sombra perdida; la idea de ser en un momento dado solo otro objeto más en la repisa de recuerdos mentales de cualquiera me estremecía y levantaba los vellos de mi cuerpo y, finalmente, comenzaba a creer que los días que me quedaban para cambiar el maldito chip que tenía insertado desde no sabía cuando en mi subconsciente, no serían suficientes.
Las paredes estaban cerrándose sobre mi cordura y con cada palabra que pasaba por mi mente y lograba ser plasmada sobre las gastadas y amarillentas hojas de papel, podía escuchar el latido incesante y el "cu-cú" insoportable del reloj de arena anunciando la conclusión de la que estaba huyendo.
No me quedaba tiempo; no tenía en realidad nada de tiempo.
Estaba loca.
#Diario de mis mejores años.
Nuevos proyectos. :)
Laura