viernes, 13 de febrero de 2015

CAPITULO 13

Esa noche me sentí como el jodido bastardo más afortunado en todo el mundo, aunque sabía lo cursi que sonaba eso. Mi chica de frágil cuerpo y espíritu de guerrera me amaba. Como a nadie más en el mundo. Era su primer amante, su primera gran aventura internacional, no dudaba hasta ser su primero beso real…ahora me premiaba a pesar de ser un asno con ella dándome el placer de escuchar de sus carnosos y deliciosos labios las palabras que podían hacerme poner de rodillas en cualquier momento y lugar solo porque sabía que eran ciertas.

Ella me amaba.

Jódanse el resto de idiotas que tenían erecciones instantáneas con solo ver a mi chica. Ella era única y jodidamente mía.

Mientras la observaba descansar entre mis brazos luego de hacerle el amor tan fuerte y en exceso como nunca antes, me pregunté si habría sido suficiente para borrar el rastro de Wesley de su deliciosa piel. Odiaba lo que había hecho de nosotros esa tarde. Me dolía hasta el trasero de saber que yo mismo había enviado a Claire a los brazos de Wesley cuando perfectamente pude haberme disculpado y llevarla a comer algo. No habríamos pasado cada uno por un infierno personal por mi culpa. A veces era un maldito egoísta…

En la oscuridad rota solamente por el reflejo de la luna menguante me quedé embelesado viendo el rostro sereno y tranquilo de Claire. Asumí que sus sueños eran placenteros ya que ni un solo ceño fruncido o alguna mueca delató que estuviera incómoda dentro de su mente. Me alegraba tanto que mi comportamiento no le causara ningún trastorno o regresara para atormentarla en el único momento en el que estaba libre de mí siendo un imbécil.

Delineé con suma delicadeza el contorno de su cuerpo comenzando por su bello rostro y casi gimo satisfecho al sentir la suavidad de su piel contra las yemas de mis dedos. Toda ella era perfecta, me dije mientras mis dedos exploraban por primera vez con cuidado sus curvas y relieves amando la sensación de sentirla definitivamente mía. Nadie me la iba a quitar porque ella me amaba. No amaba a nadie más, solo al bajista Aiden Miller.

Sin embargo mi felicidad se convirtió en remordimiento al encontrar su brazo, -ese mismo brazo que yo había apretado- lleno de moretones gracias a mi consciencia trayéndome de regreso de la nube en la que podía sentarme cuando Claire y yo reíamos y disfrutábamos haciendo algo diferente a hacer el amor en la cama. Tenía que contarle de mi pasado; confesarle los miedos y diferentes demonios a los que tendría que enfrentarse por quedarse conmigo –ya que no permitiría que se fuera-, y finalmente pedirle perdón por mi comportamiento y exigirle que saliera de nuevo a una cita donde pudiera demostrarle mis sentimientos por ella.

Suspiré y cerré los ojos por un momento atrayéndola hasta mi pecho para que no quedara ni un solo espacio entre su cuerpo y el mío. Decidí sincronizar mis signos vitales con los suyos y de alguna manera alcanzar una conexión mucho más grande con ella; su respiración se convirtió en mía, sus latidos corrían a la par con mi corazón y mis sentidos se adormecieron tanto como si estuviera en un sueño placentero al igual que ella. Quería fusionarla con mi cuerpo y ser solo un ser para que nadie pudiera tocarla; yo sería la coraza sólida que evitaría traspasar a cualquiera y ella sería el tesoro escondido que valía todo el oro del mundo. Me sentí mejor de inmediato y cerré mis ojos dejándome caer en la sensación del sueño conciliador.

Cerca de las tras de la mañana me desperté sobresaltado tras haber tenido un sueño en el que mi Claire huía de mí en los brazos de Wesley. Ella no miraba ni una vez atrás y solo me dejaba con un nudo en el pecho y un vacío tan grande como el infinito en mi estómago. Gritaba exigiéndole que volviera, le decía que la necesitaba, que ella era más importante para mí que la misma música que tocaba para vivir. Le rogaba que no me dejara. Pero ella solo se marchaba y mi corazón quedaba tan desgarrado que era como sangrar por todos los poros de mi cuerpo.

Instintivamente moví mis brazos a mi alrededor buscando a mi fuente de paz pero me quedé helado al no encontrarla a mi lado. Como un resorte, me levanté de la cama y corrí hasta el baño para revisar que estuviera allí pero no, no estaba allí. Casi sentía un ataque de pánico recorrer mi cuerpo con cierta hostilidad al pensar que mi sueño pudiera ser un tiro acertado a la cruda verdad.

Me negué a gritar. Me negué a darle paso a los sentimientos negativos y recorrí el pasillo dirigiéndome directamente a la sala en donde exhalé con fuerza al ver su silueta contra la ventada de suelo a techo cubierta por una sábana blanca y bebiendo algo de una taza. El humo salía dela abertura de la taza y podía ver claramente la serenidad con la que bebía. Como si tuviera todo el tiempo del mundo para pensar y beber al mismo tiempo.

-¿No puede dormir, señor?- preguntó en una voz tan neutra que nunca le había escuchado. No parecía ser ella misma, solo parecía una coraza vacía. Sus ojos no encontraron los míos por lo que supe que algo debía estar ocurriendo.

-¿No puedes hacerlo tú?- contrataqué acercándome lentamente. Necesitaba sentirla a mi lado, saber que no se alejaría de mi lado nunca. Pero más que todo, necesitaba sentir sus labios de nuevo moviéndose con los míos mientras me miraba a los ojos y me expresaba todo el amor que sabía tenía dentro.

Silencio. Solo silencio. Comencé a temblar pensando que algo iba definitivamente mal, Lo sabía por la forma en que su cuerpo delicado estaba tan rígido que parecía atravesado por una vara de hierro. Esa sábana no podía ocultarlo todo. No cuando la luz de la ciudad me daba una visión casi clara de sus movimientos.

Bebió un sorbo luego de soplar el humo y pude oler segundos después el aroma de su bebida. Té de eucalipto y miel con un poco de azúcar. Le encantaba beberlo, ya lo había notado. Mis labios se resecaron al verla tragar fácilmente. Deseé poder saber qué era lo que estaba en su mente en ese momento, poder husmear el rumbo de sus pensamientos y desviarlos hacia un lugar seguro en donde nada pudiera devolverlos a donde estaban antes.

Apreté mis manos en puños acercándome un poco más mientras ella solo siguió bebiendo como si yo no estuviera detrás de ella. Cómo deseaba que me reconociera, que supiera que estaba allí asustado y ansioso por ella, solo por ella. ¿Estaría pensando en mi encuentro con Cassie? ¿En mis palabras hirientes y la forma como me referí a ella cuando aquella bruja preguntó sobre su presencia? ¿Estaría retractándose por fin de estar conmigo en mi apartamento y mi país? Había tantas opciones pero ninguna parecía ser la indicada. Comencé de verdad a inquietarme a medida que el té era más interesante que yo en ese momento para ella.

-Tenemos que hablar- fueron sus palabras luego de beber un sorbo. Aún rehuía mi mirada observando solo el exterior del apartamento. Su voz era plana y carente de emoción y la rigidez de su cuerpo aumentó notablemente.

Tragué con fuerza sintiendo mis piernas doblarse. Ese era el momento. Me diría que estaba cansada de estar conmigo y que no quería aguantar ni un minuto más alguna de mis acciones fuera de lugar con ella. Me mandaría al diablo y el sueño que me había despertado con tanto sobresalto se cumpliría en un abrir y cerrar de ojos. De nuevo entré en pánico.

-Necesitamos hablar sobre lo que ocurrió hoy en la tarde- comentó en voz aún plana y casi susurrante. Me acerqué un poco más para escucharla completamente pero era como si mis piernas fueran de goma derretida. Pensé que iba a caerme. Estaba asustado de verdad.

-¿Qué… quieres discutir?- pregunté con recelo aclarando mi garganta al notar el temblor en ella. Me debía ver patético.

-Sobre todo- fue su escueta respuesta antes de girarse por completo y mostrarme su brazo lleno de moretones por mi culpa. Me estremecí sabiendo que era hora de contarle sobre mi pasado y lo que debía soportar al quedarse conmigo. Demonios, esto no era lo que esperaba de mi noche junto a ella.

>>Me gustaría decir que este fue un buen día, pero ambos sabemos que no lo fue en absoluto- comentó en voz baja mirándome fijamente. Sus labios estaban apretados en una fina línea y su mandíbula estaba en completa tensión. Me quedé callado por primera vez sin tener un argumento válido para darle. Estaba jodido, lo sabía.- Quiero que hablemos sobre Wes-.

Hasta ahí llegó mi mudez. Solo escucharla nombrar a mi jodido amigo hizo que me hirviera la sangre. Sin perder tiempo me acerqué cerrando el espacio entre nosotros y en voz baja y seria dije:

-¿Quieres hablar sobre él? Malas noticias, muñeca. No quiero hacerlo-.

-Tienes que dejarme explicar lo que pasó entre nosotros hoy, tengo que contarte…-

-¡No quiero que lo hagas!- grité fuera de mí tomándola por los hombros y sacudiéndola levemente. Sus ojos se abrieron como platos exhibiendo su temor por lo que me alejé unos pasos de ella y pasando las manos por mi rostro hablé en voz más suave- No quiero escuchar nada de eso. No me importa-.

-Pero sí importa- dijo ella con voz cargada de nostalgia. Ese era el momento. Me diría que Wesley le pidió vivir con ella y lo haría gracias a mi actitud de la tarde. Mis manos comenzaron a sudar. –Tengo que decirte tantas cosas que pasaron, tantas decisiones que tomé…-

-¡Basta! No quiero escuchar cómo vas a dejarme solo. Olvídate que te dejaré ir. Eres malditamente mía y de nadie más, ¿entiendes? No puedes dejarme; no te lo permitiré- solté entre gruñidos y gritos completamente exaltado y casi neurótico.

Para mi sorpresa, ella retrocedió un paso llevándose una mano al pecho y frunciendo el ceño. Estaba seguro de que quería arremeter contra mí por no darle lo que quería pero si quería ser una verdadera mascota y sirviente para mí, iba a tener que acostumbrarse a que era yo a quien servía, no a Wesley.

-No voy a irme de tu lado- comentó totalmente confundida, de paso rompiendo mi barrera de cólera. Al parecer no estábamos hablando del mismo tema. –No quiero dejarte, créeme. Es solo que necesitamos poner algunos límites entre nosotros. Solo por…-

-¿Me estás jodiendo?- interrumpí acercándome nuevamente. -¿Qué demonios vas a hacer ahora? ¿Prohibirme tocarte mientras te hago el amor cada día? ¿Es eso lo que deseas?-

-Quiero evitar que vuelvas a dejar moretones en mi cuerpo- sollozó en voz tan baja que creí haber soñado escucharla. Sin embargo, al mismo tiempo fue como un rayo interrumpiendo el silencio. Ella tenía razón en eso; necesitábamos ponernos en una especie de línea para saber el momento en el que le haría dañó inconscientemente. No quería marcarle de nuevo el cuerpo. Era demasiado bello para ser profanado con un vulgar parche de color.

-Tienes razón- concedí poniendo mi frente contra la suya mientras sostenía su rostro entre mis manos. Las suyas se pusieron contra mis muñecas. Luego comenzó a sollozar en silencio por lo que la seguí sin poderme resistir. Me arrepentía tanto ahora que podía ver el verdadero daño que le había hecho y, aunque no lo dijera, sabía que el haberme ido con otra mujer dejándola con otro hombre que la tocara le había roto el corazón en mil pedazos. Necesitaba encontrar un pegamento tan fuerte que pudiera unir los fragmentos impidiéndoles volver a separarse.

Con delicadeza la levanté en mis brazos dejando que se aferrara a mi cuello y nos trasladé hasta el sofá de cuero. Ella solo lloró en mis brazos aferrándose con fuerza como si fuera su salvavidas. Si tan solo entendiera que ella era más que eso para mí; era el indicio de que un nuevo futuro podía ser escrito en mi camino. Lloré en silencio también por lo que nos había hecho, por defraudarla enviándola con alguien más, por despreciarla cuando ella tenía toda la razón en ignorarme luego de haberla herido. Me aferré a ella también abrazándola en mi pecho y dejándome invadir por su aroma y calor me perdí en las palabras que sabía tenía que contarle.

Así como así, tal como si hablara con mi mejor amigo, el relato de mi infancia salió a la luz. Le conté acerca del maltrato de mis padres, su indiferencia por mis buenas acciones y logros y la obsesiva necesidad de controlarme como si fuera su juguete favorito en la guardería. Le dije que había sido golpeado por estupideces en el pasado; que ni siquiera cuando había cuando había decidido renunciar a los negocios y vivir de la música por mi propia cuenta había salido bien librado de las manos de mis padres. Eso solo la hizo llorar más fuerte contra mi pecho.

Después de lo que parecieron horas conversando y respondiendo preguntas que en realidad no quería, su cuerpo se relajó suavemente contra el mío y supe que se había quedado dormida. Me quedé observándola de nuevo. Ella simplemente era ella y no necesitaba nada más para sentirme lleno y en paz. Solo tal vez, para retirar todos los cargos de mi consciencia necesitaba disculparme con ella y demostrarle que podía hacer las cosas al derecho; que le podía brindar todo el amor que ella se merecía.

Fue entonces cuando de verdad sentí algo diferente dentro de mí. De verdad me sentí como un hombre; como el hombre que debía ser para ella. Aquel que le brindaría un camino luminoso lleno de rosas en lugar de hiedra venenosa y oscuridad. Me estaba convirtiendo en un romántico de mierda pero ella lo valía. Valía cada maldita pieza de mi jodido corazón y mente. Era como estrellarme contra un muro a miles de kilómetros por hora, pero tenía que aceptarlo –y con agrado, tengo que decirlo- que estaba completamente enamorado de mi chica frágil y valiente. Estaba locamente perdido y rendido a sus pies blanquecinos.

-Aiden…- susurró sacándome de mi transe de solo observarla –Quiero decirte… que no me importa lo que me hiciste en el brazo o que hayas salido con esa mujer. Solo quiero estar contigo; el resto no importa. Solo son altibajos-.

Y así como así, el trato estaba cerrado. Éramos el uno para el otro.

-Gracias, preciosa –respondí a cambio dándole un beso suave en su cabello –Es tiempo de llevarte a la cama. Debes estar cansada-.

-Aún no. Te necesito, Aiden. Todo de ti- susurró en voz gruesa y entrecortada. Demonios, si no logró ponerme duro de inmediato.

-Lo que desees preciosa-.

Esa noche en que por fin nos conocimos por dentro y fuera fue como tener una banda sonora detrás de nosotros ambientando el momento tan hermoso que compartimos. Por primera vez le brindé una noche completamente apasionada y amorosa. Entre besos húmedos y cariñosos además de susurros cargados de palabras bonitas y sentimentales la hice mía una y otra vez. Penetrándola suavemente para luego perder el control cuando ella comenzó a arañar mi espalda y decirme cuánto le gustaba la manera como la hacía sentir me dejé llevar por el nuevo sentimiento que corría a través de mi cuerpo. La necesitaba tanto, demostrarle cuánto podía corresponder a sus emociones y necesidades, así como al amor que me profesaba en cada gemido desesperado en mi oído.

-Dilo- pedí en voz baja acomodando sus piernas alrededor de mi cadera amando la manera como sus pechos rebotaban a la par de mis embestidas.

-Aiden…-

-Por favor, dilo una vez más- supliqué casi al borde de estallar dentro de ella.

-Te amo, Aiden. Te amo con toda mi alma. Te amo como nunca amé a nadie en mi vida-.

Eso fue suficiente para hacerme jadear y aumentar mi ritmo. En unos segundos la sentí succionar mi miembro tan fuerte que pensé que lo iba a arrancar y luego… todo quedó en oscuridad al liberarme dentro de ella.

Esto era lo que llamaban amor verdadero…
***

La tarde siguiente decidí invitarla a comer un helado en la plaza central. Tenía la urgencia de llevarla a una cita real en la que pudiera demostrarle que de verdad estaba arrepentido de lo que había ocurrido entre nosotros el día anterior y mostrarle tal vez la ciudad o llevarla de compras aunque tuviera su guardarropa y el mío lleno de prendas tanto sexys como inocentes. Me gustaba en especial ese vestido verde menta que tenía puesto. Le caía hasta la mitad del muslo en una falda amplia y el escote no era demasiado llamativo como para atraer la atención de cualquier chico con las agallas para observarla.

Claire había escogido un helado de vainilla con fresa además de crema –mucha crema, en realidad- chantillí pero, ¿quién demonios era yo para negar o criticarle algo? Estaba más que feliz de verla comer con entusiasmo aunque cada lamida a su helado lo sintiera directamente en mi entrepierna semidura.

Caminábamos ahora hacia el museo de arte antiguo que había a unos kilómetros de la plaza con la firme intención de ver pinturas y conocer algo diferente a la siguiente posición del libro del Kama Sutra o la mejor manera d conseguir llevar al otro a un clímax explosivo. Su mano iba fuertemente agarrada a la mía a pesar de lo pegajosa que se sentía después de dejar que el helado se derritiera entre sus dedos. Tuve que lamer cada uno con tal de quitar la crema. Su sonrisa entusiasmada era suficiente para mantenerme alegre aunque había ido a ese museo infinidad de veces.

Casi íbamos terminando el recorrido y como nunca antes había experimentado, la sala quedó por completo desocupada. Éramos los últimos allí y me pregunté si había algún evento especial o si había que salir antes. No me había dado cuenta en realidad por andar contándole las mismas historias que mi abuelo me contaba al traerme allí de niño.

-Claire, creo que es hora de irnos- le informé tomándola de la cintura y plantándole un beso en la mejilla. Ella hizo un puchero descontento y tras reír le di una mirada de disculpa.

-De acuerdo- asintió con una mueca de pesar. Sabía que se estaba divirtiendo.



-Hazle caso, Claire. –tronó una voz detrás de nosotros y nos encontramos con un anciano que era la versión masculina de mi chica. Ella se quedó lívida- Es hora de irnos a casa. Para siempre-.
***


Como que prefiero tener tiempo para hacer esto. Jeje, por lo visto tendré que repensar mis metas de vida :P 

Laura.

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