martes, 15 de diciembre de 2015

La Magia de la Navidad.

A los cinco años pensaba que la navidad era la mejor época de la vida. 

Los adornos que estuvieron guardados por casi un año en un sitio -del cual solo mamá sabía su ubicación- salían llenos de polvo y una que otra araña muerta con una tela más larga que la cola de un vestido de novia; la emoción por colocar la estrella sobre el árbol tan alto como una cancha de baloncesto; el tiempo compartido en familia al diseñar el mejor pesebre del barrio, y, finalmente, los kilos de más que traen consigo la interminable comida que preparan las abuelas o las madres con la esperanza de contentar a los niños alebrestados y los adultos ajetreados que buscan regalos de última hora. 

Durante todo el año esperaba pacientemente por la llegada del mes de diciembre y los interminables minutos que me separaban de la apertura de los regalos y la cena navideña. Cada día me sentaba debajo del árbol que para mí era el mejor del mundo y tocaba con delicadeza y casi respeto los grandes paquetes envueltos en papel de regalo tratando desesperadamente de conocer mediante mi tacto lo que los motivos decorativos escondían. Cabe decir que mis inexpertos dedos solo pudieron descubrir una muñeca calva gigante cuando tenía seis años.

A mis veintiún años, podía decir que la navidad no había cambiado mucho. Sí, ya no tenía la esperanza de encontrar regalos enormes con mi nombre entre las ramas ahora caídas del viejo árbol de mi casa, pero sí conservaba intacta la emoción de ver las luces navideñas y las familia reunidas en torno a una mesa compartiendo juegos tradicionales y experiencias pasadas con los nuevos reclutas de la familia.

Ahora que estaba mayor, veía con otros ojos la emoción de un niño frente al árbol; los padres podían hacer muy felices a sus hijos con solo poner un pequeño paquete con su nombre bajo el árbol y enviarlos la noche de navidad a destaparlos. Cinco años y dos sobrinos nuevos me habían dado la oportunidad de apreciar las fiestas decembrinas de una manera diferente. Ya no esperaba por mis regalos; era yo la que los daba y festejaba cuando encontraba el adecuado para cada miembro de la familia. 

Creo que ese era el mejor regalo que podía recibir: las sonrisas y carcajadas de diversión y alegría que lanzaban los pequeños al recibir un juguete nuevo así lo volvieran pedazos en unas horas. 

Sin embargo, ahora que el hombre que soñaba conmigo había ocupado un lugar importante en mi vida caminaba sosteniendo mi mano mientras me llevaba hasta un lugar lleno de luces y adornos que deslumbrarían mis ojos, entendí lo que es de verdad la navidad y la magia de la que tanto hablaban. No solo eran los hermosos colgantes, fantásticos paisajes, luces y colores, la magia de la navidad era en realidad las sonrisas que traía la unión familiar, la emoción de saber que un año estaba a punto de terminar y que de este quedaban tanto buenas como malas experiencias pero que sin duda dejaban recuerdos y enseñanzas para el futuro.

En mi caso, estaba soñando de una manera completamente irracional con tener la misma felicidad que alguna vez fue para mis padres y que en este momento vivían mis sobrinos; quería las risas y la excitación que traían las luces y los árboles de los rostros alegres de mis propios hijos. Deseaba tenerles la cena lista y la sorpresa de regalos y un padre amoroso que moría por jugar con ellos y sus nuevos juguetes en la sala o en el parque.

Así mismo, como toda historia, mientras veía el hermoso decorado al que mi esposo me había llevado, entendí que mientras yo tenía lo suficiente para pasarlo bien, había alguien en algún lugar que no tenía ni siquiera los zapatos cocidos. Me prometí entonces, enseñar a mis retoños la importancia de compartir y ayudar con algo bueno a quien lo necesite y no lo pida.

Al final, la magia de la navidad me había mostrado su significado; que así como alguien o algunos habían construido ese hermoso paraíso decembrino para los transeúntes y todo aquel que quisiera verlo con la firme meta de sacarles una sonrisa tan tonta y maravillada como la mía, yo también debía hacer lo mismo y dar más de lo que recibía. 

Mi recompensa no sería tangible. Serían mágicos recuerdos que solo yo podía fotografiar y archivar en mi álbum personal de recuerdos.
***                                                        ***




#TontasSonrisas

Laura.

lunes, 14 de diciembre de 2015

La vergüenza de tirarse un gas y responder con un manchón de sangre.

Debía admitir que los gases soltados por una persona en un espacio público y sin previo aviso eran una fuente inaguantable de risa para mí.

No estoy diciendo que nunca me había ocurrido a mí; de eso nada. Yo también había sido traicionada en alguna que otra ocasión por mi intestino repleto de aire que había recogido al sentarme directamente sobre el suelo congelado o por los pesados -y difíciles de digerir- alimentos que consumía en el desayuno o el almuerzo. Así como en jardín de niños cuando mi lápiz cayó al suelo y al recogerlo no contaba con la propulsión extra que brindó mi cuerpo. Cesar, el niño que estaba en mi mesa al frente, solo rió.

Lindo, ¿no?

 Sin embargo, vivir pendiente de cada cosa que consumía o de dónde iba a sentarme, por no decir de los inesperados arrebatos de mi colon no era el estilo de vida que uno debería llevar. (Más la obligación decía una cosa muy diferente...)

En cambio, prefería mantener mi atención en los constantes mutantes que visitaban mi rostro en fechas poco favorecedoras y que me hacían parecer una adolescente en sus peores etapas hormonales. Además, había un pequeño y aterrador suceso que presagiaban esos mensuales mutantes en mi cara: la llegada de la tía Flo.

Sí. San Gregorio, Rogelio o el famoso viejo Rojas... Como quieran llamarlo. Para mí simplemente era: La Regla. Que traía consigo, aparte de un interminable géiser de sangre caliente y recién horneada entre mis piernas, los fétidos y aparentemente interminables gases producidos por las hormonas alborotadas y los cambios mensuales. (Tenía en mente la firme idea de que los cambios de humor también influían en la peste que era uno de esos, pero no había ningún estudio que lo corroborara por lo que esto, solo era una especulación).

Así que, sí, era una esclava perpetua de los constantes olores que mi cuerpo soltaba y que probablemente espantarían al hombre que compartiera mi cama en los años posteriores. Si da vergüenza estar en una habitación sola y soltar un gas que intoxique a las cucarachas, ¿imaginas lo que será poner a alguien a quien amas con el alma, a fumar el hedor de un poderoso gas mientras se funden en la pasión de las sábanas? 

Romántico.

Pero creo que lo que más podría llevar mi autoestima a niveles muy bajos, sería que alguien se diera cuenta de que además de poseer el intestino de un cuervo, también dejaba marcas en las sábanas, la ropa y en los dedos. Los manchones de sangre definitivamente eran una consecuencia bastante exasperante de ser mujer. La regla es una bendición y un mensual tormento a la que debíamos, sí o sí, estar preparadas y dispuestas a aceptar.

A pesar de esto, lo único a lo que nunca quería estar dispuesta, era amanecer con las piernas lavadas de tinta roja y aparte ver un pantalón de pijama masculino que no se sabe si es vino tinto o carmesí. Sumémosle el hedor combinado del hierro líquido con el de variados químicos procesados en un intestino en días poco favorecedores y... ¡Voilá! La vergüenza de tirarse un gas y responder con un manchón de sangre.

***                                       ***

#Confesionesdemujerensusdías

Laura.

sábado, 12 de diciembre de 2015

Perdí la cuenta de los días...

... Mientras más pasaban los días, más me daba cuenta de que las cargas que llevaba a la espalda carcomían mi alma y me impedían plasmar mi mente en el papel. Sin embargo, intentaba liberarme de mí misma pulsando tecla a tecla mientras las palabras mal redactadas y algunas mal escritas aparecían en frente de mis irritados y cansados ojos.

Ya no existían las gotas saldas. El agua de mar que yo misma producía se había acabado para mis pensamientos y solo se dignaban a salir en presencia de aquel que en medio de besos, caricias y verdades cantadas en la intimidad. lograba romper el espejo que reflejaba la realidad inversa que era mi oscura mente.

Sentía que me rompía un poco más; cada vez iba creando internamente el miedo enorme de ser reducida por mi fantástica y caótica mente a nada más que una sombra perdida; la idea de ser en un momento dado solo otro objeto más en la repisa de recuerdos mentales de cualquiera me estremecía y levantaba los vellos de mi cuerpo y, finalmente, comenzaba a creer que los días que me quedaban para cambiar el maldito chip que tenía insertado desde no sabía cuando en mi subconsciente, no serían suficientes.

Las paredes estaban cerrándose sobre mi cordura y con cada palabra que pasaba por mi mente y lograba ser plasmada sobre las gastadas y amarillentas hojas de papel, podía escuchar el latido incesante y el "cu-cú" insoportable del reloj de arena anunciando la conclusión de la que estaba huyendo.

No me quedaba tiempo; no tenía en realidad nada de tiempo. 

Estaba loca.

#Diario de mis mejores años.


Nuevos proyectos. :)

Laura

viernes, 14 de agosto de 2015

CAPITULO 17


El chillido atronador de un pitido constante y rítmico rompió el sueño emocionante y placentero que estaba teniendo sobre mí y Aiden sentados bajo la sombra de un árbol leyendo. Con un leve quejido de malestar giré mi rostro al monitor que vigilaba como un halcón mi corazón y resignada cerré los ojos antes de girar mi cabeza y ver al hombre de mis sueños descansando plácidamente a mi lado. Su cabeza reposaba sobre la almohada y sus párpados estaban herméticamente cerrados. Sus mejillas estaban ligeramente sonrojadas y de sus labios salía un pequeño ronquido.

¿Quién era el cerdito ahora?

Sonreí recordando aquel momento de risas y cosquillas en el sofá hacía un tiempo y dejé que mi mente divagara en el mar de buenos recuerdos que tenía. Pequeñas vivencias que para muchos podían solo ser un día más, para mí eran tesoros invaluables guardados en mi álbum personal y en mi corazón. Me pregunté cómo había familias perdiendo el tiempo entre sí; cómo los padres erigían un muro encarando una pantalla de ordenador o subiendo la guardia en momentos de crisis por sus trabajos. Cómo los hijos sufrían por atención de pequeños y en los años posteriores ya no les importaba porque llenaban vacíos con aparatos y conversación impersonales por medio de teléfonos.

Me prometí a mí misma no permitir jamás que un objeto dominara mi voluntad y me impidiera pasar tiempo con las personas que amaba y que tendrían mi apoyo incondicional. Sin embargo, podía prometer no permitir que los objetos robaran mi atención y presencia en la vida de los demás, pero… ¿y la policía cuando me llevaran lejos por estar indocumentada en el país? Me estremecí recordando la conversación con Aiden hacía solo unas horas e inconscientemente me acurruqué más cerca de su cuerpo. Estábamos juntos en esa cama de hospital pero no sabíamos cuánto duraría antes de que vinieran por mí…

-¿Por qué no me habías dicho que eres indocumentada, nena?- Aiden estaba inusualmente serio y eso me preocupaba. Podía ver su frente fruncida. –Pueden venir a arrestarte en cualquier momento y devolverte a tu país. Es grave lo que hiciste-.

Asentí sabiendo que no podía negar su aseveración. Estaba en problemas y también lo había arrastrado a él. –No quería que esto sucediera, -comente con voz rota- quería estar cerca de ti y amarte… amarte como mereces-.

Bajé mi rostro conteniendo las lágrimas. Mi respirador seguía en mi cara por lo que no me preocupaba tanto de perder el aliento.

-No llores, por favor- susurró él rompiendo el silencio que se había apoderado de la habitación. En un suspiro había llegado hasta mi lado y sus manos tomaban mi rostro empapado de llanto. –Lo siento, es que… tengo miedo de que te lleven lejos de mí-.

-Tampoco quiero irme- admití entre hipidos antes de perder el control y soltar mis emociones crudas. Aiden solo me sostuvo diciéndome que todo estaría bien y que saldríamos invictos de esta situación. Quería creerle, quería pensar que era posible no separarnos pero con cada lágrima también sentía el miedo atravesando la piel de Aiden. Eso solo logró asustarme más.

-Voy a mantenerte a mi lado, Claire, y buscaremos la forma de conseguir tus documentos antes de que la policía te encuentre- resolvió Aiden con voz firme mirándome a los ojos. –Te prometo que estaré contigo siempre, nena. Pase lo que pase me quedaré a tu lado y cuidaré de ti-.

No pude decir nada, pero tampoco necesité hacerlo. Olvidé por un rato –tres minutos enteros, para ser exacta- mi necesidad de tener la molesta máscara de oxígeno en mi rostro y me abalancé sobre Aiden demostrándole con mi corazón y mis besos lo agradecida que estaba. Tenía miedo pero esperaba que mi valor interno saliera a flote y nos lanzara un salvavidas para estar juntos.

Sonreí volviendo al presente mientras mis manos recorrían lentamente las facciones del hombre a mi lado. Se veía relajado pero el surco y las manchas oscurecidas bajo sus ojos me dijeron lo que no quería aceptar. Él había estado preocupado por tres largas semanas desde el incidente con mi padre y me sentía en deuda con él a pesar de que él alegara que era al contrario.

No recordaba nada de lo sucedido; solo el impulso de proteger como una leona a Aiden del arma y las malas intenciones de mi padre corriendo el riesgo de morir en el intento. Eso no me importó en el momento. Solo me lancé sin miramientos posteriores. Recuerdo mis pasos agitados y el sonido atronador e inconfundible de la pólvora al ser disparada. Los ojos de mi padre se abrieron con sorpresa pero luego no hubo nada más que silencio y un pitido interminable en mis oídos. Me sentía cansada y con necesidad de cerrar mis ojos y descansar un rato. Aiden entró en mi campo de visión y habiendo tomado la decisión de dormir le prometí que todo estaría bien porque sabía que sería así.

Aiden se removió un segundo en el que procuré acariciarlo con suavidad para que no despertara. Quería que descansara y se sintiera mejor. De hecho yo también quería sentirme mejor y pensar claramente cómo lograr quedarme sin causarle ningún problema extra a Aiden.

Comenzaba a cerrar mis ojos aun abrazada al pecho de Aiden cuando el zumbido de su teléfono me hizo girar la cabeza. No quería que se despertara por lo que con delicadeza me retiré de su cálido abrigo y alcancé el teléfono que antes de poder contestar cesó su aviso. Suspiré cansada y volví a dejarlo en su lugar y decidí relajarme. A los dos segundos comenzó a sonar de nuevo y frustrada lo acerqué de nuevo para ver quién era.

Oh, sorpresa desagradable.

Cassie.

Me debatí entre contestarle o no. Sentía el corazón en la garganta y un millón de pensamientos turbando mi mente. No sabía qué hacer. Además, ¿por qué llamaba a altas horas de la noche? De nuevo cesó el zumbido pero mi mente estaba bloqueada. ¿Sabía siquiera que Aiden estaba allí conmigo en una cama de hospital abrazándome mientras descansábamos?

Antes de que pudiera pensar más el zumbido de un mensaje entrante sacudió mis terminaciones nerviosas. Sabía la clave de Aiden pero, ¿podía espiar en su teléfono? Me dije que sí. Él me había dicho que podía utilizar sus cosas, así que creo que su teléfono entraba en la oferta. Respiré hondo, miré a Aiden asegurándome de que estuviera bien dormido y tras comprobarlo tres veces pulsé la clave viendo que era un mensaje de texto. Fruncí el ceño creyendo vanamente que sería una nota de voz.

“Ábrelo”.

“No lo abras”.

“Sal de dudas”.

“De acuerdo”.

Conté tres y mi boca fue a dar el suelo.

Era la imagen de una ecografía donde podía observarse la silueta de un feto con manos y pies, cabeza y espalda. La observé abstraída por minutos que parecieron días. La prueba de que Aiden no podía ser mío estaba ante mis ojos pero no quería creerlo. Mi respiración se aceleró cuando el pánico me invadió. Era un bebé. Ya casi tenía uñas y yo estaba siendo una intrusa. Una familia en proceso de formarse y yo estaba metiéndome sin permiso. Estaba robándole un padre a un bebé.

Dicho padre se removió de nuevo y con sus brazos me alcanzó en sueños. Me quedé como una estatua permitiendo que me retuviera. Las lágrimas surcaron mi rostro en silencio mientras me debatía entre la felicidad y la incertidumbre. El hombre que quería me buscaba hasta dormido para sentirme cerca pero al mismo tiempo tenía un bebé que proteger. Solo me quedaba una incógnita: ¿quién se quedaría con su amor al final? ¿Su familia o la chica demente que se metió en un camerino de un concierto a calentarle la cama?

***

Fue una noche terrible. No puedo describir el horrible sentimiento que se extendía por mi pecho y me hacía tener pesadillas cada dos por tres. Me había despertado por lo menos cinco veces ahogada por hiperventilar y Aiden había tenido que correr en busca de la enfermera. La conclusión fue que debía mantener calma absoluta o en algún momento mi cuerpo colapsaría. La enfermera nos dio un buen regaño y le advirtió a Aiden que si no obtenía el descanso que necesitaba, ella misma iría con una jauría de perros y lo sacaría de allí sin miramientos. Yo solo sonreí tras la máscara y casi solté una carcajada al ver el guiño de la amable mujer y el rostro anonadado de él.

Luego vino el silencio. Pero no un silencio incómodo; solo extraño. Él se dedicó a observarme y tomar mi mano mientras yo le sostenía la mirada con una sonrisa tímida. No sé cuánto tiempo estuvimos de esa forma pero pareció un tiempo interminable. El hospital estaba inusualmente tranquilo y solo podía escucharse a lo lejos el suave murmullo de los doctores haciendo sus rondas en cada habitación. En mis oídos, escuchaba claramente la respiración de Aiden y el latido constante de mi corazón. También una verdad clandestina que me estremecía los huesos: Aiden  no era mío y jamás podría serlo.

Fui la primera en romper el contacto visual dando por terminada la extraña comunicación que manteníamos. Bajé mi rostro sabiendo que si veía un poco más a Aiden terminaría llorando y maldiciendo. Sin embargo, me dije que las cosas ocurrían por algo. Si el destino nos había colocado en el mismo lugar  y momento era porque necesitábamos encontrarnos. Yo le amaba y por lo que podía ver, él también lo hacía. Muchas veces las circunstancias nos daban pie para creer que la vida no era justa, pero de algo estaba segura: nuestra historia no era casualidad, era necesaria, tangible y memorable.

No pude evitarlo. Las lágrimas me vencieron y pronto estuve en el hombro de Aiden llorando de nuevo. Últimamente era todo lo que hacía y me pregunté si era normal. Tal vez me deshidrataría o tal vez solo necesitaba lavar mis ojos de vez en cuando. Aiden me besó con ternura tras quitarme la máscara y sin pronunciar palabra nos devolvió a la cama antes de caer en un sueño tan profundo en el que no soñé nada.

***

-Puedes hacerlo. Solo un poco más. Diez segundos más.-

Carson, el entrenador personal que Aiden había contratado para que vigilara mi recuperación, estaba a mi lado como un halcón obligándome a resistir los interminables cinco minutos que tenía que trotar en la corredora en el salón del apartamento. Aiden no estaba porque –según había dicho él- no podría soportar verme pasar por aquello sin que me ayudara al menos un par de veces. Yo simplemente le decía que era un tonto.

Mi recuperación era lenta y tras cuatro semanas de estar en una rutina intensiva para retirar el tejido cicatricial de mis pulmones y respirar con facilidad podía ver los primeros resultados. En la primera sesión tuve que caminar a ritmo acelerado por veinte segundos en los que caí al menos diez. No podía soportarlo pero Carson había sido exigente y nada manipulable por lo que me había puesto inmediatamente después de nuevo sobre la corredora y me había hecho terminar el tiempo. Ahora veía los resultados y esperaba que el doctor me dijera esa misma tarde que podía prescindir del odioso respirador y ser de nuevo una persona normal.

Tom, quien había estado a mi lado todo el día, sonrió cuando el pitido del cronómetro saltó y grité un sonido ronco de victoria. Aplaudió y contó hasta cinco lentamente obligándome a respirar. Esos ejercicios habían sido una bendición y estaba agradecida por ello.

-Buen trabajo, Claire- sonrió Carson mientras se sentaba en la mesa de café y comenzaba a teclear el informe para el doctor. –Estoy orgulloso de ti, has sido una chica fuerte y estoy casi seguro de que hoy tendrás buenas noticias-.

Sonreí ante la última frase y miré esperanzada a Tom. Él movió sus pulgares arriba y me dio un guiño para alcanzarme la botella de agua por la que clamaba mi boca. Conversamos un poco más y luego de que Carson me diera un abrazo y me felicitara una vez más corrí a la cocina a buscar algo de comer. Necesitaba llenar al león hambriento en mi estómago.

-Calma, vaquera- rio Tom al verme trotar hacia el refrigerador y sacar los ingredientes que necesitaba para preparar un sándwich de queso, jamón, lechuga y salsa. Decidí colocar pepinillos y antes de que pudiera alcanzarlos, Tom entró sosteniendo una caja llena de comida china, -la cual no había visto hasta el momento- y la agitó frente a mi rostro permitiéndome oler el contenido. Fue un efecto devastador, ya que el aroma entró por mi nariz directo a mi estómago y en dos segundos estaba vomitando toda el agua que había bebido.

-¿Qué demonios fue eso?- atónito, Tom dejó la caja sobre la mesa de la cocina y me veía como si tuviera la cabeza llena de arañas. –Claire, ¿te has sentido así en los últimos días? ¿Has vomitado tus entrañas todo el tiempo?-.

Fruncí el ceño ante la pregunta de Tom y recordé las numerosas veces en que tuve que correr al baño en las últimas dos semanas casi perdiendo la batalla contra las náuseas. No entendía lo que ocurría y asentí con recelo, no entendiendo aún el punto al que quería llegar Tom. ¿Pasaba algo malo?

-También me has dicho que te dolía mucho a cabeza aun cuando no comías nada pesado o dulce…- Tom hablaba para sí mismo como si necesitara confirmar algo. Me tensé de inmediato.

-¿Qué pasa, Tom?-.

-No tenemos cita hasta dentro de dos horas, pero, ¿qué dices si salimos ya mismo, comemos algo y charlamos en el camino a la consulta?- propuso con una sonrisa tensa y nerviosa. Asentí, insegura de hacer preguntas.

Dos horas después, con el estómago lleno de papas fritas y una hamburguesa doble, estábamos sentados esperando para que el doctor nos permitiera ingresar y saber buenas noticias. Al menos eso esperaba yo.

-¿Claire Dawson?- me levanté de un salto alegre e inmediatamente tuve que cerrar los ojos y sostener mi cabeza. Las luces a mi alrededor se apagaron por un minuto y el ruido de la clínica se convirtió en un murmullo pesado. Tom estuvo a mi lado en un santiamén y luego de tomar aire le hice un gesto con la cabeza indicándole que estaba bien. Su rostro estaba pálido y la mirada que me dio el doctor al verme era suspicaz.

-¿Cómo te has sentido, Claire?- indagó profesionalmente el doctor luego de saludarnos y leer el informe que había enviado Carson. Tom esperaba pacientemente en el escritorio mientras yo era examinada en la camilla.

-Bien, de hecho creo que ya puedes quitarme este respirador- sonreí tratando de no parecer demasiado desesperada por quitarme el tonto tubo de la nariz. Le doctor sonrió cálidamente por fin.

-No tienes remedio, cuando quieres algo lo consigues- bromeó dándome una chupeta de fresa. Agradecí sabiendo que solo eran para niños. Luego me invitó a sentarme en el escritorio.

-Bien, dados los resultados, tu capacidad pulmonar está en un noventa por ciento, Claire… Esto indica que podemos retirar el respirador- aseguró con una sonrisa amable, sin embargo levantó la mano antes de que pudiera chillar de alegría, -Esto no quiere decir que debas propasarte con tu rutina diaria, debes seguir poniéndote fuerte y volver en un mes para chequearte de nuevo.

>>He notado también que has aumentado de peso. ¿Estás comiendo de más?- asentí pensando en lo gorda que debía verme. Debía ser horrible a ojos de Aiden.

-Doctor…- intervino Tom sorprendiéndome por su tono neutro y contenido- también ha estado teniendo mareos y nauseas. Vómito también.-

El doctor sonrió y se levantó de su silla acolchada para acercarse a un cajón y extraer algo que me heló la sangre.

-Ya he notado signos también pero debemos estar seguros. Claire, necesito que vayas al baño y te pongas a orinar. Necesitamos una prueba de embarazo-.

***     ***     ***     ***     ***     ***     ***     ***      ***     ***     ***     ***     ***     ***     ***


Mucho sin publicar, pero de nuevo estoy aquí. He de admitir que este semestre ha sido pesado pero he tenido éxito y tengo nuevas oportunidades en la puerta. Gracias por esperarme y leer lo que mi cabeza extraña hace. Las extraño, escribir es una pasión que tengo y no me gusta dejarla de lado pero a veces hay cosas que requieren más atención y por esto hay que aplazar lo que uno quiere. 

Laura.




jueves, 2 de julio de 2015

CAPITULO 16

-Esa niña…- comentó la abuela acariciando suavemente mi cabello. Su toque era relajante -¿Quién es, amor? Nunca la mencionaste antes…-

-Es una historia muy larga, abuela- contesté respirando hondo sabiendo que la plática sería larga. La abuela no me dejaría salir tan fácil de esta. -¿Estás segura de que quieres escucharla?-

-Por supuesto que quiero escuchar –la irritación fingida tomó los rasgos cincelados de la mujer a mi lado –Mi nieto adorado está asustado por perder a una chica, ella debe de ser muy especial para que sientas eso.- reflexionó –No estabas así, ni siquiera cuando tu mejor amigo se fue a Londres a estudiar en la preparatoria-.

Esta era mi abuela. Helen McCall. Una mujer robusta de grandes ojos verdes y cabello que en algún otro tiempo fue rojizo. Había sido una belleza escocesa en sus mejores años pero el paso del tiempo no había podido con ella. A pesar de su la pérdida de color natural en su cabello, el tono entrecano la hacía ver tan hermosa como si fuera una mujer digna del poder de una reina. La adoraba con todo mi corazón gracias a las enseñanzas y cariño que me había brindado cuando mis padres me ignoraban por completo.

-Es… complicado- comencé toscamente sabiendo que no podría salirme tan fácil de su interrogatorio pero no queriéndolo hacer al mismo tiempo. Si había alguien con quien podía hablar con total libertad, esa era mi abuela. –Es una chica que vino desde algún lugar a verme en un concierto… Se escabulló entre bambalinas y ahora sé que no se irá a ningún lado. No lo permitiré. Me enamoré sin darme cuenta en solo unos días-.

Acariciando mi cabeza y tranquilizándome sobando mi espalda, la abuela escuchó palabra a palabra cada confesión que hacía. Se sentía bien por fin decirle a alguien que el frío Aiden Miller también tenía sentimientos. Me sentía como si una carga de plomo hubiera sido descargada de mis hombros y ahora pudiera caminar un poco más erguido sabiendo que el futuro sería bueno. Tendría a Claire a mi lado; no había cabida para una respuesta negativa en ese momento. Estaba seguro de que ella sería fuerte y que saldría adelante…

Sin embargo, las cosas no salen bien a veces y en medio de la noche, cuando la sala de emergencias estaba inusualmente tranquila y la sala de espera en la unidad de cuidados intensivos vacía, la alarma de un código azul llegó a oídos de los médicos residentes y de los míos. Claire había entrado en paro cardíaco y tuvo que ser reanimada varias veces antes de que su cuerpo se estabilizara y pudiera descansar completamente. Fueron largos minutos que parecieron horas mientras veía a los hombres y mujeres de blanco abalanzarse sobre mi chica con la firme intención de mantenerla viva un poco más. Para fortuna mía, lograron su cometido y a las cuatro de la mañana me informaron que era posible que tuvieran que inducirla a un coma para que pudiera recuperarse por completo.

Gran sorpresa nos llevamos todos cuando nos dimos cuenta de que ya estaba en un coma del que no despertaría hasta tres semanas después, en las cuales no me separé más que para bañarme y comer algo. La abuela estuvo conmigo todo el tiempo consolándome y dándome palabras de aliento que me dejaros desfallecer cuando creía que mi chica nunca saldría de aquel estado.

Era martes a la noche cuando por fin el cuerpo de Claire emitió señales de estar despierta.  Mis manos estaban sosteniendo como muchas veces la suya y me aferraba a ella con la esperanza de que sintiera mi calor en el lugar oscuro o brillante donde se encontrara. Tenía los ojos cerrados y me apoyaba en su frágil mano mientras pensaba en todos los buenos momentos que habíamos tenido.

-¿Recuerdas aquella tarde en que te compré ropa? ¿Recuerdas cómo Tom te convirtió en la princesa que de por sí ya eres? Amé tu sonrisa cuando entendiste que eres la mujer más hermosa para mí. Nunca le había dicho esto a nadie… pero si hay el mundo una mujer que sea para mí, esa definitivamente eres tú-.

Respiré hondo tratando de contener las lágrimas que sentía venir y que ahora salían sin que me diera cuenta. Apreté más fuerte su mano deseando que ella despertara y me mostrara sus bellos ojos y mejillas sonrosadas.

Un suspiro escapó de mis labios y me disponía a ir al baño cuando su mano apretó con debilidad la mía. Volví la mirada hacia nuestro nudo de dedos y grande fue mi sorpresa cuando de nuevo apretó con un poco más de fuerza y sus ojos comenzaron a aletear antes de que sus párpados se abrieran con lentitud y su mirada conectara con la mía.

Sonreí con timidez y pude ver el desconcierto en su expresión. Trató de sonreír pero debido al tubo que le permitía respirar no pudo emitir sonido más que una queja y un ceño fruncido. Sonreí alentándola y me dirigió una mirada interrogante. Tenía que contarle muchas cosas.

-No puedes hablar porque tienes un tubo en tu garganta. El médico dice que vas a necesitarlo un tiempo además del respirador. –Elevó una ceja en interrogación y tosió un poco al tratar de quitárselo -¡No! No te alteres, está bien. ¿Recuerdas algo de lo que pasó? ¿Tu padre?-

Asintió con una inclinación de cabeza y procedí a relatarle las semanas de angustia y lo que traería consigo la recuperación. Asintió en momentos específicos y cerró los ojos con un ceño fruncido al terminar. Estaba ofuscada. Podía saberlo por su expresión pensativa. Adoraba ver de nuevo esos rasgos cincelados -ahora marcados por una expresión meditabunda- que lograban encender mi buen juicio y mis ganas de ser mejor persona.

-Creo que tenemos que hablar de algo importante, nena- propuse mirándola con énfasis. Aún tenía que explicarme su situación en el país para intentar encontrar algo qué hacer. –Hay cosas que no sabía sobre ti pero que las autoridades de la embajada sí-.

Abrió los ojos como platos y comenzó a toser debido a la sorpresa pero antes de que pudiera ayudarla, una enfermera joven con un moño sujeto por un lápiz en lo alto de su cabeza apareció por la puerta indicándome que debía salir un momento para que llevaran a Claire a hacerle algunos exámenes de rutina. Luego la traerían de vuelta. Le di un beso en la mejilla y otro en la frente y tras escuchar un suspiro enamorado de la enfermera desaparecieron detrás de las puertas dejándome solo para estar una vez más enfrentado a mis pensamientos.

Sonreí levemente sentándome en el sofá cercano a la cama y pensé en lo feliz que estaba de ver a mi chica de nuevo con los ojos abiertos. Era una mujer fuerte; tal vez la más guerrera que hubiera conocido en mi vida, y me sentía muy orgulloso de ver en sus ojos aquella fuerza que lograría mantenernos en pie cuando yo debilitara mi armadura. Ella era la elegida para ser mi chica para siempre. No había duda de eso. Puse mi brazo sobre mis ojos y respiré hondo por primera vez en tres semanas de angustia. El alma que había perdido en ese encuentro con mi suegro por fin había vuelto a casa. Sonreí y tras mis párpados una lágrima traviesa de felicidad escapó delatando mis emociones y miedos. De nuevo ella estaba conmigo.

Mi felicidad fue rota minutos después en lo que mi teléfono comenzó a sonar con un melodía estridente que solo podía significar problemas y un rato desagradable.

-¿Dónde demonios has estado por tres semanas?- La voz de Cassie tenía un siniestro tono reprobatorio exasperado que ya conocía de antes. Quería esconderme bajo una piedra para no oírla más. –Este bebé también necesita a su padre, ¿sabes? No solo necesita saber que pusiste tu semilla y te fuiste, ¡quiero que me ayudes con el embarazo!-

-Cassie- hablé tan suave y firme como pude- No quiero parecer despreocupado pero, no puedo en este momento, estoy ocupado…-

-Ocupada estoy yo cuidando por los dos a nuestro hijo- interrumpió en un grito ahogado- Deja de esconder la cabeza entre el asfalto y acepta de una vez por todas tu responsabilidad. Este hijo no es solo mío-.

Dicho esto colgó y me dejó con un nudo en el estómago sabiendo que tenía la razón. Estaba escondiéndome de algo a lo que no podía darle la espalda. Un hijo era para toda la vida y aunque quisiera no podía regresar el tiempo y enmendar errores. Tenía que ser un hombre responsable, pero, ¿cómo hacerlo cuando la única que mujer que veía en mi vida cargando mis hijos estaba en una sala de exámenes en esa clínica melancólica y no era la histérica con la que me había acostado meses atrás?

Me senté a esperar tal vez treinta minutos que la respuesta cayera de algún lugar cuando la enfermera regresó con Claire ahora sentada en la cama, sin el tubo en su boca y una cubeta de astillas de hielo que refrescaban su garganta. Me levanté de un salto y corrí a abrazarla y besarla con todas mis esperanzas renovadas. Estaba allí de nuevo y por la sonrisa en su rostro sabía que estaba feliz de verme también. Para mi disgusto, retiró la cara tan rápido como pudo interrumpiendo un beso en el que planeaba mostrarle cuánto la quería. Levanté una ceja en un puchero patético.

-No me he cepillado los dientes en tres semanas, Aiden. Creo que quiero hacerlo antes de besarte- comentó con una sonrisa deslumbrante.

Sonreí y vi la sonrisa de satisfacción de la enfermera. Claire comió una astilla de hielo y al terminar la enfermera le colocó el respirador artificial en su rostro. Quedó casi escondido detrás de él.

-Ya le expliqué todo a Claire,- comentó la enfermera cuyo nombre era Marie, según su identificación- pero te lo repetiré a ti. Necesita reposo absoluto y la máscara de oxígeno. De seguro podrá quitársela para hablar pero será mejor que cuando se sienta ahogada la utilice de inmediato. Tampoco debe excederse en emociones y, por favor, -pidió con una mirada traviesa que me hizo sonrojar hasta el pecho- nada de sexo hasta que esté totalmente recuperada.

Asentí sabiendo que no podía desacatar las órdenes de los doctores. Ellos sabían lo que era mejor para Claire y no iba a defraudarlos ni entorpecer la recuperación exitosa de ella. De hecho, ya había conversado con el personal médico para encontrar al mejor terapista respiratorio con tal de que mi chica estuviera en las mejores manos. Costaría una fortuna debido al traslado y hospedaje que tendría que costear con tal de que el doctor Alan Morrison viniera en nuestro rescate, pero si el me garantizaba que Claire estaría mejor en poco tiempo, pagaría toda mi fortuna sin pestañear. Para ella tenía solo lo mejor.

-Es todo por ahora chicos, -murmuró Marie antes de retirarse dándole un ligero apretón compasivo a Claire. La saludé con mi cabeza y presté atención a la chica sensual que me observaba en silencio desde la cama.

Nos quedamos en silencio por unos minutos. No era un silencio espeso y tenso; de ese que es tan fuerte que ya ni puedes seguir escuchándolo; era uno en el que podía escucharse el bullicio de la gente en las calles, el correcorre de los médicos en la clínica y el sonido lejano pero infaltable de los automóviles y ambulancias. La vida seguía y era exactamente eso lo que íbamos a hacer nosotros. Claire sonrió de manera inesperada y me dedicó su más tierna sonrisa. Le sonreí tímidamente y siguiendo el más primitivo de los impulsos me acerqué y retiré de su rostro la máscara de oxígeno para darle un beso de lleno en los labios. Ella se apartó luego de un segundo y su rostro enrojeció. Recordé su deseo de cepillar sus dientes.

Me alejé a regañadientes y le tendí la bolsa de cosas personales que tenía para ella y que de tanta utilidad había sido. Claire sonrió en silencio y se levantó con mi ayuda para dirigirse al baño. Tras cerrarse la puerta escuché correr el agua y con una sonrisa comencé a acomodar mejor su almohada. Mi teléfono sonó de nuevo y tuve miedo antes de contestar. No quería que fuera Cassie reprochándome mi poco compromiso con el bebé. Por suerte el identificador indicó que era Tom.

-Hola, Tom. –Contesté dejando notar mi alivio -¿Cómo estás?-

-Perfectamente –tronó su voz acaramelada del otro lado –Llamo para preguntarte por mi querida Cassie. ¿Hay alguna novedad?-

Sonreí sabiendo que las noticias le encantarían.

-Sí, hay una novedad pero creo que no te hará feliz- comenté en voz baja aparentando pesimismo. Tom soltó un suspiro y su voz sonó ligeramente derrotada. –No va a despertar pronto, ¿no es así? Demonios, quiero verla de nuevo, Aiden. Echo de menos vestirla como una muñeca-.

-Sí, bueno… La mala noticia es que tendrás que llevarla por todos los centros comerciales y comprarle batidos y todo lo que quieras. Claire despertó hace un rato y está muy bien.- dije casi sin parar alegrándome por el jadeo alegre de Tom- Creo que podremos irnos pronto-.

-Es bueno escuchar eso- habló entonces la voz ronca y femenina que plagaba mi presente abriendo la gruesa capa de nubes grises que opacaban mi camino. –Me gustaría considerarme… afortunada de ir con Tom a donde quieras-.

Sonreí al verla animada caminando hacia la cama donde se recostó de nuevo y me incitó a hacerlo. Le hice caso y posé mi cabeza sobre sus piernas amando el tacto de sus dedos en mi cabello lanudo. Necesitaba un corte.

-Déjame hablar con ella. ¿Está ahí? Vamos, Aiden. Déjame hablar- rogó Tom y casi pude verlo haciendo pucheros.

Puse los ojos en blanco y le pasé el teléfono a Claire. Hablaron por casi diez minutos y cuando noté que le fallaba la respiración, le quité el teléfono y colgué. La máscara de oxígeno estuvo de vuelta en su rostro de inmediato. Respiró hondo unos minutos y cuando por fin se tranquilizó me dedicó una mirada agradecida. Le sonreí y pasé mis manos por sus piernas. Estaba más delgada pero sabía que eso se corregiría con unas semanas en mi casa. La podría a comer por veinte.

-Sabes que tenemos que hablar de tu situación en el país, ¿verdad?- hablé dándome cuenta que no podíamos postergar más la charla. La vi asentir rehuyendo mi mirada. Estábamos en un nuevo problema. La policía sabía de ella y temía que pudieran llevársela lejos.


No puedo creer que estando en vacaciones pareciera que no las tengo :P Si les gustó no olviden recomendarlo a sus conocidos. Nos leemos pronto.

Laura.



viernes, 19 de junio de 2015

CAPITULO 15

-¿Tiene algo más que decir en contra del señor Dawson, señor Miller?- indagó el sargento Jensen después de tomar mi declaración para presentar cargos contra el padre de Claire, a quien por cierto, se habían llevado treinta minutos antes sin dejarme ir con ella a donde sea que la hayan llevado.

-¿Puedo irme ya y llevarme su tarjeta en caso de que se me haya olvidado decirle algo?- respondí con voz cínica tratando de zafarme de la tortura que me suponía no saber nada de mi chica. ¿Dónde demonios había sido llevada?- Por si no se ha dado cuenta, la mujer de mi vida está de camino a un hospital y no estoy con ella porque un policía me tiene aquí presentando cargos cuando debería haberme ido dentro de la maldita ambulancia-.

Sí, Aiden Miller perdiendo la cabeza frente a un policía; la prensa me iba a acribillar con esto.

-Creo que tiene que calmarse, señor Miller- fue la obtusa respuesta del sargento mientras guardaba su bolígrafo y bloc de papel en el bolsillo de su abrigo negro. El maldito hombre era como un jodido espía de películas de ficción. Y creía que me las sabía todas… -Según los registros que tenemos de la señorita Ryan, no es una chica que esté en paz con la ley-.

Okey, eso fue suficiente para atraer por completo mi atención. No quería más trabas; quería que me dejaran en paz para ir a buscar a Claire y llevarla a casa donde podría cuidarla como ella merecía. Donde podría convencerla de que el destino le preparaba cosas hermosas y que tendría toda la vida para dejar prosperar esos hermosos sentimientos que se anidaban en su pecho como un panal de abejas; siempre trabajador y dedicado. Solo ella podría sentir de esa manera.

Sin embargo, antes de lograr dar un paso o decir alguna palabra, el sargento señaló con su cabeza un aviso sobre la prohibición de fumar dentro del recinto; para mí no tenía sentido hasta que decidí indagar más a fondo tras escuchar el suspiro cansado del sargento a mi lado. No era justo desquitarme con él, de seguro estaba allí obligado a hablar conmigo en un turno que no era el suyo y en un caso que a kilómetros distaba de ser enfocado en su especialidad. O tal vez yo solo debía seguir órdenes más fácilmente y frenar a mi mente de ir lejos de su lugar.

De acuerdo… Fumar; dentro de un recinto; con muchas personas adentro… No estaba permitido y por tanto se recibiría un castigo al infringir una norma… Estaría haciendo algo ilegal y tendría que… 

Bingo.

-Ella… no es…- Balbuceé llevándome una mano a la mejilla donde podía sentir una hinchazón leve- Mierda, jódanme, de verdad-.

-Esto quedará entre nosotros, señor Miller… Pero dudo que pueda quedar así por mucho tiempo. La fama tiene sus contras- aseguró el sargento y haciendo un gesto con su sombrero de ala  ancha se marchó dejándome con un terrible dolor de cabeza y mil cosas en qué pensar ahora. Demonios, tenía que hablar tan seriamente con Claire y preguntarle por tantas cosas… Pero primero tenía que saber cómo estaba y si iba a ser capaz de salir con vida de este asunto porque sabía que todavía lo estaba; podía sentirlo en mi alma que ella aún no se había levantado de su inerte cuerpo para volar entre las nubes junto con su madre y mis abuelos.

Decidí correr bajo el sol de la tarde y escabullirme entre los peatones y personas intrigadas por saber qué había ocurrido dentro del museo. Me atreví por primera vez ser un loco enamorado y asustado de la suerte corriendo por las calles y preguntando de hospital en hospital por la mujer que me había robado el alma y los suspiros más cansados y desgarrados que había soltado nunca. Quise ser por primera vez un hombre sensible y dispuesto a dar su hígado con tal de salvar a la mujer que amaba pero que no había abierto sus ojos cuando una bala que iba hacia mí impactó en su pecho.

Como un film romántico, el cielo pronto tomó cierto tono grisáceo que desencadenó una lluvia capaz de mojarme hasta los calzoncillos, mas no importaba; podía tener un acuario o la pesca milagrosa en mi trasero pero necesitaba encontrar a mi mujer; necesitaba correr y liberar la tensión que me provocaba no saber nada de ella o me iba a volver un loco desquiciado.

En mi mente, las ideas resonaban con fuerza golpeando hasta los rincones más alejados de la cordura; deseaba hacerle daño a ese malnacido que Claire tenía por padre, deseaba arrancarle el corazón y mostrárselo mientras lo extirpaba entre mis dedos. Quería hacerle sentir lo que yo sentí cuando se atrevió a hacerle daño a mi chica sin escatimar en traumas. Lo odiaba y quería verlo padecer, pero las palabras amorosas y compasivas de Claire resonaban en contra de esos deseos como en una batalla por la libertad; jamás permitiría que le hiciera daño, ella lo perdonaría si se lo pidiera y le daría una oportunidad de reivindicarse.

¿Quién demonios era esa mujer capaz de eso? ¿Un ángel, acaso?

-¡Claire!- grité frustrado en mitad de la plaza centrar soportando las gotas heladas como bloques de hielo en mis huesos. -¿Dónde estás, amor? ¿Dónde te llevaron?-.

Había buscado por todos lados, en hospitales, clínicas… ¿Qué me faltaba? ¿A dónde no había ido a buscarla? Pasé desesperado las manos por mis mejillas tratando de borrar las lágrimas calientes que se mezclaban con la lluvia que caía y parecía querer enfriar mi alma.

Las personas caminaban escondidas bajo sus paraguas y chaquetas y podía ver a las madres corriendo obviamente tomadas por sorpresa protegiendo con abrigos a sus hijos pequeños aun cuando ellas terminaran empapadas y heladas. Me pregunté si Claire sería de la misma manera; tan afectuosa, dedicada y tierna con nuestros hijos en el momento en que los tuviéramos. Y darme cuenta de ese pensamiento, me di cuenta de que estaba llevando mi relación con ella mucho más lejos de lo que yo pensaba. ¿Cómo en solo días podía perder la noción de la realidad y llevar mis sueños a futuro con una mujer de la cual no sabía nada más que su nombre y lo que tenía para ofrecerme debajo de su ropa?

<<Estás enamorándote, Aiden>>, susurró la voz socarrona de mi consciencia en un tono alegre y cargado de malicia que me hizo estremecer de pies a cabeza. No podía aún brindarle por completo ese lado de mi vida a Claire por más que quisiera. Aún tenía asuntos que terminar y preguntas por responder. Mi vida no era un paraíso tropical precisamente.

Un paraíso… Claire debía estar en uno; un lugar en donde la trataran de manera perfecta pero que al mismo tiempo le costaría un ojo de la cara dada su condición en el país…

La clínica militar.
***

Llegué con los calcetines y los zapatos tan mojados que podría haberlos escurrido y saldría una piscina para niños. El sudor me goteaba por las sienes y la espalda y mi nariz debía estar roja en comparación con mi tez pálida. Había corrido como un lunático por las calles esperando toparme con un taxi que pudiera llevarme en un santiamén, pero fue más que imposible. La gente los había tomado con velocidad para volver a casa durante el aguacero. Resultado: Aiden en su segundo baño del día.

Por primera vez fui paciente… por diez segundos. Que fueron los que me tomó llegar hasta la recepción en donde una enfermera con cabello entrecano y rostro surcado por arrugas pronunciadas, -de seguro por el ajetreado trabajo que tenía, sin ánimo de ofenderla- me saludó con una sonrisa cansada y mirada inquisitiva.

-Busco a una chica que debió ser ingresada hacer tal vez tres horas con una herida de bala en el pecho. La traían desde el museo. Estábamos en un tiroteo y si no la encuentro voy a volverme loco. Es la mujer que amo y recibió un maldito disparo por mi culpa. Estaba dispuesta a dar su vida por mí y ahora no la encuentro –despotriqué casi abalanzándome sobre el escritorio moderno.

Era una escena la que estaba armando pero no me importaba. Era el último lugar donde podía buscarla. Ya había recorrido la ciudad entera. Para mi sorpresa, la enfermera sonrió desde su silla donde había retrocedido unos centímetros y se levantó con una mirada más que comprensiva. Era la mirada de una madre consolando a su hijo. Eso solo me llevó al borde y cuando rodeó el escritorio hasta llegar a mi lado, me derrumbé por completo en sus brazos delgados preso de la impotencia y el dolor que carcomían mi alma.

-Está aquí.- respondió en un susurro acariciando mi espalda con movimientos circulares –Está en cirugía. Aún está viva, tesoro-.

-Gracias –fue mi única respuesta antes de caer en un vacío oscuro y silencioso donde no había nada más que mi mente nublada por el desasosiego.
***

-Aiden- llamó una voz ronca que conocía desde algún lugar. Mis ojos pesaban y mi cuerpo parecía estar completamente entumido. –Aiden, amigo, despierta- llamó de nuevo y esta vez pude sentir una mano sacudiendo mi hombro.

Abrí los ojos y me descubrí a mi mismo en una camilla de hospital oculta por una cortina azul esterilizada. Por lo visto me había quedado dormido o algo así. Giré mi cabeza y me encontré finalmente con el rostro angustiado de Tom y la seriedad inusual de Wesley. Una extraña calma invadió nuestro encuentro hasta que Tom dejándose llevar por sus emociones se acercó hasta mi lado y mi abrazo con fuerza. Necesitaba a mi amigo y en silencio él sabiéndolo había cumplido mi deseo. Wesley también se unió a nosotros y nos fundimos en un abrazo en el cual la amargura fue reemplazada por el apoyo y la amistad que por encima de todo nos unía.

-Tengo miedo de perderla- confesé con voz amortiguada por los brazos de Tom. Lloraba a cántaros por tener a mis amigos rodeándome y calentándome con sus brazos- No puedo perderla, la necesito en mi vida-.

Escuché un suspiro de Tom y una palabrota de Wesley. Luego sin perder tiempo les conté todo lo que había ocurrido. Ellos me escucharon atentamente interrumpiendo ocasionalmente cuando sentían que necesitaban detalles o simplemente maldecir. Me contaron a cambio que la noticia ya circulaba en los medios y que no tardaría en llegar Malcolm para regañarme. Reímos un poco también de pensar en mi viejo amigo despeinándose al ver aquella tragedia en las noticias. Sabía que él vendría a ofrecerme su apoyo, no a reprenderme.

El tiempo pasaba con cierta lentitud mientras esperábamos tener noticias de Claire y su estado de salud. Malcolm había llegado y como había predicho, se había abalanzado sobre mí casi histérico preguntándome por lo ocurrido y si me encontraba bien. Le conté toda la escena y lo que esperaba en ese lugar y que salvo por mi desmayo al llegar a emergencias, me encontraba del todo bien. Él había suspirado aliviado y sin meditarlo dos segundos me tomó en sus brazos dejando salir sus sentimientos; un par de lágrimas cayeron por mis mejillas también y me dije que él era el mejor ejemplo de lo que un padre debería ser.

Cuando el tiempo pareció alargarse una eternidad sin tener noticias de Claire, decidí tomar el toro por los cuernos y acercarme hasta donde la enfermera estaba respondiendo llamados y estudiando documentos. Al escuchar mi voz se volvió para mirarme y me dedicó una sonrisa cansada.

-¿Tienes alguna novedad?- pregunté estudiando sus facciones.

-La sala de cirugías sigue ocupada; por lo visto tu chica aún está grave-.

-¿Sabes el estado en el que ingresó?- indagué necesitando más información. Hablar de ella me hacía bien. Me daba esperanzas.

-Tuvieron que reanimarla dos veces de camino. Es un milagro que no muriera allí mismo. Sus heridas son fatales…- comentó mirándome con compasión y calidez.

Iba a preguntarle más pero en ese momento  un doctor con el rostro pálido y expresión cansada se acercó a la sala de espera quitándose su tapabocas. Parecía que todos en esa clínica estaban demasiado extenuados con su trabajo. Todos parecían salidos de una sala de locos.

-¿Familiares de Claire Dawson?- inquirió mirándonos a todos en la sala. Un bebé lloraba por una gripe y dos ancianas esperaban que les atendieran una cita rutinaria de la diabetes.

-Yo soy su novio- contesté alejándome del mostrador. Tom y Wesley me dieron una mirada amistosa y Malcolm me dio una palmada en la espalda. -¿Está bien? ¿Puedo verla? ¿Podré llevármela de aquí pronto?-.

-Una pregunta a la vez, muchacho- interrumpió con un gesto de sus brazos mirándome con una sonrisa reconfortante. Un rayo de luz se abrió paso en mi mente. –Tenemos mucho de qué hablar pero propongo que nos sentemos-.

-Entonces… ella sobrevivirá- preguntó Tom sentado a mi derecha en frente del doctor en una pequeña sala donde pensábamos hablar más tranquilamente.

-Sí, sobrevivirá- sonrió cruzando sus brazos sobre las rodillas- Ciertamente estoy sorprendido por la resistencia de esa niña. Las heridas que tiene son mortales. La persona que le disparó sabía lo que hacía. Ha fallado por solo un milímetro en el miocardio…-

Cuatro suspiros resonaron en la salita y nos miramos con alivio al escuchar esas palabras. Incluso Malcolm miraba con agradecimiento al doctor, quien era de hecho, de hecho demasiado joven para portar esa bata de hospital. Vaya, cosas que no podemos comprender…

-Sin embargo, tenemos que dejarla unas semanas en la clínica mientras toma fuerzas de nuevo. Uno de sus pulmones fue perforado por lo que tendrá que tener terapia para poder respirar bien. No podrá hacer esfuerzos de ningún tipo y deberán tener especial cuidado con su entorno. Necesita recuperarse física y mentalmente; es una chica fuerte, pero va a necesitarlos-.

-¿Podemos verla?- supliqué inclinándome hacia adelante con los ojos llenos de lágrimas. Mi Claire estaba bien e iba a vivir mucho tiempo más.

-Aún no. Está en cuidados intensivos y permanece sedada. Está conectada a un respirador artificial y es mejor que descanses por hoy. Deberían ir y descansar esta noche. No sabemos si despierte mañana o la próxima semana…-

-¿La próxima semana?- preguntó Wesley abriendo los ojos como platos y utilizando su tono de incredulidad mezclada con asombro- ¿Por qué tanto tiempo?-.

-No sabemos cómo reaccionará su cuerpo. Necesitaba sanar por sí misma, no podemos forzarla-.
-¿Está completamente fuera de peligro?- intervino ahora Malcolm sorprendiéndome por su tono paternal y cariñoso.

-Las primeras veinticuatro horas son críticas. Por ahora está bien, pero si pasa ese tiempo sin ningún problema, pronto estará de nuevo con ustedes- sonrió y nos dedicó una mirada antes de disculparse para ir a atender otros pacientes. Estrechamos su mano y admito que me demoré un poco más agradeciéndole su labor. Podía ver sus ojos cansados y las mejillas hundidas en su rostro. Era un chico dedicado a su oficio y me alegré al ver que aún había médicos y profesionales que amaban su trabajo sin importar las consecuencias.

Lo vimos partir hacia las salas internas y luego nos sentamos un momento antes de poder hablar. Estábamos en silencio conmocionados por las noticas pero aliviados de saber que las manos de la muerte no nos habían tocado ese día. Seguíamos siendo una familia fuerte.

-Estará bien.- comentó Tom poniendo su cabeza contra la mía dándome un abrazo –Solo tenemos que esperar a que despierte y luego podremos ver de nuevo sus ojos alegres-.

-Gracias por quedarse. Voy a estar aquí un rato más. Si quieren pueden irse, yo los alcanzo después- sugerí mirándolos fijamente. Estos eran mis verdaderos amigos. Los demás estaban en sus actividades y no habían podido venir pero habían enviado mensajes apoyándome desde lejos. Agradecí a quien fuera por darme personas maravillosas a mi lado.

-Si necesitas algo, lo que sea, solo llama, ¿de acuerdo?- prometió Wesley y asentí sonriendo levemente. Luego se marcharon dejándome solo en el sofá.

Medité lo que sería mi vida en los próximos meses. Claire necesitaría terapia para recuperar fuerza en sus pulmones y en su corazón. También alguien que estuviera con ella las veinticuatro horas del día para que no hiciera esfuerzos. Tenía que hacer algunos cambios en casa para que se sintiera más a gusto y aún debía pensar en el trabajo. Había muchas cosas por hacer y en poco tiempo. Pasé mis manos por mi rostro y solté un suspiro que sentí provenir de mi alma. Me sentía mejor, pero estaría completamente a gusto cuando pasaran las famosas veinticuatro horas críticas. No me iba a mover de allí por el momento.

Mis ojos estaban cerrándose y mi mente adormeciéndose cuando alguien ingresó en la sala privada donde minutos antes estábamos todos reunidos. No necesitaba preguntar quién era, podía oler su loción afrutada invadiendo mis sentidos. El lugar a mi lado se hundió y el calor reconfortante me arropó durante unos minutos que fueron más que amenos. Sonreí suavemente y apoyé mi cabeza sobre su hombro permitiéndole abrazarme con fuerza antes de que habláramos. La enfermera tomó mi mano y la apretó con fuerza diciéndome en silencio lo que necesitaba tener presente: todo iba a estar bien.


-¿Cómo has estado, abuela?

                            *****                                      *****                                    *****

Se siente más que bien volver a mi rutina. Gracias a las que me esperaron. Por fin puedo hacer de nuevo lo que me gusta sin tener presiones extra. Mi recomendación solo será una el día de hoy: si les gusta lo que hago, compártanlo, me gusta que los demás vean un trocito de mi cabeza. ¡¡¡Les agradezco el apoyo!!!



Laura.