El chillido atronador de un
pitido constante y rítmico rompió el sueño emocionante y placentero que estaba
teniendo sobre mí y Aiden sentados bajo la sombra de un árbol leyendo. Con un
leve quejido de malestar giré mi rostro al monitor que vigilaba como un halcón
mi corazón y resignada cerré los ojos antes de girar mi cabeza y ver al hombre
de mis sueños descansando plácidamente a mi lado. Su cabeza reposaba sobre la
almohada y sus párpados estaban herméticamente cerrados. Sus mejillas estaban
ligeramente sonrojadas y de sus labios salía un pequeño ronquido.
¿Quién era el cerdito ahora?
Sonreí recordando aquel momento
de risas y cosquillas en el sofá hacía un tiempo y dejé que mi mente divagara
en el mar de buenos recuerdos que tenía. Pequeñas vivencias que para muchos
podían solo ser un día más, para mí eran tesoros invaluables guardados en mi
álbum personal y en mi corazón. Me pregunté cómo había familias perdiendo el
tiempo entre sí; cómo los padres erigían un muro encarando una pantalla de
ordenador o subiendo la guardia en momentos de crisis por sus trabajos. Cómo
los hijos sufrían por atención de pequeños y en los años posteriores ya no les
importaba porque llenaban vacíos con aparatos y conversación impersonales por
medio de teléfonos.
Me prometí a mí misma no permitir
jamás que un objeto dominara mi voluntad y me impidiera pasar tiempo con las
personas que amaba y que tendrían mi apoyo incondicional. Sin embargo, podía
prometer no permitir que los objetos robaran mi atención y presencia en la vida
de los demás, pero… ¿y la policía cuando me llevaran lejos por estar
indocumentada en el país? Me estremecí recordando la conversación con Aiden
hacía solo unas horas e inconscientemente me acurruqué más cerca de su cuerpo.
Estábamos juntos en esa cama de hospital pero no sabíamos cuánto duraría antes
de que vinieran por mí…
-¿Por qué no me habías dicho que
eres indocumentada, nena?- Aiden estaba inusualmente serio y eso me preocupaba.
Podía ver su frente fruncida. –Pueden venir a arrestarte en cualquier momento y
devolverte a tu país. Es grave lo que hiciste-.
Asentí sabiendo que no podía
negar su aseveración. Estaba en problemas y también lo había arrastrado a él.
–No quería que esto sucediera, -comente con voz rota- quería estar cerca de ti
y amarte… amarte como mereces-.
Bajé mi rostro conteniendo las
lágrimas. Mi respirador seguía en mi cara por lo que no me preocupaba tanto de
perder el aliento.
-No llores, por favor- susurró él
rompiendo el silencio que se había apoderado de la habitación. En un suspiro
había llegado hasta mi lado y sus manos tomaban mi rostro empapado de llanto. –Lo
siento, es que… tengo miedo de que te lleven lejos de mí-.
-Tampoco quiero irme- admití
entre hipidos antes de perder el control y soltar mis emociones crudas. Aiden
solo me sostuvo diciéndome que todo estaría bien y que saldríamos invictos de
esta situación. Quería creerle, quería pensar que era posible no separarnos
pero con cada lágrima también sentía el miedo atravesando la piel de Aiden. Eso
solo logró asustarme más.
-Voy a mantenerte a mi lado,
Claire, y buscaremos la forma de conseguir tus documentos antes de que la
policía te encuentre- resolvió Aiden con voz firme mirándome a los ojos. –Te
prometo que estaré contigo siempre, nena. Pase lo que pase me quedaré a tu lado
y cuidaré de ti-.
No pude decir nada, pero tampoco
necesité hacerlo. Olvidé por un rato –tres minutos enteros, para ser exacta- mi
necesidad de tener la molesta máscara de oxígeno en mi rostro y me abalancé
sobre Aiden demostrándole con mi corazón y mis besos lo agradecida que estaba.
Tenía miedo pero esperaba que mi valor interno saliera a flote y nos lanzara un
salvavidas para estar juntos.
Sonreí volviendo al presente
mientras mis manos recorrían lentamente las facciones del hombre a mi lado. Se
veía relajado pero el surco y las manchas oscurecidas bajo sus ojos me dijeron
lo que no quería aceptar. Él había estado preocupado por tres largas semanas
desde el incidente con mi padre y me sentía en deuda con él a pesar de que él
alegara que era al contrario.
No recordaba nada de lo sucedido;
solo el impulso de proteger como una leona a Aiden del arma y las malas
intenciones de mi padre corriendo el riesgo de morir en el intento. Eso no me
importó en el momento. Solo me lancé sin miramientos posteriores. Recuerdo mis
pasos agitados y el sonido atronador e inconfundible de la pólvora al ser
disparada. Los ojos de mi padre se abrieron con sorpresa pero luego no hubo
nada más que silencio y un pitido interminable en mis oídos. Me sentía cansada
y con necesidad de cerrar mis ojos y descansar un rato. Aiden entró en mi campo
de visión y habiendo tomado la decisión de dormir le prometí que todo estaría
bien porque sabía que sería así.
Aiden se removió un segundo en el
que procuré acariciarlo con suavidad para que no despertara. Quería que
descansara y se sintiera mejor. De hecho yo también quería sentirme mejor y
pensar claramente cómo lograr quedarme sin causarle ningún problema extra a
Aiden.
Comenzaba a cerrar mis ojos aun
abrazada al pecho de Aiden cuando el zumbido de su teléfono me hizo girar la
cabeza. No quería que se despertara por lo que con delicadeza me retiré de su
cálido abrigo y alcancé el teléfono que antes de poder contestar cesó su aviso.
Suspiré cansada y volví a dejarlo en su lugar y decidí relajarme. A los dos
segundos comenzó a sonar de nuevo y frustrada lo acerqué de nuevo para ver
quién era.
Oh, sorpresa desagradable.
Cassie.
Me debatí entre contestarle o no.
Sentía el corazón en la garganta y un millón de pensamientos turbando mi mente.
No sabía qué hacer. Además, ¿por qué llamaba a altas horas de la noche? De
nuevo cesó el zumbido pero mi mente estaba bloqueada. ¿Sabía siquiera que Aiden
estaba allí conmigo en una cama de hospital abrazándome mientras descansábamos?
Antes de que pudiera pensar más
el zumbido de un mensaje entrante sacudió mis terminaciones nerviosas. Sabía la
clave de Aiden pero, ¿podía espiar en su teléfono? Me dije que sí. Él me había
dicho que podía utilizar sus cosas, así que creo que su teléfono entraba en la
oferta. Respiré hondo, miré a Aiden asegurándome de que estuviera bien dormido
y tras comprobarlo tres veces pulsé la clave viendo que era un mensaje de
texto. Fruncí el ceño creyendo vanamente que sería una nota de voz.
“Ábrelo”.
“No lo abras”.
“Sal de dudas”.
“De acuerdo”.
Conté tres y mi boca fue a dar el
suelo.
Era la imagen de una ecografía
donde podía observarse la silueta de un feto con manos y pies, cabeza y
espalda. La observé abstraída por minutos que parecieron días. La prueba de que
Aiden no podía ser mío estaba ante mis ojos pero no quería creerlo. Mi
respiración se aceleró cuando el pánico me invadió. Era un bebé. Ya casi tenía
uñas y yo estaba siendo una intrusa. Una familia en proceso de formarse y yo
estaba metiéndome sin permiso. Estaba robándole un padre a un bebé.
Dicho padre se removió de nuevo y
con sus brazos me alcanzó en sueños. Me quedé como una estatua permitiendo que
me retuviera. Las lágrimas surcaron mi rostro en silencio mientras me debatía
entre la felicidad y la incertidumbre. El hombre que quería me buscaba hasta
dormido para sentirme cerca pero al mismo tiempo tenía un bebé que proteger.
Solo me quedaba una incógnita: ¿quién se quedaría con su amor al final? ¿Su
familia o la chica demente que se metió en un camerino de un concierto a
calentarle la cama?
***
Fue una noche terrible. No puedo describir
el horrible sentimiento que se extendía por mi pecho y me hacía tener
pesadillas cada dos por tres. Me había despertado por lo menos cinco veces
ahogada por hiperventilar y Aiden había tenido que correr en busca de la
enfermera. La conclusión fue que debía mantener calma absoluta o en algún
momento mi cuerpo colapsaría. La enfermera nos dio un buen regaño y le advirtió
a Aiden que si no obtenía el descanso que necesitaba, ella misma iría con una
jauría de perros y lo sacaría de allí sin miramientos. Yo solo sonreí tras la
máscara y casi solté una carcajada al ver el guiño de la amable mujer y el
rostro anonadado de él.
Luego vino el silencio. Pero no
un silencio incómodo; solo extraño. Él se dedicó a observarme y tomar mi mano
mientras yo le sostenía la mirada con una sonrisa tímida. No sé cuánto tiempo
estuvimos de esa forma pero pareció un tiempo interminable. El hospital estaba
inusualmente tranquilo y solo podía escucharse a lo lejos el suave murmullo de
los doctores haciendo sus rondas en cada habitación. En mis oídos, escuchaba claramente
la respiración de Aiden y el latido constante de mi corazón. También una verdad
clandestina que me estremecía los huesos: Aiden
no era mío y jamás podría serlo.
Fui la primera en romper el
contacto visual dando por terminada la extraña comunicación que manteníamos.
Bajé mi rostro sabiendo que si veía un poco más a Aiden terminaría llorando y
maldiciendo. Sin embargo, me dije que las cosas ocurrían por algo. Si el
destino nos había colocado en el mismo lugar
y momento era porque necesitábamos encontrarnos. Yo le amaba y por lo
que podía ver, él también lo hacía. Muchas veces las circunstancias nos daban
pie para creer que la vida no era justa, pero de algo estaba segura: nuestra
historia no era casualidad, era necesaria, tangible y memorable.
No pude evitarlo. Las lágrimas me
vencieron y pronto estuve en el hombro de Aiden llorando de nuevo. Últimamente
era todo lo que hacía y me pregunté si era normal. Tal vez me deshidrataría o
tal vez solo necesitaba lavar mis ojos de vez en cuando. Aiden me besó con
ternura tras quitarme la máscara y sin pronunciar palabra nos devolvió a la
cama antes de caer en un sueño tan profundo en el que no soñé nada.
***
-Puedes hacerlo. Solo un poco
más. Diez segundos más.-
Carson, el entrenador personal
que Aiden había contratado para que vigilara mi recuperación, estaba a mi lado
como un halcón obligándome a resistir los interminables cinco minutos que tenía
que trotar en la corredora en el salón del apartamento. Aiden no estaba porque –según
había dicho él- no podría soportar verme pasar por aquello sin que me ayudara al
menos un par de veces. Yo simplemente le decía que era un tonto.
Mi recuperación era lenta y tras
cuatro semanas de estar en una rutina intensiva para retirar el tejido
cicatricial de mis pulmones y respirar con facilidad podía ver los primeros
resultados. En la primera sesión tuve que caminar a ritmo acelerado por veinte
segundos en los que caí al menos diez. No podía soportarlo pero Carson había
sido exigente y nada manipulable por lo que me había puesto inmediatamente
después de nuevo sobre la corredora y me había hecho terminar el tiempo. Ahora
veía los resultados y esperaba que el doctor me dijera esa misma tarde que
podía prescindir del odioso respirador y ser de nuevo una persona normal.
Tom, quien había estado a mi lado
todo el día, sonrió cuando el pitido del cronómetro saltó y grité un sonido
ronco de victoria. Aplaudió y contó hasta cinco lentamente obligándome a
respirar. Esos ejercicios habían sido una bendición y estaba agradecida por
ello.
-Buen trabajo, Claire- sonrió
Carson mientras se sentaba en la mesa de café y comenzaba a teclear el informe
para el doctor. –Estoy orgulloso de ti, has sido una chica fuerte y estoy casi
seguro de que hoy tendrás buenas noticias-.
Sonreí ante la última frase y
miré esperanzada a Tom. Él movió sus pulgares arriba y me dio un guiño para
alcanzarme la botella de agua por la que clamaba mi boca. Conversamos un poco
más y luego de que Carson me diera un abrazo y me felicitara una vez más corrí a
la cocina a buscar algo de comer. Necesitaba llenar al león hambriento en mi
estómago.
-Calma, vaquera- rio Tom al verme
trotar hacia el refrigerador y sacar los ingredientes que necesitaba para
preparar un sándwich de queso, jamón, lechuga y salsa. Decidí colocar
pepinillos y antes de que pudiera alcanzarlos, Tom entró sosteniendo una caja
llena de comida china, -la cual no había visto hasta el momento- y la agitó
frente a mi rostro permitiéndome oler el contenido. Fue un efecto devastador,
ya que el aroma entró por mi nariz directo a mi estómago y en dos segundos
estaba vomitando toda el agua que había bebido.
-¿Qué demonios fue eso?- atónito,
Tom dejó la caja sobre la mesa de la cocina y me veía como si tuviera la cabeza
llena de arañas. –Claire, ¿te has sentido así en los últimos días? ¿Has
vomitado tus entrañas todo el tiempo?-.
Fruncí el ceño ante la pregunta
de Tom y recordé las numerosas veces en que tuve que correr al baño en las
últimas dos semanas casi perdiendo la batalla contra las náuseas. No entendía
lo que ocurría y asentí con recelo, no entendiendo aún el punto al que quería
llegar Tom. ¿Pasaba algo malo?
-También me has dicho que te
dolía mucho a cabeza aun cuando no comías nada pesado o dulce…- Tom hablaba
para sí mismo como si necesitara confirmar algo. Me tensé de inmediato.
-¿Qué pasa, Tom?-.
-No tenemos cita hasta dentro de
dos horas, pero, ¿qué dices si salimos ya mismo, comemos algo y charlamos en el
camino a la consulta?- propuso con una sonrisa tensa y nerviosa. Asentí,
insegura de hacer preguntas.
Dos horas después, con el
estómago lleno de papas fritas y una hamburguesa doble, estábamos sentados
esperando para que el doctor nos permitiera ingresar y saber buenas noticias.
Al menos eso esperaba yo.
-¿Claire Dawson?- me levanté de
un salto alegre e inmediatamente tuve que cerrar los ojos y sostener mi cabeza.
Las luces a mi alrededor se apagaron por un minuto y el ruido de la clínica se
convirtió en un murmullo pesado. Tom estuvo a mi lado en un santiamén y luego
de tomar aire le hice un gesto con la cabeza indicándole que estaba bien. Su
rostro estaba pálido y la mirada que me dio el doctor al verme era suspicaz.
-¿Cómo te has sentido, Claire?-
indagó profesionalmente el doctor luego de saludarnos y leer el informe que
había enviado Carson. Tom esperaba pacientemente en el escritorio mientras yo
era examinada en la camilla.
-Bien, de hecho creo que ya
puedes quitarme este respirador- sonreí tratando de no parecer demasiado
desesperada por quitarme el tonto tubo de la nariz. Le doctor sonrió
cálidamente por fin.
-No tienes remedio, cuando quieres
algo lo consigues- bromeó dándome una chupeta de fresa. Agradecí sabiendo que
solo eran para niños. Luego me invitó a sentarme en el escritorio.
-Bien, dados los resultados, tu
capacidad pulmonar está en un noventa por ciento, Claire… Esto indica que
podemos retirar el respirador- aseguró con una sonrisa amable, sin embargo
levantó la mano antes de que pudiera chillar de alegría, -Esto no quiere decir
que debas propasarte con tu rutina diaria, debes seguir poniéndote fuerte y
volver en un mes para chequearte de nuevo.
>>He notado también que has
aumentado de peso. ¿Estás comiendo de más?- asentí pensando en lo gorda que
debía verme. Debía ser horrible a ojos de Aiden.
-Doctor…- intervino Tom
sorprendiéndome por su tono neutro y contenido- también ha estado teniendo
mareos y nauseas. Vómito también.-
El doctor sonrió y se levantó de
su silla acolchada para acercarse a un cajón y extraer algo que me heló la
sangre.
-Ya he notado signos también pero
debemos estar seguros. Claire, necesito que vayas al baño y te pongas a orinar.
Necesitamos una prueba de embarazo-.