viernes, 14 de agosto de 2015

CAPITULO 17


El chillido atronador de un pitido constante y rítmico rompió el sueño emocionante y placentero que estaba teniendo sobre mí y Aiden sentados bajo la sombra de un árbol leyendo. Con un leve quejido de malestar giré mi rostro al monitor que vigilaba como un halcón mi corazón y resignada cerré los ojos antes de girar mi cabeza y ver al hombre de mis sueños descansando plácidamente a mi lado. Su cabeza reposaba sobre la almohada y sus párpados estaban herméticamente cerrados. Sus mejillas estaban ligeramente sonrojadas y de sus labios salía un pequeño ronquido.

¿Quién era el cerdito ahora?

Sonreí recordando aquel momento de risas y cosquillas en el sofá hacía un tiempo y dejé que mi mente divagara en el mar de buenos recuerdos que tenía. Pequeñas vivencias que para muchos podían solo ser un día más, para mí eran tesoros invaluables guardados en mi álbum personal y en mi corazón. Me pregunté cómo había familias perdiendo el tiempo entre sí; cómo los padres erigían un muro encarando una pantalla de ordenador o subiendo la guardia en momentos de crisis por sus trabajos. Cómo los hijos sufrían por atención de pequeños y en los años posteriores ya no les importaba porque llenaban vacíos con aparatos y conversación impersonales por medio de teléfonos.

Me prometí a mí misma no permitir jamás que un objeto dominara mi voluntad y me impidiera pasar tiempo con las personas que amaba y que tendrían mi apoyo incondicional. Sin embargo, podía prometer no permitir que los objetos robaran mi atención y presencia en la vida de los demás, pero… ¿y la policía cuando me llevaran lejos por estar indocumentada en el país? Me estremecí recordando la conversación con Aiden hacía solo unas horas e inconscientemente me acurruqué más cerca de su cuerpo. Estábamos juntos en esa cama de hospital pero no sabíamos cuánto duraría antes de que vinieran por mí…

-¿Por qué no me habías dicho que eres indocumentada, nena?- Aiden estaba inusualmente serio y eso me preocupaba. Podía ver su frente fruncida. –Pueden venir a arrestarte en cualquier momento y devolverte a tu país. Es grave lo que hiciste-.

Asentí sabiendo que no podía negar su aseveración. Estaba en problemas y también lo había arrastrado a él. –No quería que esto sucediera, -comente con voz rota- quería estar cerca de ti y amarte… amarte como mereces-.

Bajé mi rostro conteniendo las lágrimas. Mi respirador seguía en mi cara por lo que no me preocupaba tanto de perder el aliento.

-No llores, por favor- susurró él rompiendo el silencio que se había apoderado de la habitación. En un suspiro había llegado hasta mi lado y sus manos tomaban mi rostro empapado de llanto. –Lo siento, es que… tengo miedo de que te lleven lejos de mí-.

-Tampoco quiero irme- admití entre hipidos antes de perder el control y soltar mis emociones crudas. Aiden solo me sostuvo diciéndome que todo estaría bien y que saldríamos invictos de esta situación. Quería creerle, quería pensar que era posible no separarnos pero con cada lágrima también sentía el miedo atravesando la piel de Aiden. Eso solo logró asustarme más.

-Voy a mantenerte a mi lado, Claire, y buscaremos la forma de conseguir tus documentos antes de que la policía te encuentre- resolvió Aiden con voz firme mirándome a los ojos. –Te prometo que estaré contigo siempre, nena. Pase lo que pase me quedaré a tu lado y cuidaré de ti-.

No pude decir nada, pero tampoco necesité hacerlo. Olvidé por un rato –tres minutos enteros, para ser exacta- mi necesidad de tener la molesta máscara de oxígeno en mi rostro y me abalancé sobre Aiden demostrándole con mi corazón y mis besos lo agradecida que estaba. Tenía miedo pero esperaba que mi valor interno saliera a flote y nos lanzara un salvavidas para estar juntos.

Sonreí volviendo al presente mientras mis manos recorrían lentamente las facciones del hombre a mi lado. Se veía relajado pero el surco y las manchas oscurecidas bajo sus ojos me dijeron lo que no quería aceptar. Él había estado preocupado por tres largas semanas desde el incidente con mi padre y me sentía en deuda con él a pesar de que él alegara que era al contrario.

No recordaba nada de lo sucedido; solo el impulso de proteger como una leona a Aiden del arma y las malas intenciones de mi padre corriendo el riesgo de morir en el intento. Eso no me importó en el momento. Solo me lancé sin miramientos posteriores. Recuerdo mis pasos agitados y el sonido atronador e inconfundible de la pólvora al ser disparada. Los ojos de mi padre se abrieron con sorpresa pero luego no hubo nada más que silencio y un pitido interminable en mis oídos. Me sentía cansada y con necesidad de cerrar mis ojos y descansar un rato. Aiden entró en mi campo de visión y habiendo tomado la decisión de dormir le prometí que todo estaría bien porque sabía que sería así.

Aiden se removió un segundo en el que procuré acariciarlo con suavidad para que no despertara. Quería que descansara y se sintiera mejor. De hecho yo también quería sentirme mejor y pensar claramente cómo lograr quedarme sin causarle ningún problema extra a Aiden.

Comenzaba a cerrar mis ojos aun abrazada al pecho de Aiden cuando el zumbido de su teléfono me hizo girar la cabeza. No quería que se despertara por lo que con delicadeza me retiré de su cálido abrigo y alcancé el teléfono que antes de poder contestar cesó su aviso. Suspiré cansada y volví a dejarlo en su lugar y decidí relajarme. A los dos segundos comenzó a sonar de nuevo y frustrada lo acerqué de nuevo para ver quién era.

Oh, sorpresa desagradable.

Cassie.

Me debatí entre contestarle o no. Sentía el corazón en la garganta y un millón de pensamientos turbando mi mente. No sabía qué hacer. Además, ¿por qué llamaba a altas horas de la noche? De nuevo cesó el zumbido pero mi mente estaba bloqueada. ¿Sabía siquiera que Aiden estaba allí conmigo en una cama de hospital abrazándome mientras descansábamos?

Antes de que pudiera pensar más el zumbido de un mensaje entrante sacudió mis terminaciones nerviosas. Sabía la clave de Aiden pero, ¿podía espiar en su teléfono? Me dije que sí. Él me había dicho que podía utilizar sus cosas, así que creo que su teléfono entraba en la oferta. Respiré hondo, miré a Aiden asegurándome de que estuviera bien dormido y tras comprobarlo tres veces pulsé la clave viendo que era un mensaje de texto. Fruncí el ceño creyendo vanamente que sería una nota de voz.

“Ábrelo”.

“No lo abras”.

“Sal de dudas”.

“De acuerdo”.

Conté tres y mi boca fue a dar el suelo.

Era la imagen de una ecografía donde podía observarse la silueta de un feto con manos y pies, cabeza y espalda. La observé abstraída por minutos que parecieron días. La prueba de que Aiden no podía ser mío estaba ante mis ojos pero no quería creerlo. Mi respiración se aceleró cuando el pánico me invadió. Era un bebé. Ya casi tenía uñas y yo estaba siendo una intrusa. Una familia en proceso de formarse y yo estaba metiéndome sin permiso. Estaba robándole un padre a un bebé.

Dicho padre se removió de nuevo y con sus brazos me alcanzó en sueños. Me quedé como una estatua permitiendo que me retuviera. Las lágrimas surcaron mi rostro en silencio mientras me debatía entre la felicidad y la incertidumbre. El hombre que quería me buscaba hasta dormido para sentirme cerca pero al mismo tiempo tenía un bebé que proteger. Solo me quedaba una incógnita: ¿quién se quedaría con su amor al final? ¿Su familia o la chica demente que se metió en un camerino de un concierto a calentarle la cama?

***

Fue una noche terrible. No puedo describir el horrible sentimiento que se extendía por mi pecho y me hacía tener pesadillas cada dos por tres. Me había despertado por lo menos cinco veces ahogada por hiperventilar y Aiden había tenido que correr en busca de la enfermera. La conclusión fue que debía mantener calma absoluta o en algún momento mi cuerpo colapsaría. La enfermera nos dio un buen regaño y le advirtió a Aiden que si no obtenía el descanso que necesitaba, ella misma iría con una jauría de perros y lo sacaría de allí sin miramientos. Yo solo sonreí tras la máscara y casi solté una carcajada al ver el guiño de la amable mujer y el rostro anonadado de él.

Luego vino el silencio. Pero no un silencio incómodo; solo extraño. Él se dedicó a observarme y tomar mi mano mientras yo le sostenía la mirada con una sonrisa tímida. No sé cuánto tiempo estuvimos de esa forma pero pareció un tiempo interminable. El hospital estaba inusualmente tranquilo y solo podía escucharse a lo lejos el suave murmullo de los doctores haciendo sus rondas en cada habitación. En mis oídos, escuchaba claramente la respiración de Aiden y el latido constante de mi corazón. También una verdad clandestina que me estremecía los huesos: Aiden  no era mío y jamás podría serlo.

Fui la primera en romper el contacto visual dando por terminada la extraña comunicación que manteníamos. Bajé mi rostro sabiendo que si veía un poco más a Aiden terminaría llorando y maldiciendo. Sin embargo, me dije que las cosas ocurrían por algo. Si el destino nos había colocado en el mismo lugar  y momento era porque necesitábamos encontrarnos. Yo le amaba y por lo que podía ver, él también lo hacía. Muchas veces las circunstancias nos daban pie para creer que la vida no era justa, pero de algo estaba segura: nuestra historia no era casualidad, era necesaria, tangible y memorable.

No pude evitarlo. Las lágrimas me vencieron y pronto estuve en el hombro de Aiden llorando de nuevo. Últimamente era todo lo que hacía y me pregunté si era normal. Tal vez me deshidrataría o tal vez solo necesitaba lavar mis ojos de vez en cuando. Aiden me besó con ternura tras quitarme la máscara y sin pronunciar palabra nos devolvió a la cama antes de caer en un sueño tan profundo en el que no soñé nada.

***

-Puedes hacerlo. Solo un poco más. Diez segundos más.-

Carson, el entrenador personal que Aiden había contratado para que vigilara mi recuperación, estaba a mi lado como un halcón obligándome a resistir los interminables cinco minutos que tenía que trotar en la corredora en el salón del apartamento. Aiden no estaba porque –según había dicho él- no podría soportar verme pasar por aquello sin que me ayudara al menos un par de veces. Yo simplemente le decía que era un tonto.

Mi recuperación era lenta y tras cuatro semanas de estar en una rutina intensiva para retirar el tejido cicatricial de mis pulmones y respirar con facilidad podía ver los primeros resultados. En la primera sesión tuve que caminar a ritmo acelerado por veinte segundos en los que caí al menos diez. No podía soportarlo pero Carson había sido exigente y nada manipulable por lo que me había puesto inmediatamente después de nuevo sobre la corredora y me había hecho terminar el tiempo. Ahora veía los resultados y esperaba que el doctor me dijera esa misma tarde que podía prescindir del odioso respirador y ser de nuevo una persona normal.

Tom, quien había estado a mi lado todo el día, sonrió cuando el pitido del cronómetro saltó y grité un sonido ronco de victoria. Aplaudió y contó hasta cinco lentamente obligándome a respirar. Esos ejercicios habían sido una bendición y estaba agradecida por ello.

-Buen trabajo, Claire- sonrió Carson mientras se sentaba en la mesa de café y comenzaba a teclear el informe para el doctor. –Estoy orgulloso de ti, has sido una chica fuerte y estoy casi seguro de que hoy tendrás buenas noticias-.

Sonreí ante la última frase y miré esperanzada a Tom. Él movió sus pulgares arriba y me dio un guiño para alcanzarme la botella de agua por la que clamaba mi boca. Conversamos un poco más y luego de que Carson me diera un abrazo y me felicitara una vez más corrí a la cocina a buscar algo de comer. Necesitaba llenar al león hambriento en mi estómago.

-Calma, vaquera- rio Tom al verme trotar hacia el refrigerador y sacar los ingredientes que necesitaba para preparar un sándwich de queso, jamón, lechuga y salsa. Decidí colocar pepinillos y antes de que pudiera alcanzarlos, Tom entró sosteniendo una caja llena de comida china, -la cual no había visto hasta el momento- y la agitó frente a mi rostro permitiéndome oler el contenido. Fue un efecto devastador, ya que el aroma entró por mi nariz directo a mi estómago y en dos segundos estaba vomitando toda el agua que había bebido.

-¿Qué demonios fue eso?- atónito, Tom dejó la caja sobre la mesa de la cocina y me veía como si tuviera la cabeza llena de arañas. –Claire, ¿te has sentido así en los últimos días? ¿Has vomitado tus entrañas todo el tiempo?-.

Fruncí el ceño ante la pregunta de Tom y recordé las numerosas veces en que tuve que correr al baño en las últimas dos semanas casi perdiendo la batalla contra las náuseas. No entendía lo que ocurría y asentí con recelo, no entendiendo aún el punto al que quería llegar Tom. ¿Pasaba algo malo?

-También me has dicho que te dolía mucho a cabeza aun cuando no comías nada pesado o dulce…- Tom hablaba para sí mismo como si necesitara confirmar algo. Me tensé de inmediato.

-¿Qué pasa, Tom?-.

-No tenemos cita hasta dentro de dos horas, pero, ¿qué dices si salimos ya mismo, comemos algo y charlamos en el camino a la consulta?- propuso con una sonrisa tensa y nerviosa. Asentí, insegura de hacer preguntas.

Dos horas después, con el estómago lleno de papas fritas y una hamburguesa doble, estábamos sentados esperando para que el doctor nos permitiera ingresar y saber buenas noticias. Al menos eso esperaba yo.

-¿Claire Dawson?- me levanté de un salto alegre e inmediatamente tuve que cerrar los ojos y sostener mi cabeza. Las luces a mi alrededor se apagaron por un minuto y el ruido de la clínica se convirtió en un murmullo pesado. Tom estuvo a mi lado en un santiamén y luego de tomar aire le hice un gesto con la cabeza indicándole que estaba bien. Su rostro estaba pálido y la mirada que me dio el doctor al verme era suspicaz.

-¿Cómo te has sentido, Claire?- indagó profesionalmente el doctor luego de saludarnos y leer el informe que había enviado Carson. Tom esperaba pacientemente en el escritorio mientras yo era examinada en la camilla.

-Bien, de hecho creo que ya puedes quitarme este respirador- sonreí tratando de no parecer demasiado desesperada por quitarme el tonto tubo de la nariz. Le doctor sonrió cálidamente por fin.

-No tienes remedio, cuando quieres algo lo consigues- bromeó dándome una chupeta de fresa. Agradecí sabiendo que solo eran para niños. Luego me invitó a sentarme en el escritorio.

-Bien, dados los resultados, tu capacidad pulmonar está en un noventa por ciento, Claire… Esto indica que podemos retirar el respirador- aseguró con una sonrisa amable, sin embargo levantó la mano antes de que pudiera chillar de alegría, -Esto no quiere decir que debas propasarte con tu rutina diaria, debes seguir poniéndote fuerte y volver en un mes para chequearte de nuevo.

>>He notado también que has aumentado de peso. ¿Estás comiendo de más?- asentí pensando en lo gorda que debía verme. Debía ser horrible a ojos de Aiden.

-Doctor…- intervino Tom sorprendiéndome por su tono neutro y contenido- también ha estado teniendo mareos y nauseas. Vómito también.-

El doctor sonrió y se levantó de su silla acolchada para acercarse a un cajón y extraer algo que me heló la sangre.

-Ya he notado signos también pero debemos estar seguros. Claire, necesito que vayas al baño y te pongas a orinar. Necesitamos una prueba de embarazo-.

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Mucho sin publicar, pero de nuevo estoy aquí. He de admitir que este semestre ha sido pesado pero he tenido éxito y tengo nuevas oportunidades en la puerta. Gracias por esperarme y leer lo que mi cabeza extraña hace. Las extraño, escribir es una pasión que tengo y no me gusta dejarla de lado pero a veces hay cosas que requieren más atención y por esto hay que aplazar lo que uno quiere. 

Laura.